ABC
La vida
Un hombre o una mujer o un niño o una niña suben a un tren vivos y al rato ya no volverán a estar vivos nunca más, jamás de los jamases. Desaparecen de este mundo. Se extinguen. Pasan de ser ciudadanos a víctimas. Sin su permiso su rostro aparece en los medios de comunicación. La condición de víctima es siempre humillante. Eres víctima de un accidente. Yo no creo que la tragedia de Urda fuese un accidente. El amor a la vida, que en mí es arrollador e infinito, el terco amor a la vida, que en mí es todo lo que tengo, me obliga a detestar y desdeñar con furia la palabra accidente, porque en ella se produce una asunción social y política de lo inevitable o de la fatalidad sin responsables. Hay que recordar que la vida es un bien superior de los ciudadanos que debe proteger la Democracia, eso lo dijo un hijo de españoles llamado Baruch Spinoza en 1677. Si quitas la palabra accidente te encuentras con la palabra desamor, o incluso la palabra desprecio. Quien tenía que proteger el bien sagrado de tu vida no lo ha hecho. ¿Hay algo más hermoso, trabajo más encendido, que velar por la vida de los otros? Ya sabemos todos los detalles técnicos del choque de trenes. Ya sabemos que la tecnología y las infraestructuras de la alta velocidad en España eran una guillotina pendiendo de un hilo raído, exhausto. Lo que no sabemos es interpretar la muerte y recurrimos a la palabra «accidente». El amor a todos aquellos y aquellas que perdieron la vida me fuerza a no usar la palabra «accidente», porque esta no respeta la grandeza y la maravilla de aquellos que entraron vivos en un tren, celebrando sus cuerpos, que subieron a esos trenes, llenos de existencia y de sentidos, oliendo la mañana, altos en vida, plenos en intenciones, altos en rabioso futuro, con el amor a los suyos dentro de sus corazones. No sabían que no saldrían vivos de los trenes de la muerte, porque los trenes españoles ya son los trenes de la muerte, los trenes en donde la muerte hace su atávica aparición.Dicen los medios que no se van a enseñar las fotos de los cadáveres. No podemos soportar tanta realidad, dijo el poeta T.S Eliot . Prohibir la imagen de los cuerpos mutilados es el primer paso para anestesiar la conciencia colectiva, para aceptar la palabra «accidente». Yo no la acepto. Ni acepto anestesia alguna, por amor a la vida, por eso. Más de cien muertos presiden las noches de un ministro y del presidente que lo nombró ministro. ¿Pueden dormir? ¿Toman benzodiacepinas? ¿Están hechos de acero y no de carne? ¿Son superhombres, al modo nietzscheano? ¿Están en un escalón evolutivo superior? ¿Lamentan no haber estudiado ingeniería o alguna ciencia ferroviaria? Si a ambos no les alcanza esa pesadumbre insoportable de los muertos, ¿qué clase de seres humanos son? Así que la renuncia a cualquier tipo de responsabilidad política nos tiene tan perplejos como sobrecogidos.Vivimos en la sociedad del espectáculo y esto sí es un auténtico espectáculo insuperable: no entendemos que todo siga igual. Perece una tragedia de William Shakespeare, pero no lo es. Es un esperpento de Valle-Inclán . Ya sabemos por qué duró tanto el franquismo, porque somos mansos. Las supuestas almas que les atribuimos a Sánchez y Puente demuestran algo que ya vio hace más de trescientos años Spinoza: el alma no existe. Los dos, presidente y ministro, se van a dormir y duermen, eso es lo que me tiene fascinado, que consigan dormir en un país en el que nadie duerme. Ningún ser humano podría dormir con dos trenes de la muerte cruzando toda la noche por un cerebro sensible a la desgracia de los otros. Los muertos de Urda no saben que están muertos. Se les hurta hasta ese conocimiento. Si aplicas el razonamiento filosófico de Baruch Spinoza obtienes unos resultados tan espantosos como reales: la negligencia perversa y constante del Estado no es terrorismo de Estado, obvio. Sin embargo, el resultado es el mismo: la muerte de los inocentes y la imposibilidad legal de encontrar responsables.El resultado es que te ha asesinado una administración pública española, la cual mata por motivos tan desconocidos como abismales, esto último nos lo dijo Franz Kafka, que es el único escritor capaz de describir lo que pasa en España. El resultado es que el Estado te ha convertido en víctima, a ti y a tu familia. Si el ministro fuese un político de derechas España estaría ardiendo. ¿Ser supuestamente de izquierdas te regala un pasaporte para la eternidad?Para cualquier escritor en ejercicio hoy en España contemplar la naturaleza moral del sagrado ministro y del aún más sagrado presidente que lo nombró produce vértigo, un desafío literario. Ministro y presidente son los dos artistas más grandes que veremos en décadas. Son dos políticos mediocres en pensamiento, en formación y en cultura, eso es obvio; pero son dos grandes artistas de sí mismos. A mí me tienen fascinado. Ni Cervantes ni Kafka serían capaces de crear personajes así. ¿De qué estarán hechos? Incluso es posible que se quieran, que se amen. Uno adora al otro; y el otro, el jefe, no puede vivir sin esa adoración tan firme, esa adulación tan bien constituida, tan bella. Hace tiempo que entre ellos dos se ha instalado una complicidad teológica, de naturaleza religiosa. Son como un dios y su profeta. Poco a poco la noticia de los trenes de la muerte irá pasando, se irá oxidando, pasaremos a hablar de otra cosa; de fútbol, por ejemplo. En cambio el amor del ministro a quien lo nombró y lo sacó para siempre de entre los seres anónimos es inoxidable.España vive en un cuento de hadas terroríficas; y padece una forma de gobernar que en vez de crear ciudadanos libres crea víctimas. Es moralmente insoportable ser una víctima. El ministro dijo «¿cuánto reconfortaría de cero a cien mi dimisión a quien ha perdido un hijo, un padre o una pierna?». Vi entonces la pierna. Una pierna solitaria y perdida entre los hierros, entre la chatarra humeante, entre las maletas machacadas, entre el acero ardiendo. Era la pierna de un ciudadano o ciudadana. La pierna desesperada. Y eso somos para ellos: una pierna. Tocaos la pierna en este momento. No fue un accidente. Fue una muerte anunciada entre susurros de maquinistas, entre murmuraciones de ingenieros. Fue la consecuencia de la desidia, de la suprema dejadez de un país descacharrado, en donde solo funcionan a pleno rendimiento la egolatría y la ignorancia. Me vuelvo a tocar la pierna. Estoy vivo. La vida que tenemos es intocable y quien la toca humilla a un país entero. Somos cincuenta millones de almas humilladas y ofendidas.Manuel Vilas es poeta y escritor
📄 Contenido indexado automáticamente. No es de autoría de altabusqueda.com; los derechos pertenecen a su fuente: ABC.
Ver nota original ↗
Ver nota original ↗
🤖 Profundizá esta noticia con OIMA (IA)
¿Querés un resumen rápido de esta noticia, hecho por nuestra IA?
Respuestas de OIMA · IA, sobre esta noticia ·
Abrir OIMA Chat ↗
