Poesía: Louis Zukofsky silabea y deletrea
Desconocido para la mayoría de los lectores, Louis Zukofsky (Nueva York, 1904 - Port Jefferson, 1978) es un poeta que se esconde y al que solo leen aquellos ya adentrados en la poesía, o bien muy familiarizados con Ezra Pound, William Carlos Williams y algún que otro poeta modernista de renombre.
De una obra diversa –desde poemas cortos, hasta otros mucho más largos y conceptuales–, Zukofsky trabajó en un mismo volumen durante toda su vida, titulado “A” (24 partes escritas entre 1928 y 1974, con una estructura musical rigurosa), empaquetado hoy para el mundo por New Directions.
Una reciente edición argentina, la que aquí comentamos, hace muy bien en presentar parcialmente este libro eligiendo solo tres poemas (“A”-1, “A”-3 y “A”-5), seguidos de una extensa entrevista al poeta, realizada por L. S. Dembo, donde Zukofsky desarrolla y explica su programa poético, mejor conocido como “objetivista”.
Desde ya que no existe una definición sino solo algunas aproximaciones para definir la poesía “objetivista”: sinceridad, objetivización, vivir con las cosas tal como existen y suceden frente al ojo y al oído del poeta. Y agrega el propio poeta: “A mí me da la sensación de que el poeta está viendo como un objetivista, en términos de particularidades más que de totalidades. Parece estar pensando con las cosas tal como existen, sin hacer abstracciones de ellas”.
“Make it new” fue uno de los eslóganes poéticos de Ezra Pound (instaba a los artistas a liberarse de las rígidas tradiciones académicas del siglo XIX y a revitalizar por completo el patrimonio cultural para la era moderna). Y Zukofsky, como buen amigo de Pound, realmente se propuso hacer algo nuevo. Ya en su primer poema, “A”-1, se ríe de ciertos versificadores: “Y los sonetistas/ focas estériles amuradas insistiendo con sus polisílabos/ traficantes de exageraciones místicas”. Porque levantados sus estandartes (o mucho mejor, sus poemas) no vemos más que un nuevo avance sobre la tradición, sólo visible en poemas largos como Paterson de Williams y los Cantos de Pound, aunque con mejor resultado: su programa –al ser fiel a la singularidad de una existencia– es mucho más elíptico, menos narrativo –predomina la construcción métrica y musical– y condensadamente disruptivo.
Pasamos de imágenes profundas y poéticas a diálogos cotidianos, situaciones, voces (polifonía), sonidos, formas y juegos fónicos. Es además común que aparezca alguna información adicional, alguna particularidad de la cotidianidad económica y del judaísmo. Pero a cada paso que damos la verdadera poesía aparece y suelta sus verdaderos peces de contrabando: “Y como el que bajo las estrellas/ escupe sobre los médanos, y los vientos/ soplan a través suyo, la saliva murmura mundos”. O bien: “Bajo el cielo,/ el viento respira en los campos./ Parados ahí, pecho contra pecho./ Un caballo/ descarriado,/ los árboles muestran la luz del sol./ Árboles solares,/ palabras oscilan entre formas”. Mientras muchos objetaron la dificultad de la poesía de Zukofsky, el poeta simplemente respondió: “Yo no sé, trato de ser lo más simple que puedo”.
Sabemos que durante la década de 1930 Zukofsky se describía habitualmente como comunista. Fue durante ese mismo período que se convirtió en un estudioso serio de los escritos de Karl Marx. Mucho antes que la Escuela de Frankfurt, seguramente el poeta vio cómo la industria cultural fijaba positivamente, mediante sus prohibiciones, su propio lenguaje, con su sintaxis y su vocabulario. Y su respuesta, finalmente estética, responde a la gama de placeres que se ofrecen a través de la vista, el oído y la intelección: “El discurso lamentándose en el Muro/ Noche de extinciones económicas”.
“A”, Louis Zukofsky, Traducción Tomás Fadel, Matías Heer y Miguel Ángel Petrecca. Fadel & Fadel, 44 págs.
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