La Nacion
03/11/2026 00:00

Apología del egoísmo

Es extraordinario lo ocurrido con La Odisea, de Christopher Nolan: no solo abarrotó las salas de cine, aupando de paso diversas ediciones del poema de Homero a lo más alto de las listas de libros más vendidos; también saturó los medios de comunicación con comentarios sobre la película. Si no me engaño, uno de los más repetidos es el que reprochaba la infidelidad de Nolan a Homero. En The New York Review of Books, Daniel Mendelsohn lo formula así: “Este Odiseo atormentado y consumido por la culpa (…) es un hermano del amnésico angustiado de Memento, de Batman, de Oppenheimer, hombres atormentados por su pasado que luchan contra él de maneras diversas”. En suma: “Nolan ha rehecho al héroe de Homero a su imagen y semejanza”.

Es un reproche absurdo. No me cansaré de insistir: un libro es una partitura, y es el lector quien la interpreta, y cada lector la interpreta a su manera; en eso consiste el hechizo o gran parte del hechizo de la literatura. El protagonista de la literatura no es el autor sino el lector; un libro sin lectores es letra muerta: es cuando el lector abre sus páginas y empieza a leer cuando esa letra muerta cobra vida, y además una vida nueva y distinta en cada caso, porque no existen dos lectores idénticos. Esto no significa por supuesto que todas las lecturas de un libro sean igualmente valiosas; esto significa que, como escribió Francisco Rico –indispensable editor de nuestros clásicos–, “el sentido de un libro pertenece rigurosamente a la página”, mientras que “el significado y el valor pertenecen ineludiblemente al lector”. Que yo sepa, nadie lo dijo mejor que Georg Lichtenberg, hace más de dos siglos: “Un libro es como un espejo: si un asno se mira en él, no puede aspirar a ver un profeta”. ¿Es asnal La Odisea de Nolan? ¿Es profética? ¿Es buena? ¿Mala? ¿Entretenida? ¿Aburrida? ¿Fría? ¿Emocionante? Eso es lo que cuenta de verdad. No digo que carezca de interés comparar La Odisea de Nolan con la de Homero, suponiendo que sepamos cómo era esta (en realidad, no lo sabemos: no sabemos cómo interpretaba Homero su propia partitura); digo que en el fondo es irrelevante: como cualquier lector, Nolan puede hacer lo que le venga en gana con el poema de Homero. O con cualquier libro; para eso precisamente están los libros: para que los leamos como nos plazca. Y lo que define a un clásico es que tolera o alienta múltiples lecturas, un número virtualmente infinito de usos. Este verano, la sensación del Festival de Teatro de Edimburgo fue un espectáculo de Garry Starr titulado Classic Penguins; era magnífico: durante más de una hora, Starr satirizaba salvajemente los clásicos más inapelables, desde Hamlet hasta Guerra y paz, deambulando en pelota picada por el escenario con el espíritu punk de un auténtico lector de los clásicos. Es así: la lectura es un acto de egoísmo máximo, y por eso hay tantas “Odiseas” como lectores de la Odisea, y por eso cada lector de la Odisea crea su propio Ulises, su propia Penélope, su propio Telémaco; y por eso Nolan está en su derecho de crear los suyos. Dicho esto, sobra añadir que poco o nada tiene que ver La Odisea de Nolan con la mía; pero es que ni siquiera tienen mucho que ver entre sí mis sucesivas “Odiseas”. Quiero decir que la Odisea que leí por vez primera, a los 11 o 12 años, en una edición en prosa, guarda una relación escasa con la Odisea que leo ahora: la primera era casi indistinguible de las novelas de aventuras que devoraba por entonces, y en ella contaban sobre todo las infatigables peripecias de Ulises; la Odisea que ahora leo, en cambio, se halla cada vez más próxima a la que leyó Aristóteles, al menos el Aristóteles de la Poética: la historia de un hombre que, tras una guerra terrible y un viaje azaroso, regresa a Ítaca para destruir a sus enemigos y recuperar su hogar. Yo no reconocí del todo ni una ni otra en la película de Nolan.

Ni falta que hacía. De hecho, yo no fui al cine para ver ninguna de mis “Odiseas”; tampoco, por supuesto, la de Homero. Yo solo fui a ver La Odisea de Nolan, que es la única que tenía derecho a pedirle y que él podía darme. Todo lo demás es literatura.

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