El humo con sello de las cuatro letras
Rodolfo ‘El Negro’ Montes
Cuando desde los escritorios del centro del país se decretó la prohibición tajante de los vapeadores bajo el discurso de la pureza sanitaria, los burócratas pensaron que un plumazo bastaba para desaparecer la demanda.
Vaya ingenuidad o ceguera deliberada.
Lo que en realidad firmaron fue la concesión monopólica y más lucrativa de los últimos años a favor del crimen organizado, encabezado por el Cártel Jalisco Nueva Generación.
Hoy ese humo aromatizado a frutos rojos o mentol apesta a pólvora y extorsión.
En Aguascalientes, Querétaro, Guanajuato y Jalisco, la ruta del Bajío y el occidente está tomada.
En estas entidades, los dispositivos electrónicos de nicotina y esencias químicas ya no entran por aduanas reguladas ni pagan impuestos: llegan custodiados por pistoleros y se distribuyen bajo el régimen del terror.
A los tenderos, encargados de pequeños comercios, dueños de puestos callejeros y repartidores clandestinos en redes sociales les dejaron muy claro el recado: o venden los cartuchos del cártel, o enfrentan el plomo.
Lo verdaderamente alarmante ocurre en las escuelas, universidades, terrazas y antros donde se mueven miles de jóvenes.
Entre risas y bocanadas densas, la mayoría presume su nuevo dispositivo desechable sin sospechar —o peor aún, sabiendo perfectamente— de dónde proviene.
Varios de ellos admiten entre susurros que el aparato “viene de los de Jalisco”, que trae el aval implícito o la marca de las temidas cuatro letras.
Se ha normalizado la parafernalia del narco al grado de inhalarla a diario. El consumo juvenil financia de manera directa la nómina del sicariato, los arsenales de asalto y los convoyes blindados.
Mientras la Secretaría de Salud y las dependencias regulatorias se vanaglorian con comunicados triunfalistas sobre incautaciones menores en farmacias o tiendas establecidas, los centros de distribución clandestinos operan con total impunidad en las narices de las policías locales.
Ya no sólo cobran piso, trafican fentanilo o roban combustible; ahora controlan el aire mismo que aspira toda una generación.
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