Una de las proezas de Cuauhtémoc Cárdenas
Juegos de poder
Dedico este artículo sobre Cuauhtémoc Cárdenas a uno de sus momentos más extraordinarios de su vida, entre 1987 y 1989, cuando rompió con el PRI, se presentó como candidato presidencial opositor y fundó el Partido de la Revolución Democrática (PRD).
Ahí observamos su grandeza.
En 1981, Carlos Tello y Rolando Cordera publicaron “La disputa por la Nación” donde argumentaron que México se encontraba ante una disyuntiva histórica entre dos proyectos de desarrollo: Uno nacionalista, popular y democrático, que proponía fortalecer la intervención del Estado en la economía, ampliar el mercado interno y redistribuir el ingreso; y otro neoliberal, que privilegiaba al mercado, la iniciativa privada, la apertura al capital extranjero y una menor participación estatal.
En el Gobierno de Miguel De la Madrid (1982-1988) se impuso la visión neoliberal. Los nacionalistas revolucionarios naturalmente se sintieron marginados. En 1986, Cárdenas, junto con Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, formaron la Corriente Democrática dentro del PRI con la idea de democratizar los mecanismos de selección de candidatos, recuperar el nacionalismo revolucionario y modificar el rumbo económico del País.
Los neoliberales, liderados por De la Madrid, rechazaron sus demandas por lo que la Corriente Democrática abandonó el PRI. A la distancia, esta decisión se ve como natural y sencilla. Fue exactamente lo contrario. En aquellas épocas, cualquier priista que rompiera con el partido se condenaba al ostracismo político con el riesgo de hasta una posible persecución jurídica.
Que Cuauhtémoc, hijo del legendario general revolucionario, rompiera con el PRI representó un acto de valentía.
De la Madrid decidió que su sucesor sería un joven de la misma ala neoliberal: Carlos Salinas. Como ocurría en esos tiempos, el Estado se puso al servicio del candidato presidencial del PRI.
Y del lado opositor surgió la candidatura de Cárdenas.
Sin recursos, apoyado por tres partiditos hasta entonces satélites del PRI -PARM, PPS y PFCRN-, el ingeniero comenzó a mostrar su fuerza electoral.
La izquierda, aglutinada en el PMS desconfiaba de los expriistas. Sin embargo, su candidato presidencial, Heberto Castillo, concluyó que dividir el voto opositor favorecería al régimen priista. Negoció un acuerdo para preservar las reivindicaciones de la izquierda socialista y, en vísperas de la elección, retiró su candidatura. El PMS respaldó a Cárdenas.
Esa campaña fue una proeza del ingeniero.
Estoy convencido que no ganó las elecciones (algún día revelaré la historia de por qué). Pero vaya que le hizo la competencia a Salinas quien contó con todo el apoyo del aparato estatal.
Y claro que hubo fraude, pero para que el candidato oficial obtuviera la mayoría de los votos. Siendo la primera vez que al PRI lo desafiaban en serio en las urnas después de mucho tiempo, el régimen rechazó la elección de un Presidente por menos del 50% de la población. Oficialmente, Salinas obtuvo 50.7% de los votos.
La famosa “caída del sistema” fue por la terquedad de Manuel Bartlett, a quien se le informó que las encuestas demostraban que Cárdenas ganaría la Zona Metropolitana de la Ciudad de México. Si empezaba a dar resultados en la medida que fueran llegando las actas, las primeras que recibiría serían las más cercanas, es decir, las de la capital donde el ingeniero arrasaría. Luego, cuando llegaran las de otros estados, sería difícil convencer a la ciudadanía de un vuelco a favor de Salinas. Era mejor no dar resultados hasta el final o hacer un conteo rápido con una muestra representativa. Barlett, sin embargo, desoyó el consejo. Cuando lo inevitable pasó, y las casillas cardenistas comenzaron a llegar, decidió callar al sistema sentando las bases de la historia del fraude electoral.
Con todo en su contra, Cárdenas sacó oficialmente el 31% de los votos, una verdadera hazaña para un candidato enfrentó por completo a un aparato estatal volcado a favor de Salinas.
La proeza concluyó un año después. En lugar de negociar con el Gobierno (le ofrecían quedarse con la jefatura del Departamento del Distrito Federal a cambio de detener su desafío al PRI) o incendiar al País, el ingeniero optó por la construcción institucional.
En 1989, fundó el PRD, partido que aglutinó a la izquierda histórica y la que venía del PRI.
Ideológicamente yo nunca comulgué con los preceptos económicos del nacionalismo revolucionario. Sin embargo, reconozco la hazaña de Cárdenas de romper con el PRI, lanzarse sin partido propio y recursos a competir por la Presidencia, desafiar al candidato oficialista y aprovechar todo para formar un nuevo partido toral para la transición a la democracia.
Sólo por eso, sus restos merecen estar en la rotonda de las personas ilustres como ha sugerido atinadamente la presidenta Sheinbaum.
Leo Zuckermann
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