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Cristina Fernández Cubas y el reino de la maravilla
El puro deleite. Eso es lo que nos proporciona la lectura de los relatos de Cristina Fernández Cubas . Y la fascinación. Por cómo surge el horror en medio de lo habitual y por cómo se establece una íntima relación entre asombro y belleza en un universo en apariencia reconocible, con sus casas aisladas, sus habitaciones de la infancia, hasta que se nos revela como el territorio de lo insólito, en el que todas las certezas se tambalean. Las protagonistas de sus historias, niñas, mujeres adultas o ancianas, son fabuladoras extraordinarias, capaces de inventarse otras vidas y capaces de habitar sus propias fantasías con tal convicción que terminan por lograr que se desdibujen los límites entre lo imaginado y lo vivido. Sólo mediante pequeñas pistas advertimos la distancia que existe entre la realidad que se cuentan a sí mismas y aquella que perciben los demás, y cuando finalmente las dos versiones se encuentran y el personaje se ve obligado a contemplarse desde una perspectiva que hasta entonces le había sido ajena, cuando se produce ese descubrimiento, esa súbita conciencia, se genera en nosotros como lectores un estremecimiento que a menudo supera al que experimenta el propio personaje.El terror se manifiesta así. De una manera casi imperceptible, sin grandes sobresaltos ni reacciones desmedidas, tremendamente eficaz, mientras las heroínas de Fernández Cubas mantienen una serenidad desconcertante ante aquello que les sucede, aunque sean ellas mismas quienes se encuentren bajo la lente del microscopio. Esta particular percepción suya de los acontecimientos las convierte en narradoras poco fiables, que viven en su propio mundo, hecho a su medida, lo que las emparenta con las fábulas tradicionales, con los relatos que nos contaron cuando apenas sabíamos hablar, y que apelan a nuestros recuerdos y temores más tempranos. Ese elemento mítico de los cuentos infantiles que interiorizamos desde muy pequeños y que forman parte de nuestro imaginario con su capacidad para sobrecogernos y, a la vez, confortarnos.En cualquier caso, no hay moralejas que extraer de sus cuentos. Lo que buscan es provocar un descubrimiento, una revelación, primando lo sutil sobre lo evidente. Sugiriendo más que presentando. Reclamando la complicidad de un lector que, cuando profundiza en los personajes, cuando mira más allá de lo que queda en la superficie, descubre ese territorio de maravilla en el que lo fantástico y lo cotidiano conviven con absoluta naturalidad.Qué inmensa fortuna la nuestra, poder seguir adentrándonos en las historias de Cristina Fernández Cubas y experimentar el asombro de la verdadera literatura.* Pilar Adón es escritora.
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