Los enterraban cerquita de Dios
Durante siglos, en Tepic la gente fue a misa caminando, literalmente, sobre sus muertos. Y no, no es un decir… ahí estaban, quietecitos, descansando bajo sus pies.
En el Tepic de antes, cuando alguien se adelantaba en el camino de la vida, no se le llevaba lejos… se le enterraba ahí mismo, dentro del templo o en el atrio. Así quedaba cerquita de Dios y, de paso, con su lugar apartado en primera fila para la misa. ¡Un lujo que ni con la mejor limosna se conseguía!
Y esta costumbre viene de lejos, según algunos de mis amigos culturosos. Empezó en el templo de Nuestra Señora de la Asunción, allá por el siglo XVI. Sí, el mismo que hoy conocemos como la Catedral de Tepic.
Luego le siguió la Santa Cruz de Zacate, del siglo XVII, que todavía guarda la cripta donde descansaban los frailes franciscanos. Y más tarde se sumó el Santuario de Guadalupe, que abrió sus puertas un 12 de diciembre de 1799. Si se fijan bien, ahí todavía pueden ver algunas tumbas.
Ahí, en esos templos descansaban los vecinos, las familias y los frailes, como si ni la muerte los pudiera sacar del barrio. ¡Eso sí, ya no daban limosna, pero tampoco faltaban ni un domingo!
A principios del siglo XIX, se dice, se cuenta, se rumora que alguien por fin se puso a hacer cuentas: tanto difunto bajo el piso del templo no podía ser muy sano. Había riesgo de plagas y enfermedades. Los muertos, pobrecitos, sin culpa ninguna, ya estaban poniendo en peligro a los vivos.
Por eso, en 1826, Prisciliano Sánchez, gobernador de Jalisco (porque en ese entonces Tepic dependía de Jalisco), prohibió que se siguiera enterrando en los templos.
Años después, Benito Juárez lo dejó por ley: se acabaron los entierros en las iglesias y llegaron los cementerios civiles. Los difuntos perdieron su lugarcito junto al altar, pero, a cambio, les tocó terreno propio.
Y estas tumbas no son cuento… todavía se pueden ver en los costados interiores del Santuario y en el altar mayor de la capilla de Nuestra Señora de los Dolores.
Lo mismo pasa en el templo de Nuestra Señora del Refugio, dentro del panteón Miguel Hidalgo, donde las lápidas de mármol siguen en el piso y en las paredes, cada una con su nombre bien puesto.
Así que ya lo saben… en Tepic, ir a misa nunca fue cosa de estar solos. Siempre había alguien más escuchando el sermón, muy atento y sin cabecear. Unos desde abajo y otros desde la pared, pero todos bien acomodados.
Fuente: Pedro López González, Arquitectura y arte funerario en el Panteón Hidalgo de Tepic, 2011.
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