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04/11/2026 09:20

El Partido Republicano descubre que no es Trump

Donald Trump ha ganado dos elecciones presidenciales, ha sobrevivido a dos procesos de destitución, tres atentados contra su vida, cuatro imputaciones penales y una derrota electoral que se negó a reconocer. Ha conseguido regresar a la Casa Blanca cuando buena parte de Washington lo daba por acabado y ha transformado el Partido Republicano hasta hacerlo prácticamente irreconocible . Pero las elecciones de este martes han puesto de manifiesto una contradicción: Trump sabe ganar elecciones, pero eso no significa que los republicanos sepan ganarlas comportándose como él.La derrota de estas elecciones parciales tiene una dimensión que va mucho más allá del desgaste habitual de un presidente en unas elecciones de mitad de mandato. Los demócratas han recuperado de golpe el Senado y la Cámara de Representantes . Han ganado en Texas, Carolina del Sur, Iowa y hasta en Kansas, estados que los republicanos consideraban parte de su patrimonio exclusivo. No se trata únicamente de haber perdido unos cuantos distritos indecisos. El voto de castigo ha penetrado en territorios donde Trump había conseguido mayorías contundentes, do dos dígitos, hace apenas dos años.En Texas, James Talarico ha derrotado a Ken Paxton, un candidato por el que el presidente había apostado personalmente, muy intensamente. En Ohio ha caído Vivek Ramaswamy, uno de los rostros más conocidos del movimiento trumpista. En Carolina de Sur ha quedado noqueada Darline Graham, impuesta como candidata por la Casa Blanca. Son derrotas que afectan a una forma de entender el poder dentro del partido: la convicción de que la bendición de Trump bastaba para convertir a un aspirante en favorito y de que la fidelidad al presidente era una virtud electoral por encima de cualquier otra consideración.Durante diez años, Trump ha ido desmantelando sin pausa el viejo Partido Republicano y sustituyéndolo por una organización articulada alrededor de su persona. Ha intervenido en las primarias, ha decidido quién merecía su respaldo, ha castigado a quienes se atrevían a contradecirlo y ha convertido la lealtad en el principal requisito para prosperar en este culto a su person a. Muchos republicanos que en privado expresaban reservas sobre sus decisiones acababan respaldándolas públicamente. No necesariamente porque estuvieran convencidos, sino porque enfrentarse a Trump podía significar el final definitivo de sus carreras. El problema es que Trump no ha creado una generación de políticos capaces de reproducir su éxito. Ha creado una generación de políticos que intentan reproducirlo a él, a veces literalmente. Y eso, ha quedado ya claro, no es lo mismo.El presidente posee una relación especial con una gran parte del electorado que difícilmente puede trasladarse a otro candidato. Ha conseguido movilizar a votantes que desconfiaban de ambos partidos, que apenas participaban en las elecciones y que encontraron en él una forma de expresar su rechazo a Washington . Pero esos votantes no sienten necesariamente la misma identificación con un senador o un gobernador que repite sus argumentos, adopta su lenguaje y exhibe su respaldo. El trumpismo funciona de manera distinta cuando Trump no figura en la papeleta.Eso no exime al presidente de responsabilidad. Durante la campaña pidió votar como si él mismo sí se presentara. Quiso convertir las elecciones en un referéndum sobre su persona y sobre la continuidad de su proyecto político . Una vez conocida la derrota, sostuvo que todo habría sido diferente de haber estado su nombre en las papeletas. La explicación tiene algo de revelador: el propio Trump reconoce, aunque sea involuntariamente, que su partido depende de una capacidad de movilización que no ha conseguido transmitir a sus candidatos.Tampoco puede ignorarse que los electores han juzgado su presidencia . La inflación, el coste de la vivienda, los aranceles, la guerra a Irán y las sucesivas y eternas polémicas de la Administración han pesado sobre el resultado. No todos los candidatos republicanos han perdido por ser demasiado parecidos a Trump. Algunos han perdido también porque estaban demasiado vinculados a un presidente cuya popularidad no bastaba para compensar el malestar económico.La consecuencia más profunda puede llegar ahora, dentro del propio partido. Hasta esta noche, la autoridad de Trump descansaba en dos pilares: el temor a sus represalias y la convicción de que era el único republicano capaz de ganar en las urnas. El primero permanece. El segundo ha sufrido un golpe considerable. Gobernadores, senadores y congresistas tendrán que preguntarse si la obediencia al presidente sigue siendo una garantía de supervivencia o si empieza a convertirse en un riesgo.Y esa discusión desemboca inevitablemente en 2028. Trump no puede optar a un tercer mandato, pero aspiraba a decidir quién debía sucederlo y a dejar fijada la agenda republicana durante muchos años. El vicepresidente JD Vance y los demás aspirantes a la Casa Blanca tendrán que calcular ahora hasta qué punto les conviene presentarse como continuadores de un proyecto que acaba de sufrir una derrota de estas dimensiones. La batalla por la sucesión puede empezar mucho antes de lo previsto y en condiciones que el presidente ya no controla por completo.Trump conserva la Casa Blanca, millones de seguidores y una influencia que sería absurdo dar por extinguida. Pero el resultado ha introducido una duda donde hasta ahora apenas había espacio para la discrepancia. El Partido Republicano lleva una década intentando parecerse cada vez más a Donald Trump. Estas elecciones sugieren que, al hacerlo, puede haber olvidado algo fundamental: Trump ha demostrado que sabe ganar por sí mismo, pero no que sepa construir un partido capaz de ganar sin él. Y eso puede arruinarle el legado.
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