El ministro que (casi) nunca estaba ahí
Óscar Puente no estaba en la vía del AVE, en uniforme de trabajo, el fatídico día en que un operario soldó la vía de Adamuz. Era evidente, pero con ese argumento tan mal traído respondió a la asociación de víctimas que le reclamaban la dimisión. Tampoco estaba en el centro de control de Adif la funesta mañana en que una orden mal dada habría culminado la espiral de despropósitos que rodean a la tragedia de Urda. Ni estaba ni se le esperaba.
No es la tarea de un ministro estar en donde no hace falta. Cuentan el estupor de un agricultor catalán que estaba quemando unos rastrojos cuando vio, hace unos años, descender de un helicóptero al expresidente Jordi Pujol para echarle una bronca, pero es obvio que la lucha contra el fuego no dependía de que el exhonorable pasara por ahí en vuelo oficial y pillara de casualidad al infractor. Sí es misión de un ministro estar en la cúspide de su equipo para hacer de pararrayos, cuando hace falta, no de fusible del presidente del Gobierno.
Su obligación es estar planificando, organizando, coordinando, velando por que el presupuesto disponible vaya al lugar adecuado, estableciendo prioridades. No es, desde luego, señalar con el dedo a un trabajador que debía corregir una serie de fallos técnicos que tienen causa y que cometió un error catastrófico. Ni presentarse como mártir camino del calvario. No se le pedía a Óscar Puente que se sacrificara siguiendo en su puesto, según ha mantenido durante seis días siguiendo una extraña lógica, ni que se sometiera al vía crucis que él, seguramente por su desenvuelta experiencia tuitera, preveía que iba a sufrir.
Lo que se le exigía era lo que ha acabado pasando según la ley de la gravedad de los hechos: la entrega de la cartera tras un nefasto balance de su gestión ministerial.
Lo dijo el propio Sánchez: dos accidentes "de estas características" en menos de un año son inasumibles. Se le reclamaba lo básico en democracia antes de que entráramos en la era de la 'posresponsabilidad': igual que la posverdad apela a las emociones sobre la realidad, no hay baremos objetivos, de modo que cada ministro se autoevalúa y tiende a ponerse la nota más alta.
Pero, en este caso, los hechos han actuado como testigos de cargo contra las valoraciones subjetivas. Si el Gobierno, como se ha dicho, esperaba a los sondeos para ver si se podía mantener lo insostenible, se los podía haber ahorrado. La dimisión del ministro era un clamor no solo tras los gravísimos siniestros; antes, los retrasos y el malestar eran habituales en todas las líneas.
Los fallos denunciados en los informes elaborados tras la primera de las dos catástrofes, señalando déficit de inversión y de mantenimiento, han emergido como testigos de cargo estos días, aumentados... pero no corregidos.
Exdirectivos de Adif y Renfe, ingenieros, sindicatos ferroviarios han coincidido en denunciar que se han priorizado las inauguraciones sobre las reparaciones.
El ya exministro Puente tampoco estaba en ese punto donde debía, estableciendo prioridades y evitando que se quebrara la confianza en la red ferroviaria, según llamativa confesión del presidente Sánchez. Parecía, muchas veces, más enfrascado en hacer enemigos en las redes, el sitio donde sí estaba a menudo, y cultivar el compañerismo entre los cargos directivos de Adif.
El martes por la noche, agotadas todas las excusas -entre otras la de que su dimisión sería injusta, la de que renunciar no iba con su carácter y la muy peregrina de que dar la cara te absuelve de culpa política-, Puente hizo lo obligado e inevitable: anunció la dimisión que le habían pedido buena parte de la sociedad española y todos los partidos, excepto el suyo y Bildu, que alegó un candoroso respeto por los tiempos judiciales.
Ahora, habrá que estar atentos a las medidas que requiere el ferrocarril en España para evitar nuevas tragedias. La confianza se recuperará si se hace bien, pero la credibilidad del ministro ya no tenía remedio.
A menos de un mes del 29/N, y en un cruel bumerán político, sale de escena abruptamente el azote en la fallida investidura de Feijóo en 2023, justo cuando el líder del PP vuelve a intentarlo, con las infraestructuras en primer plano.
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