La “era Becerra”, acelera corazones migrantes llenos de esperanza
Permítame el lector hacer un uso indiscriminado de la primera persona por esta vez, para relatar de forma más ágil el exordio de mi texto.
Ayer, al escuchar a Xavier Becerra, el virtual gobernador electo de California, tras la elección concurrente en los Estados Unidos de América, en la que los sufragantes de aquel país castigaron severamente los arrebatos y la improvisación del populismo, recordé inevitablemente la triste historia de Olegario, mi vecino que se había ido a ‘probar suerte’ como trabajador indocumentado al vecino país del norte desde hacía por lo menos dos décadas, según mi cálculo apurado e impreciso.
Olegario volvió hace casi dos años como una víctima más de la ola de deportaciones decretada por la administración de Donald Trump desde el arranque de su segundo período en la residencia de Estados Unidos.
Fue en uno de esos viajes relámpago que he podido hacer a mi ciudad natal en el norte de Sinaloa, cuando padecí los llamados ‘sentimientos encontrados’ al volver a saludar a mi amigo y vecino, tras la interrupción de una amistad de casi dos décadas en que se fue a las inmediaciones de Palm Springs, cruzando como indocumentado por Mexicali.
El buen Olegario trabajó en un campo cosechando ‘pickle’ primero; luego se acercó a la costa glamorosa de California en Santa Mónica, para trabajar como mesero en una cadena de restaurantes y luego irse hasta San José, al norte, para desempeñar por más de diez años un empleo como manager de un acreditado restaurante de comida mexicana.
Desafortunadamente, un deliberado pleito con un policía de ascendencia sajona, prejuicioso y abusivo, que era vecino suyo y no soportaba la estabilidad económica de mi amigo Olegario, generó condiciones para que el infame como envidioso policía hiciera ‘conciliábulo’ con compañeros deshonestos de su corporación, para detenerlo en la vía pública, un día de su descanso, argumentándosele meras ‘causales’ raciales, de clase y de odio.
Olegario tiene notables rasgos indígenas, por su herencia mixteca, dado que proviene de familias que emigraron del istmo de Tehuantepec a la zona norte de Sinaloa en la década de los sesenta del siglo XX, por razones de trabajo.
Pero eso no le quita sus atributos de trabajador y honrado en todos y cada uno de los actos de su vida pública y privada.
Pero cuando de plano sentí un auténtico ‘nudo en la garganta’, fue cuando empezó a adentrarse en su historia el buen Olegario y, sentados en una humilde banca, alrededor de una hornilla en el patio de su modesto domicilio, viendo tortear a esa santa viejita que es doña Aurelia, su mamá y ver moverse con dificultad a Panchito, su papá, quien seguía siendo un jornalero entregado a su chamba, que empezaba indefectiblemente a las cuatro de la mañana y terminaba hasta las seis o siete de la tarde en que caía rendido en un catre, escuchando el noticiero local por la radio de Los Mochis.
“¡Véngase mijo y siéntese a comer…!”, le dijo Panchito a Olegario, mientras yo ya había empezado con un plato de frijoles ‘caldudos’ y un pedazo de panela fresca.
Olegario soltó el llanto y yo también, no lo pude evitar. Como al niño chiquito aquel de la lejana década de los ochenta le habló Don Panchito a Olegario, su hijo ausente por cerca de treinta años y que ahora volvía, a departir dentro de la pobreza de sus padres, una pobreza que sabe a gloria cuando se cae en desgracia económica o moral.
Mi camarada había vuelto a empezar de cero, materialmente y a ser un extranjero en su propia tierra.
Don Pancho le siguió hablando al vástago, convertido en todo un hombre con canas e hilvanó -sin proponérselo- un muy profundo, significativo mensaje que aun retumba en mi conciencia; le dijo:
“Ya no lo quiero ver sufriendo mijo; tenga fe... Le aseguro que todo va a estar bien y en todo caso, aquí nos tiene a los dos viejitos. ¡Aquí tiene a la gente que lo quiere, que lo conoce desde la ñiñez!”
“Estas eran las palabras que tanto quería escuchar mi Héctor”, me dijo entre sollozos Olegario, que por cierto nunca dejó de enviarle recursos a sus papás y hermanos, quienes pudieron comprar y terminar de edificar la casa donde vivían, además de tener algunas temporadas de bonanza en la siembra de frijol y maíz, gracias a la compra de insumos y al pago puntual de la renta del predio donde sembraba Don Panchito, gracias al apoyo puntual de Olegario, que siempre fue un buen hijo.
Pero seguramente, mi amigo quería escuchar esas palabras en otras condiciones, de estabilidad y bonanza a la que ya estaba acostumbrado.
“Hoy, lo que más me pesa es no estar con mis hijos. A Dios le pido volverlos a ver; perdí mi juventud amigo, la dejé allá trabajando para la grandeza de aquella nación y como premio recibí una ‘patada en el trasero’; fui deportado como un criminal, sin el mínimo honor ni consideración; no seré un ‘santo’ amigo, pero tú sabes que soy trabajador y respetuoso de la ley (…) Incluso me hicieron prisionero por no tener la nacionalidad; hoy, día y noche le pido al creador para que cuide a todos mis paisanos, que sean libres en nombre del Señor…”
La última vez que hablé por última vez con el ‘compa’ Olegario, vía telefónica, hace aproximadamente tres meses, me enteré del triste desenlace de la muerte de sus padres; primero Don Panchito de un añejo carcinoma ductular infiltrante en el hígado, detectado hace más de diez años y algún par de meses después, de “pura tristeza y soledad”, Doña Aurelia, su mamá. Así se quedó solo mi camarada Olegario, un auténtico forjador con su trabajo, de la grandeza americana y californiana, específicamente.
“The Becerra era”
“Da Becerra erra”, para decirlo en el español que champurrea el demócrata Xavier Becerra, ganador de la elección de gobernador de California y quien será el primer hispano en el cargo desde 1875, formalmente electo, pues su antecesor en ese año, fue Romualdo Pacheco, quien tuvo un fugaz período y llegó al cargo por designación, no por elección.
Durante su campaña, Becerra enfrentó al republicano Steve Hilton, contra quien fue frontal en distintos asuntos, principalmente en inmigración.
Al hacer historia, la noche de este martes, Xavier Becerra de 68 años, pronunció un muy sentido y prometedor discurso, donde pone de manifiesto su fe en California, en su gente, pero, sobre todo, su firme propósito por cruzar de una vez por todas el umbral histórico para transformar para siempre el alma del estado de California pero, a la vez, el alma del ciudadano estadounidense promedio, para que desde hoy, erradiquen de sus prácticas habituales, la discriminación hacia el inmigrante; ese dolor cotidiano que los hispanos y nuestros descendientes tenemos que tolerar en las calles de la gran Nación y en sus leyes, pero que ni siquiera encuentra castigo en los tribunales del país más rico sobre la faz de la Tierra.
En ese, su primer mensaje tras ganar las elecciones, recordó la historia de sus padres, Manuel (nacido en Sacramento, pero formado en Tijuana) y María Teresa (originaria de Jalisco), quienes iniciaron una familia en Estados Unidos durante la década de 1950 con apenas 12 dólares en el bolsillo.
“Gracias, mamá. Gracias, papá. Por construir la era Becerra”, expresó el virtual nuevo mandatario californiano, quien reconoció que el esfuerzo de sus padres fue el punto de partida de su historia.
Becerra sucederá al gobernador Gavin Newsom, cuyo mandato finalizará el 4 de enero de 2027.
Cabe destacar que California es el estado más poblado de EEUU, con aproximadamente 40 millones de habitantes, de los cuales el 41% es latino. Pero es también, por sí sola dicha entidad americana, la primera economía de la Unión Americana y la quinta economía del mundo, por encima del mismísimo Japón, que es la sexta en el concierto productivo mundial.
Y no obstante el cariño y la admiración que la gran mayoría de mexicanos, de este lado de la frontera y de aquel, profesamos hacia la historia y la entereza del país como del pueblo norteamericanos en general, seguimos padeciendo -como migrantes y a veces como visitantes- el oprobio de la discriminación por prejuicios y motivos raciales, de clase y de nacionalidad, en las calles y en las leyes mismas de la nación estadounidense.
Por eso el discurso de Becerra es francamente esperanzador.
Porque conoce por vivencia propia la problemática del migrante mexicano en California y en la Unión Americana.
Porque su historia es la de aquellos que llegaron con las manos vacías y el corazón lleno de esperanzas a aquel país.
Porque es el hijo de una pareja de migrantes; dos ciudadanos humildes que aprendieron a valorar la tierra californiana a través del sudor, del esfuerzo y del silencio al que muchas veces han pretendido condenar a los trabajadores indocumentados y a los migrantes en general.
Porque Xavier Becerra ha cuestionado en numerosas ocasiones esa paradoja dolorosa que hoy nos ocupa: habitamos un Estado y una Nación infinitamente ricos y poderosos; ambos son gigantes económicos modelados por el esfuerzo de millones. Sin embargo, en los mexicanos siguen siendo objeto de la deportación criminal y del trato infrahumano en sus pueblos y ciudades.
Becerra sabe que, en la Unión Americana, “país paradigmático de la libertad y la oportunidad” las oportunidades no siempre se miden por el talento o la virtud, sino por el color de la piel, la clase social y los privilegios tradicionales de una minoría que siempre ha gobernado.
De vez en cuando hay que recordarles a aquellos ‘tradicionalistas conservadores’, herederos de formantes jurídicos y doctrinales eurocentristas, que la modernidad construida en el Nuevo Mundo, pasa por reconocer a los cripto-tipos que moldean la convivencia armónica del hombre nacido y criado en América, en convivencia con cualquier raza o credo del universo conocido, sin prejuicio alguno, donde una verdad histórica siempre ha existido y ha sido considerada ineludible: los privilegios tradicionales de los europeos (fundadores, pioneros y descendientes) tampoco son nativos de este suelo.
El origen del hombre en general en esta Tierra es remoto.
Nadie brota de ‘las piedras del camino’. Todos, en algún momento de la historia, a través de nuestros ancestros, fuimos el rostro de un caminante que buscaba un futuro. La única diferencia es el siglo en el que llegaron nuestros barcos. Los nuestros fueron
Su triunfo no es una para nada una revancha; es simplemente un acto de justicia social. Es la demostración de que ni toda la parafernalia política ni ideológica ni mucho menos, todas las estructuras de propaganda ‘pseudonacionalista’ o ‘populista’, pueden contener para siempre el avance de la dignidad humana, hispana, para ser precisos.
A partir de hoy, los pasillos del palacio de gobierno en Sacramento, ya no pertenecerán a ningún club privado de apellidos ilustres solo en inglés o escandinavo (como Nixxon); en adelante, estará presente en la galería un apellido en español.
Porque también California pertenece en alguna medida a los hispanos y a sus descendientes.
Pertenece también al pueblo, al trabajador, al discriminado, al que limpia, al que construye y al que sueña.
Y dijo Becerra, por último, de manera colosal y espléndida a mi juicio:
“No me postulé para hacer historia; me postulé para marcar una diferencia para todos los que llaman hogar a California”, aseguró ante sus seguidores al colofón de su discurso, Xavier Becerra, el ahora inminente gobernador del portentoso estado de la costa oeste estadounidense.
¡Enhorabuena por el pueblo de California y que, de verdad, así sea!
¡Con Xavier Becerra sí hay una esperanza para las decenas de millares de compatriotas que han sido deportados injusta e ilegalmente por ‘decretazos’ del Poder Ejecutivo estadounidense en los últimos años, para empezar a construir soluciones concertadas, en un marco más humanitario y justo para las y los trabajadores migrantes mexicanos y del mundo en general… así como mi ‘compa’ Olegario y tantos millares más!
Héctor Calderón Hallal
@pequenialdo,
@CalderonHallal1
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