Vanguardia — Portada
05/11/2026 13:37

Lecciones de las puntocom para la burbuja de la IA

Por Chi Onwurah, Project Syndicate

LONDRES- Que las nuevas tecnologías transformadoras reescriben las reglas de las finanzas es una verdad universal. O al menos, es lo que dicen numerosos comentarios, publicaciones en redes sociales y presentaciones reglamentarias relacionados con el auge de inversiones que se desarrolla en el área de la inteligencia artificial, y que puede terminar siendo burbuja.

Los fundamentos económicos no se pueden ignorar para siempre. Para quienes son demasiado jóvenes para recordar la debacle de las puntocom a principios de este siglo (una categoría que, supongo, incluye a casi todos los directivos actuales en el sector de la IA), la locura de inversiones de fines de los noventa encierra importantes lecciones.

El auge de las puntocom surgió de la Internet primitiva. Yo trabajaba como ingeniera en el nivel de infraestructura (diseñando el hardware y las redes que serían la base de nuevas aplicaciones revolucionarias como Google, Napster y Lastminute.com) y recuerdo muy bien la atmósfera de aquel momento. Era un frenesí explosivo e inspirador (muy parecido al auge actual de la IA, pero sin menciones a la extinción de la humanidad). Una de las empresas para las que trabajaba tenía una presentación dirigida a posibles inversores, en la que aparecía una imagen de la cordillera de Sierra Nevada. El texto decía: «En 1848, no convenía buscar oro. Convenía vender palas».

Era una referencia a la «fiebre del oro» que había tenido lugar en California, y la enseñanza era que aunque algunos triunfaran y muchos más fracasaran, a quien construyera la infraestructura siempre le iría bien. Vender palas era una apuesta segura, y justificaba cotizaciones reñidas con las fórmulas contables habituales. La empresa para la que trabajaba intentaba convencer a los inversores de que para los nuevos vendedores de palas, el EBITDA (beneficio antes de intereses, impuestos, depreciación y amortización) no tenía importancia.

El único problema de la metáfora es que no era verdad. La empresa de infraestructura de telecomunicaciones para la que trabajaba fracasó; yo me quedé sin trabajo, sin visado y sin derecho a vivir en Estados Unidos. A muchos otros proveedores de infraestructura les fue peor: Global Crossing y WorldCom se declararon en bancarrota; Nortel Networks y Lucent perdieron más o menos el 99 % del valor de sus acciones. Conforme la gran mayoría de los actores del sector desaparecía, un puñado de empresas bien provistas de recursos (Microsoft, Google, Amazon y, más tarde, Facebook) compraron a sus posibles rivales, crecieron y se consolidaron hasta convertirse en los megamonopolios de la actualidad.

El estallido de la burbuja de las puntocom dio un duro golpe a los proveedores de infraestructura porque sus grandes gastos en capital dependían en gran medida del endeudamiento. Lo mismo entonces que ahora, buena parte de esa financiación era circular, ya que muchas empresas actuaban como “proveedores financistas” que ayudaban a sus propios clientes a pagar por la compra de sus productos.

Por ejemplo, la empresa para la que trabajaba fabricaba dispositivos para la mejora de Internet de alta velocidad, que vendía a proveedores de infraestructura, muy a menudo financiando la operación. Mientras durara el auge, todos ganaban dinero y recuperaban lo invertido. Pero cuando llegó la debacle, el círculo virtuoso se convirtió en círculo vicioso.

En el auge de la IA estamos viendo el mismo modelo de financiación. Anthropic compra capacidad de cálculo basada en chips de Nvidia a una empresa en la que Nvidia es uno de los principales inversores. Microsoft invirtió más de 13 mil millones de dólares en OpenAI, y al mismo tiempo le «vende» servicios de nube a través de su división Azure. ¿Un ejemplo de innovación financiera? ¿O un mecanismo insostenible de auge y posterior caída?

En el nivel macroeconómico, las cifras hablan por sí solas. Se estima que para justificar los billones de dólares que se están invirtiendo en infraestructura de IA, se necesitaría un ingreso anual de más de 2.5 billones de dólares en 2030. Los únicos que podrían generar ese flujo de caja serían clientes de pago que usen servicios de IA para mejorar su resultado neto, algo que, por lo general, implicará la eliminación de costos, sobre todo en la forma de salarios.

Pero el resultado de eliminar billones de dólares de la factura salarial de Occidente sería una conmoción social; y con el volumen actual de deuda privada, lo siguiente podría ser una crisis financiera. O también podría ocurrir que los mercados concluyan que las empresas de IA no podrán devolver sus deudas, en cuyo caso se invertiría el orden de los resultados: una crisis financiera de una magnitud que puede ser inédita, seguida de conmoción social.

Digo “inédita” por dos razones. En primer lugar, la exposición a deudas hoy es mucho mayor que en 2001, de modo que la situación se parece más al período que antecedió a la crisis financiera global de 2008. En segundo lugar, hay una concentración de riqueza mucho mayor en el sector de la tecnología, los medios y las telecomunicaciones. Durante la crisis de 2008, ese sector representaba una quinta parte del segmento superior del mercado bursátil estadounidense; ahora es casi la mitad.

Los auges se detienen cuando los financistas ya no quieren seguir financiándolos. El primer gran indicio de la debacle futura de mi sector en 2001 fue la decisión de American Express de suspendernos las tarjetas de crédito corporativas, unos meses antes de que la empresa se declarara en bancarrota.

Si el sector financiero decidiera dejar de sostener la IA, ¿supondría eso liberar dinero para invertir en otras partes, por ejemplo, la economía productiva de mi ciudad (Newcastle) o los jóvenes desempleados? ¿O huirán los inversores hacia activos seguros tradicionales como el oro?

No lo sé. Pero ahora que el Reino Unido puso la IA en el centro de sus aspiraciones para su presidencia del G20 en 2027, su agenda debe incluir la seguridad, el establecimiento de normas y la planificación para cualquier posible debacle. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Chi Onwurah es integrante del Parlamento británico por el Partido Laborista y presidenta de la Comisión de Ciencia, Innovación y Tecnología de la Cámara de los Comunes.

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