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05/11/2026 21:12

Marta Vericat, filósofa: «Tener mascota también constituye un tipo de explotación animal»

La filósofa Marta Vericat (Barcelona, 1984) define como un ejercicio de «empatía radical» lo que ha hecho: ponerse en el lugar de sus gatos prescindiendo de una visión antropocentrista. «Me ha costado mucho —reconoce—. Es una disonancia cognitiva, cuando lo que piensas no es compatible con lo que haces». Ha plasmado sus reflexiones en el libro 'Mascotismo. Un debate sobre ética animal' (Ed. Laetoli, 2026) en donde se pregunta por todos los elementos que rodean la relación del ser humano con perros y gatos. Hay amor, asegura, pero el amor no es garantía de buen hacer. —Da la sensación de que la tenencia de mascotas es un campo abonado a las paradojas.—Podemos encontrar unas cuantas. Por mucho amor que digamos sentir, la relación es estructuralmente desigual, porque existe una relación de poder. Hay una tendencia a humanizar a las mascotas en general y, concretamente, a perros y gatos. Por humanizar me refiero a cómo interpretamos sus comportamientos, al trato que les proporcionamos y a lo que hacemos con ellos: desde prepararles una fiesta de cumpleaños hasta ofrecerles muchos otros servicios que están apareciendo en el mercado y que reflejan claramente esa humanización, como los centros de spa, las aplicaciones para citas o incluso una serie de Netflix adaptada a la visión de estos animales. A lo mejor lo hacemos con la mejor de las intenciones, pero esto denota una gran incomprensión de la animalidad. Puede llegar a dañarles, porque lo que más necesitan es que les dejemos ser animales, con sus necesidades naturales, que a menudo quedan limitadas precisamente por la humanización que les imponemos.—Hay estudios que reflejan que los españoles ven cada vez más similitudes con sus mascotas, no solo a nivel emocional, sino también en dimensiones sociales y cognitivas.—Al humanizarlos proyectamos sobre ellos nuestros deseos o incluso los convertimos en una especie de anexo de nosotros mismos para construir nuestra propia identidad. También existen etiquetas como «animales de familia», «perrhijos» y «gathijos». Parece que por utilizar esas denominaciones las relaciones hayan mejorado, cuando en realidad lo único que conseguimos es blanquear la explotación. El mascotismo también constituye un tipo de explotación animal. Es diferente de otros tipos de explotación, pero no deja de serlo. Yo lo he llamado «explotación afectiva». Las demás formas de explotación son más visibles o están más reconocidas, mientras que esta pasa desapercibida bajo el discurso del amor. Precisamente, expresiones como «familia multiespecie» y «perrhijos» funcionan como una especie de maquillaje que encubre esa realidad. Considerarlos así supone una imposición más, porque ellos no han nacido para formar parte de nuestros proyectos de vida. Les proyectamos modelos humanos de familia y estructuras de parentesco que no les corresponden, porque tienen sus propias formas de socialización. Tendríamos que entender que no son nuestros hijos y que merecen ser reconocidos como lo que son.—Se habla mucho de las condiciones en las que viven las gallinas, pero no se cuestiona el mascotismo. ¿Por qué el activismo animalista no entra a reflexionar sobre esto?—Me lo he preguntado infinidad de veces y me parece bastante inexplicable. Supuestamente, desde el movimiento animalista tendríamos que profundizar y llegar a la raíz de los problemas. Sin embargo, es el único tema en el que se hace una excepción. Creo que se debe a esa mala interpretación que hacemos de las relaciones. En el fondo, no interesa. Sí se abordan sus consecuencias negativas, como los abandonos, los casos de maltrato y la violencia, pero nunca se cuestiona el mascotismo en sí mismo. Si no se hace, seguramente podríamos encontrar varias causas. Entre ellas, el no querer renunciar del todo a nuestros privilegios. También influye que el mascotismo no deja de ser hijo del antropocentrismo, y eso es algo que nos cuesta mucho deconstruir. Es mucho más fácil dejarnos llevar por esa versión romántica y tradicional de nuestra relación con perros y gatos, porque nos gusta convivir con ellos. Hay un porcentaje muy bajo de personas que, como mínimo, se cuestionan esta relación. Enseguida aparece una respuesta de rechazo, como si fuera un tema intocable, cuando, si realmente nos importan los animales, no debería ser una excepción.—¿Cree que en algún momento se verá socialmente como una aberración las condiciones en las que hoy viven muchas mascotas? —Sí, claro. Sobre todo en las grandes ciudades las vidas de estos animales están muy limitadas y se ven privados de muchas experiencias básicas para tener una calidad de vida mínima. El caso de los gatos es muy extremo. Hay gatos que pasan prácticamente toda su vida confinados en pisos pequeños de ciudad.—¿Ve alguna señal de que la sociedad empiece a hacer este tipo de reflexiones?—Creo que justamente lo que está sucediendo es lo contrario: cada vez se tienen más mascotas. Esto se debe al tipo de sociedad en la que vivimos, muy individualista, y a cómo están cambiando los modelos de familia. No nos hacemos las preguntas adecuadas e interpretamos el fenómeno a nuestra conveniencia. Existe un discurso 'buenista' sobre el hecho de tener mascotas; muchísimas personas se consideran amantes de los animales por tener y cuidar de un perro o un gato, cuando eso puede estar muy lejos de la realidad. Ni siquiera tenemos presente que la gran variedad de razas de perros ha sido diseñada para adaptarse a nuestros estilos de vida y cumplir determinadas funciones. —Habla también de la paradoja de la soledad. ¿Qué significa?—Cada vez vivimos en una sociedad más individualizada y la experiencia de la soledad es mayor. Ahí es donde aparece lo que he denominado la «paradoja de la soledad»: intentamos luchar contra nuestra propia soledad condenando a un animal a la suya. Muchas veces estos animales se ven privados de relacionarse con sus semejantes y pasan muchas horas solos en casa.—De todas formas, usted no aboga por que desaparezcan las mascotas—El libro no tiene la intención de ofrecer soluciones definitivas. Lo que pretende es abrir el debate y estimular la reflexión. Solo con eso ya se reduciría drásticamente el número de mascotas. Después serían necesarias otras medidas.
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