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Jon Fosse: «La Iglesia es una fuerza contra el capitalismo, no es el momento de criticar su poder»
Jon Fosse (Haugesund, Noruega, 1959) viene con ese hábito negro que le acompaña desde hace años, con el que parece haber sellado su compromiso con la escritura: para él rezar y escribir son casi lo mismo, como el misterio del mundo y el misterio de la literatura, como el pasado, el presente y el futuro: todo es tiempo. Lleva un foulard, anillos y un reloj antiguo que parece esconder una historia que aún no ha contado. Tiene los ojos azules, clarísimos, y mueve las manos como dando forma a lo invisible, la materia prima de sus libros. Es tímido y afable, es un hombre al que le gusta el silencio y la pintura y las cosas que se pueden contemplar durante horas. Conoce bien el éxito, que le llegó primero como dramaturgo (fue uno de los más representados del mundo) y luego como Nobel de Literatura, y por eso prefiere la distancia.La cita es en la biblioteca-bar –qué oxímoron– del Bristol, uno de los hoteles con más solera de Oslo. Fosse conoce al dueño y viene mucho. No muy lejos de aquí está el Teatro Nacional, donde se representa 'Suzannah', su nueva obra de teatro, en la que cuenta la historia de la mujer de Ibsen. «Aquí es imposible escapar de Ibsen», dice, como encogiéndose de hombros. Una estatua del dramaturgo custodia la puerta del teatro. Podría ser la de un presidente.Fosse acaba de publicar ' Hotel Vaim ' (Random House), donde un hombre llega a un hotel extraño y le suceden cosas más extrañas todavía, unas veces inexplicables y otras ridículas. —Este libro me ha recordado a Samuel Beckett: no sabemos si el protagonista está esperando algo o no, tampoco si acaba de llegar o lleva toda la vida ahí. No sabemos por qué hace lo que hace, y él tampoco.—Beckett me ha influido mucho, porque lo leí siendo muy joven. De hecho, me daba miedo que se notara su huella en mis obras de teatro, así que a mi primera obra la titulé 'Alguien va a venir', que es exactamente lo contrario de 'Esperando a Godot'. Era como un hijo que se rebela contra su padre. Yo mismo no siento que mi escritura se parezca mucho a Beckett, aunque algunas de mis obras de teatro sí. Tiene que ver con cómo trata el lenguaje, de un modo muy neutro, repetitivo, minimalista, supongo. No tanto con las tramas… Aunque el autor que más admiro es Franz Kafka, que por otro lado influyó mucho a Beckett. Admiro a Kafka y creo que este es el libro donde más noto su influencia. —Tal vez me equivoco, pero sus dos últimas novelas –'Vaim' y 'Hotel Vaim'– parecen suceder en una suerte de purgatorio. Me preguntaba si de alguna manera todo hotel es una especie de purgatorio. Si este hotel en el que estamos lo es.—Un hotel es una estación de tránsito, un lugar intermedio, como un aeropuerto. Cuando miras, no tienes por qué saber si la gente va o viene. La mayoría de mis novelas transcurren en este tipo de lugares. Son lugares intermedios, que no están aquí o allí, sino en esa zona brumosa, confusa: esa ambigüedad es fundamental en la literatura. Lo que sucede no es esto o aquello, sino las dos cosas y ninguna a la vez. Quiero decir que mi literatura nace de lo paradójico; la paradoja es fundamental en mi escritura. Lo decían los místicos: 'coincidentia oppositorum', hay que aceptar la contradicción. Y creo que eso está cerca de mi manera de vivir la vida y también de ser creyente. Porque ser cristiano es creer en una paradoja, evidentemente, y en ese sentido es lo contrario de la ciencia. En la ciencia, uno es uno y no puede ser tres. Pero en la literatura, en el arte y en la religión, uno sí que puede ser tres. Y sin dejar de ser uno.—Eso está muy relacionado con el misterio, que también impregna su obra.—Es que no se puede creer sin el misterio, y tampoco crear. Yo no sé por qué nací, por qué estoy sentado aquí, no lo entiendo, pero sé que hay un sentido. El mundo es un misterio, pero tiene sentido. O mejor dicho: el mundo es sentido. Yo no creo en el absurdo.—Hay mucho humor en 'Hotel Vaim', un humor que vuelve la existencia aún más inquietante: nos reímos de situaciones que no entendemos. ¿La comedia le permite acercarse a partes de la condición humana a las que la tragedia no llega?—Cuando empecé a escribir, hace casi cincuenta años, mis novelas eran completamente negras, algo así como una especie de heavy metal. Pero en cierto momento, cuando ya había escrito cuatro o cinco novelas y algunos libros de poesía, algo cambió. Entonces mi escritura se volvió… siguió siendo trágica, pero con un lado cómico. Desde entonces casi toda mi escritura es tragicómica. Está en medio y es ambas cosas a la vez... Pero yo no hablaría de humor. No creo que lo que yo haga tenga que ver tanto con el humor como con lo cómico. En el humor uno pretende ser gracioso. En mis libros ocurre algo y de pronto eso es cómico, pero no es algo buscado, no es mi voluntad escribir de manera cómica. Simplemente sucede algo extraño que puede ser cómico. Y yo necesito escribirlo. Porque también soy un escritor de la necesidad.—Pero no político. Siempre insiste en eso.—No soy un escritor político, solo soy un escritor. Y espero ser un buen escritor. Porque un buen escritor aporta algo de valor al mundo, y eso es lo que yo encuentro por ejemplo en Kafka y Beckett: algo valioso. Quizá alguien pueda encontrar algo de valor incluso en mi escritura, y entonces habré aportado algo nuevo al mundo… Como Wittgenstein, creo que la ética y la estética son lo mismo. La buena escritura es algo bueno también en un sentido político, diría yo, aunque no diga 'vote a este partido o a aquel'.«Desde que me dieron el Nobel no he conseguido escribir nada nuevo»—En un momento en que tantos políticos prometen devolvernos la seguridad y la certeza, ¿puede la literatura enseñarnos a vivir con la incertidumbre?—Estoy bastante seguro de esto. Uno de los lectores que más he admirado, Harold Bloom, decía que con la literatura no se aprende a vivir, sino a morir. Y es una observación sabia. Con la literatura se aprende algo sobre la incertidumbre, también sobre la de la muerte, que es lo más cierto de nuestra vida, pero a la vez es lo más incierto. Y vuelvo a lo mismo: la muerte tiene que ver con la ambigüedad, con la paradoja. Esa es la fuerza de la literatura: mientras la política o la guerra simplifican el mundo en buenos y malos, en esto o lo otro, la literatura lo complica. La literatura es ambigüedad.—¿Diría que el silencio es un derecho de los escritores?—En mi teatro uso mucho el silencio. El silencio escribe como el negro sobre el blanco: es su reverso. Yo diría que la literatura puede dar al silencio un espacio mayor en este mundo, que es tan ruidoso en todas partes, todo el tiempo. La gente quiere ruido y ruido y ruido. Simplemente el acto de calmarse y guardar silencio y serenarse es contracultural. En 'Septología', Asle decía que es en el silencio donde se puede oír a Dios. Y estoy de acuerdo con él en ese punto.—Por cierto: en junio estuvo usted en el Vaticano con León XIV. ¿Cómo se llevan religión y poder? Usted siempre ha simpatizado con los cuáqueros, que reniegan de la jerarquía eclesiástica.—Los cuáqueros no tienen sacerdotes ni sacramentos. Y sigo estando muy cerca de los cuáqueros, pero los tiempos han cambiado bastante. Antes la Iglesia gozaba de un poder inmenso, demasiado grande, pero ya no. En Noruega ahora la Iglesia es una especie de fuerza contra el ruido. También contra la economía, el capitalismo, contra esa corriente que pretende que todo esté dirigido por intereses meramente comerciales… Como la Iglesia es una fuerza contra el capitalismo, no creo que sea el momento adecuado para criticarla por tener demasiado poder, porque en Noruega al menos ya no lo tiene. Ni en el norte de Europa en general. —En España y Francia los bautizos de adultos y adolescentes están aumentando, y hay quien habla de una suerte de resurgir espiritual más o menos modesto. ¿Cómo lo está viendo usted?—¿Sabes? Yo de joven intenté ser marxista y ateo, y lo fui, hasta donde pude. Pero lo que me hizo cambiar de opinión fue que no podía entender lo que ocurría cuando escribía, de dónde venía la escritura: es algo que no puedo explicar con el materialismo… Entonces mi mente se abrió a lo invisible, y después de un tiempo llegó el concepto de Dios. Ahora puedo decir que creo en Dios, aunque no puedo describirlo… El caso es que cuando publiqué 'Septología', donde el protagonista es un católico extraño, la palabra Dios estaba prohibida en el contexto literario. Y di por hecho que iban a odiar mi novela, pero ocurrió exactamente lo contrario. Había una necesidad de hacerse ciertas preguntas sobre el sentido de la vida. Creo que seguimos en ese punto.—En sus libros no sabemos si los personajes están muertos o vivos. Son una especie de fantasmas. ¿Está de acuerdo con eso?—Mis personajes están en parte vivos y en parte muertos, y en cierto modo nosotros también. Estamos aquí, sentados, charlando, pero llevamos la muerte dentro.«Mientras la política o la guerra simplifican el mundo, la literatura lo complica»—En 'Septología', el protagonista es un pintor, que es un motivo recurrente en sus obras: el arte, los artistas… ¿Hasta qué punto es importante para usted?—Lo que me interesa de la pintura es que conecta lo más material (la pintura, los colores, las formas, el marco…) con lo espiritual. Pero soy un hombre de gustos conservadores: me gusta el óleo sobre lienzo, esa estructura... Lo que más me gusta en esta vida es ver un buen cuadro, buscar su sentido. Paso épocas en las que solo siento conexión con un solo pintor. Ahora me sucede con Rothko.—¿Y qué hay de Munch? Estamos muy cerca de su museo…—Fue un gran artista, sin duda, pero siendo noruego uno puede cansarse de él, es fácil. Pasa como con Ibsen. Al final uno se cansa de Ibsen. Claro que eso no dice nada malo de ellos. Eran grandísimos creadores. —Recibió el Nobel de Literatura hace tres años. ¿Fue una bendición o una maldición?—Creo que para muchos escritores ha sido las dos cosas a la vez… Para mí es una bendición, por supuesto, y creo que todo escritor del mundo sueña con recibir el Nobel, porque es la cumbre. Pero te cambia tanto la vida... Ahora tengo que luchar para que mi vida se parezca lo más posible a mi vida antes del Nobel, y para eso tengo que decir que no: no a viajes, a entrevistas… Tengo que hacerlo para ser la persona que soy y que quiero ser. Todavía intento ser el escritor que fui. Estos libros –'Vaim', 'Hotel Vaim' y la tercera parte de este tríptico, aún por traducir– los tenía prácticamente escritos antes del premio, solo he tenido que rematarlos. De hecho, apenas he escrito nada nuevo desde el Nobel. Y no he publicado nada nuevo.—¿Está escribiendo algo ahora o intentándolo?—Siempre estoy escribiendo, porque es mi manera de vivir. Pero no tiene por qué ser algo original. Últimamente traduzco mucho. Lo último que he terminado es 'El castillo', de Franz Kafka.Y he ahí la última paradoja antes de despedirnos: terminar de traducir una obra inconclusa.
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