La Nacion
06/11/2026 00:10

El problema de la universidad empieza en la escuela

El intenso debate en torno a la universidad pública que se viene dando en la sociedad pone el foco en el último eslabón del camino educativo, pero nada de lo que sucede en ese último tramo del trayecto formativo está desconectado de los mojones previos. Sin una buena educación inicial, sin una escuela primaria con capacidad alfabetizadora tanto en lengua como en matemática y sin una escuela secundaria efectiva, el ingreso a la universidad y la permanencia en ella se topan con importantes obstáculos.

A ello se agregan otros factores de peso que condicionan seriamente ese recorrido, como la desestimulación frente al esfuerzo que implica el estudio, la flexibilización de exigencias permitiendo que pasen de grado quienes no alcanzan los objetivos y el desaliento a la capacitación continua de los docentes.

En educación, la cadena de causas y efectos, o problemas y su impacto, se pone en evidencia en cada etapa del sistema, pero la constatación más palpable para la ciudadanía y para cada familia llega con el cuello de botella en el que se convierte la universidad pública: jóvenes que, al ingresar a los estudios superiores -o al intentar hacerlo- descubren que 12 o 14 años -si se suma la educación inicial- de asistencia a las aulas argentinas no cumplieron con su objetivo: que los alumnos aprendan a leer, escribir y comprender textos complejos, a enfrentar problemas matemáticos con destreza y a conceptualizar saberes demandantes basados en esos dos pilares cognitivos.

De los 500.000 alumnos que ingresan en las universidades nacionales cada año, 200.000 quedan fuera antes de que finalice el segundo cuatrimestre del primer año.

Lo que no da la educación básica, desde el jardín de infantes, pasando por la primaria, y luego por la secundaria, la universidad pública no puede solucionarlo con cursos de ingreso de un año de duración, y menos todavía durante la carrera universitaria en sí. En ese contexto, cualquier sueño de educación superior se convierte en una vara difícil de superar.

¿Por qué Chile tiene más graduados universitarios que la Argentina? El especialista en financiamiento educativo Juan Ignacio Doberti lo dejó claro durante una entrevista con LA NACION. Se trata de un país vecino que, con una historia política y económica tan desafiante como la argentina, está cumpliendo más efectivamente con el derecho a la educación de los alumnos que terminan la primaria y luego ingresan a la secundaria. ¿Dónde está la diferencia?

Chile muestra una “terminalidad” de la escuela secundaria, es decir de los alumnos que logran graduarse, del 91,5 por ciento. En nuestro país, ese indicador se detiene mucho más abajo, en el 74,6 por ciento. En ambos casos el año de referencia es 2024. Así, la Argentina queda colocada en el quinto puesto de los países de América Latina, según la cantidad de adolescentes que llegan a egresar del secundario. Perú lidera el ranking con 92%.

En palabras de Doberti, hay mucho para mejorar en la universidad pública argentina, pero el problema principal es la escuela secundaria. Está claro que los alumnos terminan el nivel medio sin los conocimientos que se requieren para proseguir sus estudios superiores. La universidad les da una mano, pero no la mano que necesitan porque, si no, tendría que gastar todo el presupuesto en hacer un “secundario bis”. Lo que no funciona –enfatiza- es pretender un sistema a la sueca con un financiamiento inadecuado, porque es vivir una ficción.

Un informe de la organización Argentinos por la Educación aporta datos preocupantes sobre esta materia. “La secundaria sigue siendo el nivel donde persisten los mayores obstáculos para la retención y la graduación, y se mantienen, además, las desigualdades socioeconómicas”, dice la investigación. La conclusión dispara más señales de alarma. Ese panorama se da a pesar de que los países de la región, menos Colombia, consagraron como obligatoria a la escuela secundaria.

La conclusión de Argentinos por la Educación se refiere a América Latina en general, pero el caso argentino está entre los más preocupantes. La Argentina mejoró su indicador de egreso de la escuela secundaria entre 2014 y 2024, pero apenas promedia la tabla comparativa que incluye nueve países.

Vale una aclaración importante: la mejor performance de Chile, y también de otros países latinoamericanos en cantidad de graduados del secundario, no se hizo a costa de una baja permisiva de la calidad educativa. Al contrario, Chile lidera en América Latina las evaluaciones internacionales de calidad de aprendizajes. Lo grave en esta comparación es que la Argentina ha ingresado en una etapa de caída de las exigencias para la promoción de año tras año tanto en la primaria como en la secundaria, incentivada en muchas de las provincias, y ni siquiera esas políticas lograron graduar más alumnos.

Respecto del problema del financiamiento sobre el que hace hincapié Doberti, sostiene que afecta a todo el sistema educativo y que se encuentra en caída. En ese punto, las esperanzas depositadas sobre la universidad pública resultan todavía más desmedidas. La expectativa es que compense todas las ineficiencias de los tramos educativos anteriores y que lo haga, además, con bajo presupuesto.

Doctor en economía, el especialista lanzó esta pregunta fundamental: “¿Por qué no tratamos de hacer lo que hacen los buenos ejemplos, los países más desarrollados o en vías de desarrollo, los países a los que les va bien? ¿Por qué no copiamos el porcentaje del PBI que gasta Chile en la universidad, por ejemplo?”.

Mientras el Estado chileno invierte 0,8% del PBI en la universidad, la Argentina invierte 0,4%. Con la mitad del gasto presupuestario de Chile se pretende que la universidad cumpla con su objetivo fundacional, y que corrija los problemas del sistema educativo en general. La ecuación no es viable.

El debate en torno a los estudios superiores debería conducir a un análisis del sistema en general. No hay solución al problema de la universidad pública si no se aborda una mejora de la primaria y la secundaria.

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