Jazmín Agulla: el modelaje, la música y la huella imborrable de su padre
Hay algo profundamente magnético en la forma en que Jazmín Agulla habita su propio universo. Con apenas 23 años, construyó un camino donde la moda, la dirección de arte y una madurez inusual conviven con naturalidad. Su casa familiar –ese refugio que comparte con su mamá, la decoradora Delfina Vázquez Maiztegui, y sus hermanos Silvestre y Santino– es el escenario donde se mueve entre el rigor académico y la frescura de una it girl que no teme romper moldes. Criada en un hogar donde la creatividad, el ingenio y el humor eran parte de la vida cotidiana, hoy se redefine con la nostalgia del recuerdo latente tras la reciente pérdida de su padre, el icónico publicista Ramiro Agulla. Jazmín lo lleva como un faro íntimo, transformando la ausencia en una fuerza que impulsa sus próximos pasos: el inminente lanzamiento de su proyecto musical, la firmeza para elegir con qué marcas trabajar bajo sus propios términos y la certeza de que su vida se escribe en un presente pleno.
–Estás a punto de recibirte de la carrera de Comunicación, consolidada en el modelaje y lanzando tu propia música. ¿Cómo se equilibra todo eso a los 23 años?
–Soy muy exigente y vivo con mucha satisfacción el haber cumplido con eso que desde chica imaginaba. Terminar la carrera es un logro enorme, sobre todo porque cuando empecé, a los 19 años no me imaginaba la agenda que se me vendría. Tenía días de jugar a dos vidas: ir a rendir y salir corriendo con un bolso al baño para cambiarme e ir a una producción de fotos o caer a clase maquillada y con un peinado loquísimo. El modelaje empezó como una semillita y creció como un árbol de cinco metros. Cuando entré a una agencia lo hice con mis propios términos y condiciones, sabiendo que mi búsqueda era construir una imagen personal honesta y genuina. Hoy, también con la música, me animé a entrar a un estudio con productores increíbles a grabar mis primeras tres canciones. Para mí es condensar todo lo que me gusta.
–En un rubro tan competitivo y saturado de tendencias como la moda, decidiste trazar tus propios límites. ¿Cómo se forjó ese carácter?
–El rubro de la moda y de las redes sociales a veces no es el más fácil: hay mucha competencia, muchas miradas puestas exclusivamente sobre tu cuerpo y mucha presión por encajar. Para mí fue fundamental entender desde chica que si no trazaba mis propios límites, alguien los iba a trazar por mí. Hoy hay una sobreinformación constante sobre lo que tenés que comprar, cómo tenés que vestirte y cómo tenés que ser. Mi ejercicio diario es hacer todo lo contrario: no por llevar la contra, sino por preguntarme seriamente: “Si esto no fuera tendencia, ¿lo usaría igual?”. Si algo no me interpela, miro para otro lado. Me ha tocado plantarme y dejar de colaborar con marcas muy importantes simplemente porque no iban con mis valores ni con mi esencia, porque al final del día, lo que me entusiasma es saber que tengo el control de mi propia vida. Decir que no también es una forma de construir tu libertad.
–Esa búsqueda creativa ahora se traduce en tu primer proyecto musical. ¿De qué se trata este debut?
–La música siempre estuvo en mi casa. Todos en mi familia tocan instrumentos, cantan y la música se respiraba a diario. El año pasado pasé por una etapa de reencontrarme conmigo misma, volví a agarrar la guitarra y empecé a escribir. La música tiene esa magia: te saca de cualquier plano, te conecta con emociones reales y te permite crear sin filtros. Este año me dije: “Me voy a animar a hacer lo que se me canta”. Me metí a un estudio con productores y artistas increíbles y grabé un EP de tres canciones. Son temas muy divertidos donde aprendí a no juzgarme tanto ni a ser tan autoexigente.
–En medio de este crecimiento profesional y personal, hace unos meses les tocó atravesar la partida de tu papá. ¿Cómo dialogás hoy con su recuerdo?
–Mi papá está en todo. Vive en mí, aparece en mis sueños todas las noches, en los bailes espontáneos de mi hermano Silvestre, en las ocurrencias desopilantes de Santino, en el lado izquierdo de la cama de mamá, en cada canción de Gustavo Cerati y hasta en la góndola de galletitas del supermercado. Cierro los ojos y puedo imaginar lo lindo que se sentían sus abrazos de oso. Él era un adulto con ojos de niño, todo lo veía distinto y con mucha ilusión. Su creatividad no se limitaba a lo profesional, era parte de su esencia. De chiquita me contaba cuentos fantasiosos que yo me creía y después repetía, como cuando me dijo que en un volcán había conocido a unos magos que le enseñaron el secreto para quitar el hipo. ¡Y cada vez que me daba hipo lo hacía y se me iba! Si tuviera que elegir la enseñanza más valiosa que me dejó, sin dudas sería la de divertirme, no tomarme todo tan en serio y reírme de mí misma, encontrarle siempre un costado lúdico a la vida. Hoy vuelvo a reconectar con él a través de las cartas que le escribo. Y cuando necesito un abrazo, me pongo su sweater gris de cashmere e imagino que todavía conserva su olor. Lo tengo siempre muy cerca y vuelvo a él.
–Los que lo conocieron recuerdan su carisma arrollador y su humor único. ¿Cuál es la anécdota que siempre te arranca una sonrisa?
–Cada vez que nos sentábamos todos a comer, la sobremesa se convertía en un repertorio de anécdotas que empezaban con un “¿Se acuerdan cuando papá…?”. Lamento decir que la gran mayoría son tan poco aptas para todo público que prefiero guardármelas.
–Tu vestidor y tu estilo son muy comentados por rescatar prendas vintage y tesoros familiares. ¿Cómo se arma ese archivo?
–¡No me imagino sin un vestidor a punto de estallar! Creo que hasta mudaría mi cama ahí dentro para solo soñar con tapados o zapatos. Además, es literalmente un archivo histórico de mi familia. Tengo pañuelos de mi papá, polleras de mi abuela paterna, enaguas de mi abuela materna y muchísima ropa de mamá, que es igual de acumuladora que yo. Me fascina ir a ferias americanas y buscar locales vintage. Cuando encuentro algo especial, se lo cuento a todo el mundo como si hubiese ganado un trofeo.
-En redes mostrás un universo visual muy curado. ¿Cómo es Jazmín cuando se apaga la cámara?
-Me gusta pensar mis redes como si fuesen mi pequeña boutique. Pero me parece sano desdibujar esa idea de que todo lo que se ve en una pantalla es perfecto. Cuando baja la persiana, la realidad es otra: cuando lloro me miro al espejo para agregarle un poco más de drama a la situación, me peleo en la calle con los conductores que no respetan la prioridad del peatón, y en mi casa lo más probable es que me encuentres usando una remera gigante con la cara de Bob Marley y un pantalón tres talles más grandes. Me apasiona salir a caminar por Buenos Aires, mirar las fachadas de las casas, los perros, escuchar discusiones ajenas en la calle... ¡Soy una observadora constante y una chusma encubierta!
–Cuando te mirás al espejo y repasás tu presente, ¿qué es lo que más te define?
–Mi sensibilidad. Durante mucho tiempo no supe valorarla, pero hoy me enorgullece porque entendí que es lo que me da la libertad de ser quien soy, de conectar con otros y de intentar vincularme siempre desde la empatía y la amabilidad. Tener el control de mi vida me hace sentir, en algún punto, invencible. Estoy muy agradecida por todo lo construido, por mi familia y por la relación hermosa que tengo con mi novio, Salvador Irusta. A veces voy escuchando música en la calle y pienso en todo lo vivido y en todo lo que me queda por vivir. No hay miedo, sino una ilusión enorme por el futuro. Mi vida es hoy, y con todo lo imperfecta que pueda ser, me gusta muchísimo.
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