La tolerancia y la parresía. El riesgo de decir la verdad
Vivimos en una época en la que se habla mucho y se escucha poco. Los debates públicos están llenos de consignas, de frases preparadas para las redes sociales y de afirmaciones tajantes que buscan el aplauso inmediato, de los propios, más que la comprensión de los demás.
En medio de este ruido, dos elementos esenciales, para la convivencia democrática, parecen haberse debilitado, la tolerancia y la valentía de decir la verdad. Ambas profundamente unidas. No puede existir una verdadera tolerancia sin dignidad intelectual ni puede sostenerse la verdad en la política sin la disposición a escuchar y respetar las opiniones de quienes discrepan.
Los antiguos griegos conocían bien esta dificultad. Para referirse al coraje de expresar lo que uno considera verdadero, incluso cuando hacerlo implica riesgos personales o políticos, empleaban una palabra singular, parresía. No se trataba simplemente de hablar con libertad, sino de hacerlo con sinceridad, asumiendo sus consecuencias. La parresía exigía valentía porque la verdad rara vez resulta agradable. Quien la pronuncia puede sufrir rechazo, incomprensión o incluso represalias. Sin embargo, los griegos entendían que sin ese coraje una sociedad termina dominada por la adulación, la mentira o el silencio.
La democracia necesita, hoy más que nunca, recuperar esa práctica. Resulta llamativo comprobar cómo muchos dirigentes políticos parecen incapaces de expresar con claridad lo que realmente piensan sobre los problemas que afectan a las personas. A menudo se refugian en discursos ambiguos o en estrategias de confrontación permanente porque consideran más rentable electoralmente diferenciarse que coincidir. Muchas veces sus discursos discrepan de sus prácticas cotidianas. Resulta penoso observar cómo algunos políticos critican la escuela concertada y llevan a sus hijos a un centro de enseñanza de esas características. El resultado es una política cada vez más teatral y menos útil, donde la apariencia de la discrepancia prevalece sobre la búsqueda de soluciones compartidas.
Sin embargo, la tolerancia comienza precisamente por reconocer que las personas que piensan de manera diferente no son necesariamente enemigos ni adversarios morales, puede que lo sean ideológicamente, pero nada más. Detrás de cada posición política suele existir una experiencia, una preocupación o una interpretación de la realidad que merece ser comprendida. Tolerar no significa renunciar a las propias convicciones. Tampoco implica aceptar cualquier idea como igualmente válida. Significa esforzarse por entender por qué el otro ha llegado a conclusiones distintas y reconocer que nuestra propia visión puede ser incompleta.
Este ejercicio de comprensión se hace cada vez más necesario. Con demasiada frecuencia se atribuyen al adversario intenciones perversas sin intentar analizar las razones que influyen en sus opiniones. Quien propone una determinada política educativa es acusado de querer destruir la escuela. Quien plantea una reforma en materia de vivienda es señalado como enemigo de determinados colectivos. Las etiquetas sustituyen a los argumentos y los prejuicios ocupan el lugar de la reflexión. Así, nos encontramos con una barrera insalvable para el diálogo.
La tolerancia exige una dosis considerable de sacrificio. Escuchar al otro supone admitir que nadie posee en exclusiva toda la verdad. Las sociedades democráticas avanzan precisamente porque permiten confrontar ideas diferentes para encontrar soluciones mejores. Los acuerdos no nacen de la unanimidad, sino de la capacidad para identificar objetivos comunes entre personas que mantienen convicciones distintas.
Resulta preocupante observar cómo el acuerdo se ha convertido en una señal de debilidad. Algunos dirigentes parecen temer más coincidir con sus adversarios que no acertar. La lógica de la polarización empuja a destacar las diferencias incluso cuando existen importantes puntos de encuentro, como es el tema de la vivienda con un diagnóstico de amplias coincidencias, pero con la incapacidad de buscar el acuerdo. Grandes desafíos actuales requieren, consensos, estabilidad institucional y una visión compartida de las soluciones a los problemas de las personas.
Algunos dirigentes parecen temer más coincidir con sus adversarios que no acertarLa vivienda constituye un buen ejemplo. En prácticamente todo el espectro político existe acuerdo en que el acceso a una vivienda digna se ha convertido en uno de los principales problemas sociales. Existe una coincidencia de que esta situación afecta especialmente a los jóvenes, aunque se olvida con frecuencia que con dicho problema conviven muchos inmigrantes. No es posible entender que con tan importantes coincidencias no haya posibilidad de encontrar soluciones compartidas.
Tal vez la parresía exigiría reconocer públicamente que ninguna óptica dispone por sí misma de todas las respuestas y que la complejidad del problema requiere planteamientos complementarios.
La importancia de la parresia implica decir la verdad, admitir que determinados problemas no tienen soluciones simples. Es necesario buscar un marco de pedagogía. Significa explicar a las personas los costes que pueden implicar ciertas decisiones, renunciar a las promesas imposibles y sustituirlas por propuestas realistas. También supone reconocer los méritos de las propuestas ajenas cuando contribuyen al bien común. Esta decencia puede ser políticamente arriesgada a corto plazo, pero fortalece la confianza pública y mejora la calidad de la democracia.
No debemos olvidar que la libertad depende en gran medida de la posibilidad de expresarse sin miedo y la discrepancia puede manifestarse sin hostilidad. Si lo que buscamos es el aplauso fácil de los seguidores propios, poco a poco desaparecen los matices, se reducen las posibilidades de acuerdo y aumenta la desconfianza entre personas e instituciones.
Conviene recordar que la verdadera fortaleza de una sociedad democrática no reside en la ausencia de conflictosLa tolerancia, además, no es únicamente un elemento de la política. Es también un planteamiento personal. Escuchar antes de responder, reconocer los propios errores y buscar puntos de encuentro son comportamientos que dan fuerza a la convivencia. La democracia no depende exclusivamente de las leyes o de las instituciones, depende, además, de los hábitos cívicos de quienes la integran.
Por eso conviene recordar que la verdadera fortaleza de una sociedad democrática no reside en la ausencia de conflictos, sino en su capacidad para gestionarlos mediante el diálogo, pues lo que resulta peligroso es la incapacidad para debatirlas de manera constructiva.
Hay que recuperar conjuntamente la tolerancia y la parresía. Es importante una sociedad con personas capaces de comprender las razones del otro sin renunciar a sus propias convicciones. Los dirigentes deben estar dispuestos a explicar con claridad los problemas. Necesitamos acuerdos que respondan a las necesidades reales de las personas en lugar de alimentar confrontaciones inútiles. La política no debe servir para derrotar al adversario, sino que debe ser el esfuerzo compartido por mejorar la vida del conjunto de la sociedad.
Cuando desaparece la tolerancia, la verdad encuentra cada vez más obstáculos para manifestarse. Sería importante que algunos tomen nota y legislen con sentido común, y otros muchos se indignen cuando vean una injusticia. Recuperar el valor de decir lo que pensamos y la generosidad de escuchar lo que piensan los demás constituye, quizás, uno de los desafíos más urgentes de nuestro tiempo. De ello dependen no solo la calidad de nuestro debate público, sino también la preservación de nuestra libertad y nuestra capacidad para construir un futuro común.
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