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Suplementos y complementos
Gacetas, Estafetas, Almanaques. De todas estas maneras se han llamado los que hoy conocemos como «suplementos culturales»: 'Gaceta Literaria' , 'Estafeta Literaria', los almanaques de Cruz y Raya…El más famoso en la España de finales del siglo XIX y principios del XX, los 'Lunes de El Imparcial' , fue origen de todos los demás, hasta llegar a este que tienes en papel entre tus manos, en tu portátil o en tu móvil.En el caso de los literarios no deberían llamarse suplementos, sino complementos, pues se dirían pensados para gentes, como decía Cervantes de sí mismo en el prólogo del Quijote, aficionadas «a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles». Escritos que completan nuestras lecturas, pasadas o por venir . Hay una palabra catalana con la que se refieren a esta clase de amantes de la literatura, en la que nos meten a muchos que no somos en absoluto lo que parece que somos. Pedro Álvarez de Miranda traza de ella en 'Medir las palabras' su genealogía. «Un hermoso catalanismo: letraherido», nos dice. En catalán, 'lletraferits', literalmente heridos por las letras, se refiere a quienes, afectados por ellas hasta ese extremo, parecen no ya heridos, sino moribundos. A uno, la verdad, la palabra le gusta menos que a mi amigo, quizá por lo que sugiere de patología, quizá por saberla un plagio del francés y conocer el sentido que le daba Montaigne (la utiliza en el capítulo de sus 'Ensayos' dedicado a ridiculizar la pedantería y a los petulantes, lánguidos y ondulantes, que quieren darse pisto con las lecturas). No se sabe cómo los catalanes le dieron la vuelta a Montaigne y lograron que 'lettreferits' acabara significando algo tan diferente. En Cataluña tiene un sesgo prestigioso. A uno, en cambio, no acaba de convencerle. Tampoco la palabra «exquisito», referida a cuestiones tipográficas y estéticas. No sólo por expuesta al contagio de la palabra «cursi». Le evoca a uno algo desagradable, como cuando vemos a alguien, a la hora de elogiar la «exquisitez» de una edición, abrir el libro, meter el hocico entre sus páginas y aspirar profundamente el olor del papel, tal y como haría un pervertido con una prenda íntima.La relación con la literatura ha de ser lo contrario de un desmayo. Al revés, conviene que sea una sacudida.La relación con la literatura ha de ser lo contrario de un desmayo. Al revés, conviene que sea una sacudida. Con razón decimos que la piedra de toque de un poema, de una novela o de cualquier escrito que valga la pena, es la emoción. Que nos conmueva. Y eso es exactamente la conmoción, un estremecimiento que nos arranca de donde estamos y nos lleva a otro lugar , transformándonos en el viaje y, con suerte, mejorándonos. De ahí que quien busca esos meneos intelectuales y estéticos en los papeles, rotos o por romper, y avivar la llama de su espíritu, despabilándolo, necesita un suplemento literario, como necesitamos los complementos vitamínicos . Para conocer la opinión que tengan personas juiciosas y de gustos aquilatados, para ponerse al día o por el mero placer de la lectura. La curiosidad es lo contrario de la indolencia, y los heridos por las letras o por lo que sea, lo que quieren es convalecer, la horizontal.Un suplemento literario ha de ser lo contrario: no dejar tranquilo, o sea, indiferente, a nadie, y ayudarle a ser libre, y a la larga a prescindir también de las asistencias y ponerlo en marcha, ponerle las pilas. No adoctrinar y hacer cautivos culturales, sino a cumplir el mandato kantiano : «atrévete a saber», atrévete a leer, atrévete a estar solo. Comprende uno que no es fácil, porque paradójicamente la curiosidad, que conlleva la inquietud, o sea, la ausencia de quietud, ha de combinarse con la atención y el sosiego. Leer conviene hacerlo sentado y en silencio, que es también una forma sutil de soledad.Y por último, este sueño, que le han dejado a uno cumplir aquí: hacer el elogio de los libros viejos . Los suplementos culturales, que se ocupan de tantas novedades, han de hablar también de libros viejos. Traer del olvido aquellos libros que revitalizan las a menudo exhaustas y trilladas ideas del momento. Que nos ayudan a mirar la realidad sin las legañas que crían los prejuicios y el pensamiento dominante. No es cierto que haya que dejar pasar diez años de su publicación para leer una novela (lo sostenía Ferlosio) ni que cien años hagan bueno un libro malo, pero qué duda cabe: nadie más actual, si resucita ( Chaves Nogales , por ejemplo). Y ese lugar, el de las resurrecciones, puede prefigurarlo a las mil maravillas un suplemento tan completo como este.
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