Clarin
06/11/2026 09:54

Parece que en EE.UU. ahora se evoca con nostalgia al mundo globalizado

No hace falta ser politólogo para saber que las elecciones legislativas del 3 de noviembre sólo le pusieron número a la mayoritaria vocación de cambio que hoy existe en los Estados Unidos.

Los votos reflejan el escaso margen de maniobra que le queda a Donald Trump para continuar su torpe ensayo de aislamiento económico; su manía de preservar inexplicable hostilidad política hacia quienes históricamente fueron los aliados más confiables de su país y su extraña relación pendular con Ucrania, Rusia y China.

A ello se agrega el rechazo popular a la feroz intolerancia político-social del gobierno y al modo de encarar tanto el gravísimo problema iraní como los poco claros objetivos de paz en el Medio Oriente.

Todos estos reflejos no ayudan a prever qué hará la Casa Blanca para salir del pantanoso cuadro que ofrece cada uno de los conflictos que Vladimir Putin armó con la Invasión de Ucrania y la peligrosa alianza del Kremlin con Irán, ni las acciones que directa o indirectamente generan las pesadas crisis energética y alimentaria que hoy agobian a casi todo el planeta.

A todo ello hay que agregar el irresponsable sacrificio de vidas humanas, los enormes destrozos de la infraestructura, la paralización de las fuentes de trabajo y la miseria que deben soportar las sociedades que se hallan en conflicto por decisiones de personajes que confunden su egolatría geoestratégica con patriotismo.

Como sostuve en anteriores columnas, el mundo se vuelve a topar, por tercera vez, en los últimos noventa y seis años, con los efectos de decisiones unilaterales adoptadas por distintos gobiernos estadounidenses que creyeron tener el derecho de desconocer o endosar sus obligaciones económicas.

Así nacieron la enmienda proteccionista llamada Smoot-Hawley que expandió la fulminante Crisis de 1930, y la suspensión de la convertibilidad del dólar dispuesta a piacere por el presidente Richard Nixon en 1971 (ver el origen de los Acuerdos del Museo Smithsonian).

Pero el problema no termina con lo que puede hacer o decir Trump. Las cosas dependen mucho más de cómo se podrán administrar los atributos del poder por parte de quienes sean electos para remplazar al gobierno saliente. Aquello que se invoca como “la herencia a recibir”.

Por lo pronto hay claros indicios de que dentro y fuera de los Estados Unidos hay especialistas que se dedican a pensar acerca del modelo que adoptará la potencia que decidió renegar formalmente del capitalismo liberal.

Para los especialistas es obvio que Washington devaluó hace rato el concepto de integración regional, como lo atestiguan las situaciones que llevaron a la ruptura de las negociaciones con Canadá y la compleja negociación con México, dos de sus cuatro mayores socios comerciales.

Gran parte de esos analistas, y de exponentes de la vida empresaria, son firmes partidarios de reconstruir y modernizar las instituciones del orden liberal, un enfoque que incluye pero no se limita a los instituciones multilaterales de la globalización (OMC, Fondo Monetario, etc) y de resucitar las otras argucias que hicieron viable la obstinada preservación de la democracia, de un más que respetable período de crecimiento económico y de una gigantesca expansión del comercio global (el que creció en casi 50 veces desde que nació, en 1947, el Sistema Multilateral que permitió concebir y promover la aplicación de disciplinas del intercambio o lo que el Secretario Cordell Hull bautizó como las reglas para el camino).

Al respecto, me parece útil editar un poco a quienes dicen, en estas crédulas Pampas, que el GATT fue un importante organismo multilateral. Habiendo sido parte activa de este juego en los últimos 38 años, me pregunto de dónde sacaron tan creativa afirmación.

El GATT fue apenas un acuerdo intergubernamental, que nunca se graduó de Organización Internacional de Comercio (International Trade Organization ó ITO) porque la muchachada de este primer eslabón regulatorio no logró consenso sobre el tema.

Esa distinción no es formal, debido a que el mecanismo de solución de diferencias del GATT no fue obligatorio, es decir no tuvo fuerza de aplicación o contractual (enforcement en inglés) como la que empezó a regir con la llegada de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en julio de 1995, a partir del Acuerdo de Marrakech. Ese GATT y la actual OECD decidieron adoptar sus decisiones como “acuerdos de caballeros” (gentlemen agreements).

Recién con la OMC las medidas comerciales quedaron sujetas en serio a derechos y obligaciones, porque quienes las retuercen, menoscaban o incumplen pueden ser forzados a reparar o compensar la erosión o violación de los compromisos de acceso al mercado o de los relevantes compromisos regulatorios.

El gran problema que afecta y dejó paticoja a la OMC desde hace más de cinco años, es la burda decisión estadounidense de sabotear el Órgano de Apelación (ODA), que es un escalón opcional pero valioso del Sistema de Solución de Diferencias.

Entre los buenos expertos que pasaron por el ODA vale la pena citar a James (Jim) Bacchus de los Estados Unidos, quien sigue haciendo docencia en distintos foros de Washington. O, con otra visión, mucho más detallada, la que nos propone Alan Wolff, ex director general alterno por Estados Unidos de la Secretaría de la OMC.

Estoy entre los que piensan que la labor destructiva de la Casa Blanca desde principios del Siglo XXI tiene arreglo debido a que, al menos por tanteo o manifestaciones privadas, casi todas las naciones que aportan el 87 por ciento del intercambio global (Estados Unidos origina el 13 por ciento de ese comercio) dicen estar dispuestas a reformar, actualizar y resucitar la totalidad de las actividades de la OMC.

¿Por qué no generar un serio debate acerca de las disciplinas que faltan para lidiar con los actuales problemas competitivos, para amortiguar de común acuerdo la oferta global que nos presenta China y poner orden en los ruinosos excesos de producción internacional?

Entre estas necesidades se halla el deber de disciplinar a los grandes rebeldes, para que todos juguemos a la economía social de mercado sin hacer trampas y sin ahogar la competitividad razonable. Recordemos que las cosas no salían del todo mal cuando estábamos dispuestos a rendir homenaje a una disciplina parecida a la regla de la ley (en este caso dentro del ámbito comercial).

Esa mayoría tendría que invitar a la Casa Blanca a corregir sus problemas internos elevando su bajo nivel de competitividad y a legislar con reglas equitativas.

Uno supone que, por algo, y a pesar de esta alocada situación de rebeldía, Washington sigue adelante con su condición de miembro de la OMC y acaba de ponerse al día con el pago de un notable retraso en sus aportes presupuestarios. Ahora le falta corregir su menú de violaciones a los compromisos adquiridos de política comercial, algunos de los cuales fueron resueltos por su propio sistema judicial.

Por supuesto, miembros como China, India y la Unión Europea también deberían hacer sus deberes y demostrar que realmente desean preservar, con la intención que fueron concebidas, una eventual versión ajustada de las disciplinas multilaterales.

En ningún caso uno puede dar por supuesto que la historia del Sistema Multilateral de Comercio estuvo exenta de travesuras y malas enseñanzas. Si deseamos genuino debate, y discutir con honestidad un nuevo contrato, tratemos de diferenciar la paja del trigo como si fuéramos intelectualmente adultos.

El pasado 16 de octubre Christina Freeland (Chrystia para todos), quien fue ministra de Hacienda, ministra de Asuntos Exteriores y vice primera ministra de Canadá (su prontuario también menciona la existencia de dos matrimonios y cuatro hijos), escribió en el Financial Times (FT) una breve reseña de otro libro de su autoría, en este caso dedicado a explicar las delicias de negociar en los tiempos que corren con los representantes de Estados Unidos.

Antes de su intenso pasar por la función pública Chrystia había ejercido la “molesta y salvaje profesión periodística” como editora del Financial Times (FT), del Globe and Mail (de Toronto) y de Thompson Reuters, además de hacer algunas changas en The Economist.

Huelga decir que Crystia (soy confianzudo) habla cinco idiomas, todos bastante comunes en su país por la elevada inmigración de rusos, ucranianos e italianos. A lo que se agrega el hecho de que Canadá es oficialmente bilingüe (inglés y francés, en realidad esa segunda lengua es la que utilizan los habitantes de la provincia de Quebec, quienes llaman a su dialecto québéques o québécois, un idioma que a los franceses europeos les cuesta entender).

En su nuevo libro, cuyo título es muy largo y resumiremos como “Un noviazgo desleal”, cuenta en detalle cómo fueron las recientes negociaciones de su país con Washington, hoy congeladas por decisión del primer ministro de Canadá, Mark Carney.

En su relato Chrystia sostiene que la cúpula de los hombres de negocio de los Estados Unidos, cuyos integrantes empezaron rindiéndole pleitesía a Trump (como se puede ver no sólo en la Argentina existe una permanente rotación de aplaudidores), empezaron a redescubrir los encantos de la globalización y los indeseables riesgos del populismo plutocrático o populismo de derecha (aclaración mía).

Estos referentes creyeron a pie juntillas la promesa de que Donald sería un entusiasta líder de la desgravación fiscal y un intrépido defensor de sus intereses ante el proteccionismo de la Unión Europea.

Uno de los que capitaneó la transición grupal es Jamie Dimon, el líder del banco JPMorgan, a quien se le atribuye gran olfato político y la iniciativa de sugerir, con bastante prudencia, un acercamiento con la Unión Europea, enfoque que se aparta radicalmente de la filosofía y las medidas que concibieron Trump y sus apóstoles.

Dimon habló de un acercamiento en forma de asociación, un arrime que se parece a las ideas de Barack Obama.

Ese sesgo cautivó a otros titanes de la banca y del manejo de capitales que comparten plenamente la mirada de Dimon, pero son de la camada que dice “animémonos y vayan”, ya que ellos no practican el arte de confrontar con el Poder Ejecutivo.

Históricamente las tres democracias principales del Atlántico Norte (Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea) fueron, con lógicas discrepancias de política comercial y fieros desacuerdos sobre los componentes del proteccionismo reglamentario, grandes aliadas. Trump hizo lo que le vino en mente para antagonizar con las aludidas democracias.

Un enfoque no muy distinto de algunos de estos temas, es el que sintetizó, el pasado 15 de octubre, tras una importante sesión del Consejo Europeo, la titular de la Comisión de la UE, Úrsula von der Leyen.

Ella presentó con lenguaje muy directo las actuales preocupaciones de su región por el gigantesco superávit de China en el intercambio bilateral, el que llega a casi 1.000 millones de euros diarios (360.000 millones de euros anuales).

Al ver este rompecabezas, uno se pregunta si no sería oportuno configurar una tregua de cinco años para solucionar con ideas racionales y prácticas cada uno de estos delirios. No lo llamen ronda negociadora y no me miren así. Cuando uno no sabe tiene que preguntar. Me consta que hay talentosos grupos de reflexión, pero hasta el momento son sólo eso: grupos con muy simpáticas intenciones.

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