Clarin
06/11/2026 17:28

Daniel Guebel, de la Rusia zarista al purgatorio argentino

En formato cercano al testimonio periodístico, esta vez el pródigo Daniel Guebel aborda la saga recogida por un sobrino –él mismo– que va hilvanando lo narrado por su tía Blanca: “una historia de muertos que arden en mi memoria, la belleza esquiva y atroz de los difuntos”. En Una historia familiar la odisea de sus personajes atraviesa territorios y excede el siglo, no sin penurias. Desde los sablazos cosacos en la Rusia zarista, pasando por los pogromos, las hambrunas y otras garras, el periplo incluye el paso (casi tregua, o purgatorio) por una Argentina árida y reconocible: de oro para el terrateniente, seca para el colono. Al cabo de tres generaciones, una parte del clan termina en los obesos Estados Unidos, contaminada por la prosperidad mediana, por esas pestes sociales que enloquecen.

Aun en la deriva de una desgracia tras otra, la voz que narra omite conmiseración y, en cambio, regala verosimilitud: entre esas piedras, brota la imperfección de lo que existe. Emerge, por ejemplo, el absurdo, una ironía melancólica, lo inexplicable, los locos irreales, los cuerdos obcecados e igual de incomprensibles. Entre todos ellos, la lealtad al calor de la misión colectiva: sobrevivir en movimiento y en comunión frente al exterior hostil, a veces desconocido. Esa red es permanente, irrompible, laica. Ni siquiera está condicionada por preceptos morales. Se diría que funciona cual contrapeso de un fracaso esparcido entre los protagonistas, donde no sobresale ninguna gloria personal. Sí, en cambio, el ascenso moderado: ese pequeño escalón burgués hacia algo impreciso pero deseable. Algunos miembros del clan lo dan, otros no. Los que lo dieron, ayudan. Nadie es abandonado.

Estas vidas no ejemplares profesan el credo de la asistencia mutua pero no la práctica religiosa; la fe, un dios, no parecen integrar el elenco de sus preocupaciones (peor aún: uno de ellos se asume socialista). En cualquier caso, en la Europa oscura de la preguerra, el gran Yahvé castigador no los trató peor ni mejor que a otros pares errantes, a lo largo del mismo camino de espinas, de sacrificio continuado.

“Esta historia tenía que escribirse en el tono dominante de la voz de Blanca. Una voz que enseña que hay cosas que se dicen de verdad cuando se las cuenta como si no se las entendiera del todo”, dice el omnívoro Guebel, que en esta prosa es cazador selectivo; descarta lo accesorio, esquiva consideraciones y adjetivos. Desde el hecho puro y duro –desarraigo, enfermedad, matrimonio, nacimientos– sus personajes brillan en la aspereza. Aquí sus páginas son, si se quiere, el triunfo de la austeridad. El encanto subjetivo de quienes las habitan integra aquello “que no se entiende del todo”: casos inviables como modelo o explícita anomalía, demasiado humanos. El devenir gira en torno del acontecimiento ínfimo pero reverberante (un engaño, un antojo obsesivo, una mentira, una traición, un auxilio) de donde brota el fantasma, el alma misteriosa de las personas y las cosas.

La novela abre con epígrafe –“el simple acto de morir es ya ofrenda de sacrificio”– de Isaac Bashevis Singer, el Nobel que escribía en yidis, especialista en muertes, ánimas y migraciones. Aunque, precisamente, Daniel Guebel no escribe acerca de muertos sino a partir de ellos: a su tía Blanca le prometió no publicar mientras los protagonistas viviesen. Así, hoy nacen estas vidas que mientras leemos se suman a las nuestras, a la implacable sombra terminal de existir.

“Yo creía que ibas a contar la historia de mi padre y a vos te importó más el infeliz de mi cuñado”, le dijo su tía al autor, al leer el primer manuscrito de esta novela (lo cuenta él en el prólogo). Y esos beautiful losers son los que desatan mayor complicidad. Ese infeliz cuñado, por caso, evoca algo propio, algo presente y vivo en uno, lector. Este aspecto es parte clave del hallazgo de Guebel: la familia cuyos pasos y traspiés recorre es verazmente rugosa, desesperadamente carnal; un concentrado de la naturaleza humana.

Una historia familiar, Daniel Guebel. Penguin Random House, 368 págs.

Gabriel Sánchez Sorondo

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