Clarin
06/11/2026 17:51

De las catacumbas al renacimiento de la carrera de Letras

¿Eso también era estudiar?, se pregunta la crítica e investigadora Graciela Montaldo en el ensayo que abre el volumen Literatura, saber y deseo. Relatos de formación entre la clandestinidad y la democracia. Publicado por Tenemos las máquinas, resulta un aporte necesario y fascinante de los modos de iniciación a las letras, la vida cultural y las posiciones intelectuales que definirían los años posteriores a un período tan atravesado por amenazas y censuras como por resistencias y expectativas.

Sus dedicados editores, Julieta Mortati y Edgardo Dieleke, también autor del prólogo, convocaron a diecisiete protagonistas de lo que fue el campo de la crítica literaria y cultural en la Argentina desde los años oscuros de la dictadura cívico militar iniciada en 1976 hasta los gloriosos primeros años que siguieron al retorno de la democracia en 1983. Dicho en otros términos: desde los grupos de estudio semiclandestinos conocidos como “la universidad de las catacumbas” a la reconstrucción de la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires impulsada por un conjunto brillante de intelectuales que habían estado prohibidos o exilados.

Entre el memorialismo y la autobiografía, Literatura, saber y deseo arma un mapa a la vez intelectual y afectivo en el que se distinguen dos tiempos contrastantes pero igualmente intensos. En el primero, están Montaldo, Gabriela Nouzeilles, Isabel Stratta, Alan Pauls, Renata Rocco-Cuzzi, Adriana Rodríguez Pérsico, Nora Domínguez, Daniel Link y Pablo Alabarces asistiendo a los cursos privados de Josefina Ludmer, Beatriz Sarlo o Ricardo Piglia, ya reconocibles como los grandes intelectuales del último cuarto del siglo, para descubrir con ellos la teoría literaria (el formalismo ruso, Roland Barthes) y aprender una literatura argentina diferente (de Sarmiento a Walsh) a la que se enseñaba en una Facultad donde solo encontraban silenciamientos y mediocridad.

En el segundo tiempo, el de la posdictadura, Florencia Garramuño, Pablo Ansolabehere, Gonzalo Aguilar, Álvaro Fernández Bravo, Claudia Torre, David Oubiña, Adriana Amante y yo misma estamos en las aulas del edificio conocido como Marcelo T., debido al nombre de la calle en la que estaba, viviendo exultantes la entrada a la universidad pública, y ya de nuevo gratuita, de esas mismas figuras que, junto con otras grandes como David Viñas, Nicolás Rosa, Noé Jitrik, Ramón Alcalde o Beatriz Lavandera, estuvieron al frente de las cátedras que también integraron quienes habían sido sus alumnos en los grupos clandestinos. Y eso también fue estudiar.

Algunos recuerdos van y vienen, circulan a veces iguales, a veces levemente distintos. Un ejemplo: ellos y ellas en 1978 subiendo o bajando de a uno o de a dos el ascensor para que nadie sospeche que van al departamento de Josefina Ludmer a leer libros de teoría literaria; y el detalle: el departamento estaba a media cuadra del Batallón de Inteligencia 601. Otro: varios de ellos creando en 1980 una revista de crítica literaria, porque leer implicaba también preguntarse, en palabras de Alan Pauls, por entonces un chico apenas salido del colegio, “cómo pasar a la escritura”. Y otro más: el profesor Enrique Pezzoni, el mismo que había sido amigo de Victoria Ocampo y había escrito en Sur, leyendo en 1984 en voz alta, ante cientos de estudiantes, los versos de César Vallejo: “Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé!”.

Algunos recuerdos, en cambio, son personales. Elijo uno: Graciela Montaldo cuenta que ella y Sergio Chejfec, quien se convertiría pocos años después en uno de nuestros escritores preferidos, tenían que leer para las clases de Sarlo un artículo del formalismo ruso cuya única versión disponible estaba en italiano, y como no lo entendían, les habían conseguido una traducción oral hecha especialmente por otro escritor, Roberto Raschella, cuya voz escuchaban por primera vez en un grabador básico mientras subrayaban la fotocopia. Pero hay más. Si Gabriela Nouzeilles comparte un flashback de la represión en una toma de la Facultad en dictadura, Alabarces comparte el regocijo rebelde de la constitución del primer Centro de Estudiantes y Rodríguez Pérsico el ingreso como docentes acompañando a los maestros.

Y si Isabel Stratta recrea con minuciosidad los cursos privados con Ricardo Piglia, igual que Renata Roco-Cuzzi, Daniel Link recupera “los sábados de súper acción” en el estudio de Beatriz Sarlo, cuyos sábados, ya en Filo, con clases de literatura argentina del siglo XX serán a su vez recordados por varios de los más jóvenes, que se amuchaban en la enorme aula con ese deslumbramiento que describe Pablo Ansolabehere. Porque en esos años nuevos, los de “el regreso de las ilusiones”, según titula Gonzalo Aguilar a su ensayo, se leía y estudiaba “con fervor demencial”, como dice Claudia Torre. Y porque, como sintetiza Nora Domínguez, que vivió los dos tiempos antes de convertirse en una de las fundadoras de los estudios literarios de género en la Facultad, “había una enorme calentura, un aire fundacional maravilloso”.

Los años de formación, para quienes seguimos la carrera de la docencia universitaria y la investigación, fueron, ya sea con el miedo en la dictadura, ya sea con la efervescencia de la democracia, también los años de formación de la biblioteca personal y del estilo propio, de la comunidad intelectual y de las afinidades electivas, los años en los que se cambió para siempre la forma de leer, pensar, escribir. Todo eso nos entrega Literatura, saber y deseo, solo que, notablemente, no lo hace por la vía previsible de la investigación ni de la lectura crítica y tampoco por medio del análisis histórico o sociológico.

En cambio, es a partir de testimonios y experiencias que reconstruye una parte fundamental de nuestra historia cultural e institucional. Parafraseando a Gonzalo Aguilar cuando se refiere a la figura imponente de Viñas que lo impresionó al conocerlo: es como si en estos ensayos el pensamiento de la crítica se hubiera materializado en unos cuerpos que fueron atravesados por vivencias muy diferentes en su iniciación a la literatura pero con igual deseo. Yo misma, cuando escribí al final de mi ensayo la frase “Pura pasión”, no me referí al libro de Annie Ernaux que revive lo que siente una mujer madura por su joven amante, sino que aludí a las frases de Josefina Ludmer, las mismas que tan vívidamente evoca en su relato Florencia Garramuño, para describir lo que puede llegar a sentirse por la literatura al hacer crítica literaria.

En definitiva: ¿eso, todo eso, era entonces también estudiar? La pregunta se volvió a hacer patente en la presentación del libro en un aula de Filo, en Puan, la calle en la que está hoy. Allí, mientras cada uno de nosotros leía un pasaje de su ensayo, el mapa del pasado se completó en el presente. Lo pudo completar cada uno de los y las estudiantes que, después de la clase teórica de Literatura Argentina del siglo XIX que habíamos dado ahí mismo, se quedaron para escuchar, para conocer, para volver a pensar qué significa estudiar, qué significa estudiar literatura hoy en la universidad orgullosamente pública y gratuita en la Argentina, la que queremos sostener y defendemos: literatura, saber y deseo.

Literatura, saber y deseo. Relatos de formación entre clandestinidad y democracia, AA.VV. Editorial Tenemos las máquinas.

Alejandra Laera

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