La cultura de la mentira, un peligro para la salud de la República
Los efectos de la llegada de los libertarios al poder en varios países con Donald Trump a la cabeza han sido, por una parte, una clara fractura de las sociedades en dos porciones irreconciliables; por otra, la elección de un enemigo que hace las veces de un “chivo expiatorio”.
La ideología “anarcocapitalista” en la que se sustenta esta construcción toma como base la destrucción del Estado. Se pasa por encima de la Constitución, que es el elemento fundamental de un Estado republicano de derecho. Estamos frente a una nueva modalidad de populismo en el que la demagogia y la mentira como instrumentos de gobierno son monedas corrientes.
Tomemos por caso lo ocurrido con las recientes elecciones en Brasil. Allí se enfrentaban los dos polos: Lula da Silva versus Flavio Bolsonaro. El vecino país elige al presidente a través de una doble vuelta electoral (balotaje). En la primera vuelta triunfó el senador Bolsonaro. En la segunda resultó ganador el presidente en ejercicio. Ello así, se lanzó una campaña destinada a desacreditar el resultado de los comicios. Asimismo, Bolsonaro, luego de declarar que no reconocía el triunfo de Lula, se fugó a Estados Unidos. La Argentina confirmó que Bolsonaro huyó del país hacia la Argentina. Desde allí, continuó viaje hacia Ecuador acompañado por su esposa y sus dos hijas. El senador y su familia habrían recibido visados de EE.UU., concedidos por el gobierno del presidente Trump. La huida de Bolsonaro podría agravar aún más las ya deterioradas relaciones diplomáticas entre Brasil y la Argentina, que se han resentido por las declaraciones realizadas por el presidente argentino durante la reciente carrera electoral hacia la presidencia. Milei viajó a Brasil para participar en actos de campaña de Bolsonaro y, en territorio brasileño, llamó al presidente Lula “ladrón”, “expresidiario” y “delincuente”. Luego, Brasil comunicó la retirada de su embajador en Buenos Aires y decidió no enviar uno nuevo, rebajando de facto las relaciones diplomáticas entre ambos países. El gobierno argentino se negó inicialmente a reconocer la victoria de Lula en las elecciones. El portavoz de la presidencia argentina, Adrián Ravier, afirmó que el Ejecutivo tomó nota del resultado electoral y señaló que Lula tampoco felicitó a Milei tras la victoria del argentino en 2023. La fuga de Bolsonaro se produjo a pesar de que el ministro del Supremo Tribunal Federal, Alexandre de Moraes, había prohibido al senador abandonar el país y le había ordenado entregar sus pasaportes, en el marco de una investigación penal sobre su presunta participación en una trama de blanqueo de capitales. Bolsonaro no entregó los pasaportes y los documentos fueron cancelados por la Policía Federal. El gobierno de Milei negó “enérgicamente” que Flavio Bolsonaro hubiera entrado en la Argentina. Las autoridades migratorias también afirmaron que no existía ningún registro de su ingreso al país.
Más allá de este desgraciado episodio, el presidente argentino se ha caracterizado por la utilización de un lenguaje soez y descalificatorio contra todo aquel que se manifiesta con críticas a su acción de gobierno. Han sido blanco de sus acusaciones periodistas, magistrados y comunicadores. Milei ha sostenido que su objetivo es garantizar “la libertad”, que define como “el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión”. Sin embargo, no respeta a quienes piensan y sienten de manera diferente a él y ha basado su accionar en un discurso de odio contra quienes discrepan, particularmente contra el periodismo. La democracia no exige que el presidente mantenga una relación complaciente con la prensa, pero sí que respete el derecho de los periodistas a cuestionarlo y el de los ciudadanos a recibir información plural. Hay que impedir que la hostilidad contra la prensa se naturalice como una herramienta de gobierno, sin otra justificación que el odio.
El Presidente no se cansa de decir que el 95% de los periodistas son corruptos y ha utilizado reiteradamente insultos, descalificaciones y expresiones deshumanizantes contra periodistas, tanto varones como mujeres. Entre ellas, los ha calificado de “mandriles”, “ratas”, “cerdos”, “basura humana”, “simios con micrófono”, “mierda humana”, “corruptos ensobrados” y “sicarios del micrófono”.
Con sus actitudes, Milei invita a atacar aquello que se odia sin cargo de conciencia, porque lo representa como algo descartable que debe eliminarse, como una rata o la basura. Todo ello remite a mecanismos que han justificado los genocidios a lo largo de la historia, ya que les quitan peso moral a los ataques contra las personas odiadas y habilitan a quienes creen estar haciendo justicia al agredir aquello que consideran necesario eliminar.
En un discurso pronunciado el 23 de octubre último, en la cena anual de la Fundación Faro. arremetió contra un grupo de periodistas por la cobertura que realizaron de una investigación judicial vinculada con la criptomoneda $LIBRA. En esa causa, la resolución judicial que absolvió al Presidente y a su hermana no se corresponde, según quien esto escribe, con lo que debería ser una debida actuación de los tribunales en la investigación del caso.
Al referirse a los periodistas que cubrieron la causa, consideró que correspondía “enviarlos a una hoguera”. E identificó públicamente a los periodistas que deberían ser quemados: Hugo Alconada Mon, Carlos Pagni, Paulino Rodríguez, Natalia Volosín y Luis Novaresio.
Cabe recordar que la primera enmienda de la Constitución de EE.UU., adoptada el 15 de diciembre de 1791 le prohíbe al Congreso de EE.UU. aprobar leyes que interfieran con cinco libertades fundamentales. Entre ellas: la libertad de expresión, que protege el derecho de los ciudadanos a expresar ideas, opiniones y críticas sin temor a represalias o censura del gobierno. La libertad de prensa garantiza que los medios de comunicación y los periodistas puedan informar e investigar asuntos de interés público sin control ni censura estatal.
Nuestra ley fundamental trata la cuestión en varios artículos claves que prohíben la censura previa y las restricciones del Congreso a la imprenta. Entre ellos, el artículo 14 establece que todos los habitantes del país gozan del derecho “de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa”, conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio. Sin el goce de este derecho desaparece la República.
Profesor titular y director de la Maestría en Derecho Constitucional (UBA)
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