Matthew Perry y la soledad del éxito
La serie documental El de Matthew Perry, en realidad, se podría haber titulado El fracaso del éxito. El recorrido sobre el actor que alcanzó la fama más colosal con su personaje de Chandler Bing en Friends se ha estrenado en Netflix con tres capítulos y con la obsesión de la plataforma de retener la atención del público reduciendo vidas completas y complejas al drama subrayado con música de tensión de fondo. Desde el minuto uno, no vaya a ser que el público se esfume.
Hay una mirada condescendiente cuando se piensa que la audiencia solo se queda concentrada frente a una historia si el morbo arrasa con todo lo demás. Pero Matthew Perry fue justo la antítesis de la entonación de un true crime básico: representa los momentos felices de una generación de espectadores a nivel mundial que todavía estaba a tiempo de comerse el mundo y que se sentía reflejada en los quehaceres de aprendices de la vida adulta de Rachel Green, Monica Geller, Phoebe Buffay, Joey Tribbiani, Chandler Bing y Ross Geller. Por eso mismo, revisitan la serie una y otra vez. Friends les devuelve a un tiempo más despreocupado e ilusionante.
Pero ningún actor compañero de Friends ha querido participar en esta producción. Un hecho que habla de la solida pandilla que construyeron. Hay lealtades que sobreviven a la muerte. Saben cuando estar. Y cuando no.
Lo que también provoca que el documental se quede cojo de anécdotas que sirvieran para explicar mejor todo lo que aportaba la personalidad de Matthew Perry a Chandler. El actor era pegamento del grupo con su papel protagonista que, en cambio, socialmente no siempre era tan protagonista, detalle que puede desubicar al ego excitado por una fama tan acaparadora que lleva a, inevitablemente, terminar comparándose con los demás.
Ahí es donde está lo realmente interesante del documental: cómo la fama gigante te puede acabar dejando con una asfixiante sensación de soledad. Ni siquiera llegando a lo más alto de la televisión hecha en Hollywood uno rubrica un "objetivo cumplido". La hermana de Perry explica cómo confiaron que el reconocimiento del triunfo profesional solucionara todos las vulnerabilidades del actor. Mentira. El éxito es tan impostor que puede asfixiar igualmente. La competitividad con tu propia trayectoria y la necesidad de sorprender la validación ajena puede dejarte perdido hasta ser incapaz de tomar buenas decisiones. Ni siquiera permite disfrutar del momento estelar. Incluso es fácil atraer como un imán a los aprovechados que solo se acercan por tu dinero. Y nada más. Es lo que mejor ahonda el documental en el que conmociona constatar cómo Perry intentaba desintoxicarse entre temporada y temporada del rodaje de Friends, enfrentando nuestro recuerdo mitificado con las crudezas del crecer.
Imaginamos la popularidad gigante en chalets repletos de fiestas y amigos que no te dejan caer, pero, cuando se apagan los focos, el choque entre la congregación del aplauso y el desamparo de tu habitación es aplastantemente perverso. Perry lo sufrió. Perry cayó en la irrealidad del alcohol y las sustancias que le vendieron como refugio y que solo son una cárcel. Para él, sin salida. El éxito es un mareador y a Perry le engulló. Hasta nublar la capacidad de celebrar el hito que logró. Que no se borre ahora de nuestra mirada: su carisma actoral fue clave para que brillara con más cercanía la sitcom de más influencia de todos los tiempos. Lo fue gracias a las risas que nos unen. Y nos salvan. Porque nos relativizan. Perry lo consiguió con Chandler, más que consigo mismo.
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