El éxtasis de la caja fuerte
Es un trueno entre las hojas paraguayas que vuelve a tramar la política como búsqueda del tesoro, como isla atracada por una banda desenfrenada. Esa pandilla con carnet, liderada por el ahora expresidente Santiago Peña, pinta un fresco tenebroso de la voluntad de poder en tantas latitudes, configurada por la avaricia, la ineficiencia y la debacle económica de millones.
Yo el Supremo es un líder que convierte a todo el Estado en una caja fuerte personal. En Paraguay, en Argentina y en tantas latitudes hemos padecido esa usurpación del dinero y del esfuerzo de todos.
“Una tierra asolada por la corrupción puede quedar viuda de sus hombres eminentes, mientras los mediocres, impostores, malhechores y ladrones de alto copete se multiplican con notable encarnizamiento”.
Augusto Roa Bastos convirtió su pluma en una daga para escribir sobre piedra las cicatrices de la impudicia en el poder. No importa lo que diga el Supremo codicioso, sino lo que roba.
Peña se autodesignaba liberal y racional. Y además, curiosidades del narcisismo, se creía un hombre literalmente hermoso, y en cámaras cuidaba su perfil cual si fuera un galán guaraní de telenovela filmada en el lago de Ypacaraí en una noche hermosa de plenilunio.
Este cronista lo tuvo en una oportunidad a su lado y frente a cámaras, y el ahora ex primer magistrado cuidaba su perfil como un Arnaldo André presidencial. Pero Arnaldo sí es galán, y es honesto.
La corrupción latinoamericana no respeta fronteras ni ideologías. Es la única integración regional que de verdad funcionó. El Mercosur de la avaricia tiene arancel cero, libre circulación de valijas y un tribunal de controversias que jamás sesiona.
Cambian los himnos, los colores partidarios, las palabras sagradas: pueblo, mercado, revolución, libertad. Lo que no cambia es la mano. Siempre la misma mano, metida siempre en el mismo bolsillo. El nuestro.
Izquierdas y derechas se acusan con furia sobre el escenario y comparten camarín. Unos roban en nombre de los pobres. Otros, en nombre de la eficiencia. Los pobres siguen pobres y la eficiencia nunca llega. Lo único que se cumple con puntualidad suiza es el engaño.
No todos son corruptos desde luego, pero lo son demasiados. El sistema se abisma en sus agujeros negros con terminales en mesas de dinero de cajeros que se erotizan con dólares, como los contaban de a centenares de miles, con dedos ávidos aquí en la Rosadita argentina. No contaban los billetes, los acariciaban.
No es la democracia la que fracasa.
Es la representación la que se pudre en buena medida. La democracia no es la caja fuerte. Es la cerradura. La que abre la puerta blindada de los tesoros robados, y exhibe la impudicia de los impúdicos.
En Asunción el botín se esfumó detrás de las pantallas engañosas del Banco Ueno.
Aquí viajaba en bolsos volando sobre conventos. Cambia el envoltorio no la defraudación.
Peña acusó a los periodistas de “terroristas financieros” cuando comenzaron a indagar las irregularidades del Banco Ueno, del que él era el alma mater.
No es necesario explicitar las comparaciones.
Las palabras sufrieron su propia devaluación. Inversión quiere decir comisión. Fideicomiso quiere decir escondite. Modernización quiere decir una App que abre las puertas de la cueva de Ali Babá. Y transparencia, es apenas el vidrio a través del cual se ve, con toda nitidez, cómo se llevan lo que es de todos.
Nuestros caudillos de antaño posaban a caballo para el bronce. Los de ahora posan de perfil para la cámara. Antes la estatua venía después de la muerte. Ahora la selfie viene antes del saqueo.
En la política de la caja fuerte no hay lealtades, hay socios. El mismo padrino que le anudó a Peña la pañoleta colorada hoy le ajusta el nudo. Y los socios, ya se sabe, se reparten el botín o se reparten la culpa.
Ahora en Paraguay, millones sienten que lo perdieron todo. No lo perdieron, en rigor, se lo arrebató una pandilla hipócrita que desvalijó a muchedumbres de “almas paraguayas en pena”, como escribió Roa.
Los mercados, las cancillerías y buena parte de su pueblo necesitaban creer en el tecnócrata de modales finos que venía a modernizarlo todo. Se creyó lo que se deseaba creer. La realidad, siempre más lenta que el deseo, llegó tarde. Pero llegó con la cuenta.
En las vísperas mismas de la llegada del Pontífice a la Argentina, los bronces del Cono Sur tañen las desdichas de la corrupción desatada. ¿Por quién doblan las campanas? Por los condenados de las tierras usurpadas por los codiciosos.
Y mientras tanto, nuestro primer magistrado en Argentina deambula tras la derrota de su referencia aliada en el Norte, un desbarajuste que mina toda seguridad.
Quien construye su estabilidad sobre el bolsillo ajeno descubre, quizás tarde, que el bolsillo tiene dueño, y que el dueño también rinde cuentas. La soberanía también es una cuestión de bolsillo.
Ningún país es una isla, aunque el Paraguay ha sido siempre una isla rodeada de tierra. Las campanas que doblan en Asunción se oyen en Buenos Aires, en Lima, en Caracas, en Brasilia.
La corrupción no es un desvío del poder. Es su tentación permanente.
El Supremo pasa.
La caja fuerte permanece.
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