Entender y ejercer la 4T
TÚ DECIDES
Hay políticos que entienden el poder como un privilegio. Otros lo conciben como una oportunidad para trascender. Y hay quienes encuentran en él una extraordinaria responsabilidad: servir a los demás.
La historia de Rosi Wong, presidenta municipal de Tecámac, Estado de México, permite reflexionar sobre esta última manera de entender la política.
Rosi pertenece a esa generación de mujeres que aprendieron que nada se consigue sin esfuerzo, que el trabajo dignifica y que la cercanía con las personas es mucho más que una estrategia de comunicación.
De origen sencillo y con una visión muy humana y de grandes horizontes, ha construido una trayectoria que combina experiencia de vida, sensibilidad social y una particular vocación de servicio.
Hay algo que distingue su manera de relacionarse con las personas: no solamente parece entender sus problemas, sino que transmite un afecto genuino por ellas. Y esa diferencia, aparentemente pequeña, puede resultar enorme cuando se ejerce una responsabilidad pública.
Porque una cosa es conocer las necesidades de la población desde un escritorio y otra muy distinta es escuchar a las personas, mirarlas a los ojos, acompañarlas y comprometerse con sus preocupaciones.
A sus más de siete décadas de vida, Rosi mantiene una intensa agenda de trabajo. Su presencia en las comunidades y su interés por mantener contacto directo con los ciudadanos forman parte de su estilo de gobierno.
Su administración se inscribe en los principios de la Cuarta Transformación, particularmente en la prioridad otorgada al bienestar social, la cercanía con la población y la atención a quienes enfrentan mayores dificultades.
Pero más allá de las definiciones políticas, lo verdaderamente importante es que esos principios se traduzcan en hechos concretos. En Tecámac, la seguridad pública, la infraestructura y los programas sociales ocupan un lugar central en las prioridades presupuestales.
El municipio cuenta con la policía mejor pagada del estado, así como la mejor infraestructura hidráulica y la más variada gama de programas de apoyo social del estado.
Toda administración debe someter sus resultados al escrutinio ciudadano. Los anuncios, las inversiones y las obras tienen que evaluarse por su impacto real en la vida de las personas y es precisamente ahí donde el gobierno de Rosi impactado en el buen ánimo de la gente, porque ha logrado que las buenas intenciones se conviertan en resultados verificables y duraderos.
Pero hay otro aspecto de Rosi Wong que me parece especialmente interesante. Durante veinte años fue sobrecargo de Mexicana de Aviación. Conoció países, personas, culturas y maneras diferentes de entender el mundo. Aprendió una profesión en la que servir, resolver problemas, mantener la serenidad y cuidar a los demás forman parte de las responsabilidades cotidianas.
En tiempos en los que la política suele asociarse con confrontaciones, ambiciones personales y luchas por el poder, vale la pena detenerse a reflexionar sobre el valor de la sensibilidad humana en el ejercicio del gobierno.
La honestidad no debe ser una consigna, sino una conducta comprobable. La transparencia no puede reducirse a un discurso. Y la cercanía con la gente debe expresarse en decisiones, servicios y soluciones.
Esos son los parámetros con los que debe juzgarse a cualquier autoridad, independientemente del partido al que pertenezca.
La trayectoria de Rosi Wong ofrece una oportunidad para reflexionar sobre el tipo de liderazgo que necesitan los municipios mexicanos: autoridades que conozcan su territorio, escuchen a sus habitantes, administren responsablemente los recursos y no pierdan de vista que detrás de cada decisión pública hay personas de carne y hueso.
Al final, los cargos pasan, los periodos de gobierno terminan y los reflectores se apagan.
Lo que permanece es aquello que se hizo por los demás.
Rosi Wong conoce los cielos y sabe bien que hoy su responsabilidad está en la tierra, entre las calles, las colonias, los pueblos y las familias de Tecámac. Quizá la lección más importante de su historia sea precisamente esa: la verdadera grandeza de quien gobierna no está en qué tan alto llega, sino en cuánto bien es capaz de hacer desde el lugar que ocupa.
Porque el poder alcanza su mayor sentido cuando deja de ser un fin y se convierte en una oportunidad de servir.
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