Que el océano esté en el centro de la COP31
Por Peter Thomson, Project Syndicate.
MELBOURNE- Los países insulares del Pacífico llevan más de treinta años lanzando la misma advertencia en cada Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático: el calentamiento de los océanos es una amenaza no sólo para la seguridad alimentaria y energética, sino también para la supervivencia global. Y año tras año, nuestra advertencia se ha considerado casi siempre un problema regional, un desafío confinado en islitas remotas, y que por tanto sólo merece promesas vanas de la dirigencia internacional.
Ojalá pudiera decir que estábamos equivocados. Por el contrario, la destrucción que el cambio climático está causando ante nuestros ojos, potenciada por El Niño y por temperaturas oceánicas récord, es la prueba de que esta crisis no se detiene en la costa.
La subida de los mares está devorando tierras de cultivo fértiles, desplazando comunidades y aumentando los costos de los seguros para las familias. El calentamiento oceánico pone en riesgo las redes eléctricas y los puertos de los que dependen la economía mundial y las cadenas de suministro globales. En el Ártico, el 60 % de la infraestructura costera (usada en gran parte para actividades de seguridad críticas) se ha vuelto vulnerable a la erosión. En 2024, el Mediterráneo y el mar Negro (importantes nodos de pesca y acuicultura que cada año generan 21,500 millones de dólares en ingresos directos e indirectos) sufrieron olas de calor marinas con temperaturas casi 5 °C por encima de lo normal, con los consiguientes temores en materia de seguridad alimentaria.
Otro factor que se suele pasar por alto es el papel del océano como principal sumidero de carbono y calor del planeta, ya que absorbe el 30 % de las emisiones de CO2 (tanto como todos los bosques) y captura el 90 % del exceso de calor generado por esas emisiones. Pero paga un precio por ello: los ecosistemas más sensibles al calor se encuentran bajo el agua, y cada fracción de grado de calentamiento global por encima del objetivo de 1.5 °C establecido por el Acuerdo de París aumenta su destrucción. Suponiendo un calentamiento de 2 °C, las pérdidas acumuladas de aquí a 2050 como resultado de desastres relacionados con el océano pueden alcanzar los 56 mil millones de dólares; esto revela los límites de las medidas de adaptación y la necesidad urgente de mantener el calentamiento lo más cerca posible de 1.5 °C.
No son problemas insignificantes. Implican importantes riesgos económicos y de seguridad globales. Y tienen derivaciones existenciales para los países insulares del Pacífico: cumplir el límite de 1.5 °C es una cuestión de supervivencia; por eso luchamos tanto por conseguir el Acuerdo de París y (en los años transcurridos desde entonces) para mantenernos lo más cerca posible de la meta fijada.
La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático celebrada el año pasado en Belém (Brasil) puso los bosques en el centro de la agenda climática. Su sucesora (COP31) que tendrá lugar este mes en Antalya (Turquía) puede hacer lo mismo para el océano. La idea de centrar la acción climática en los océanos tiene amplio respaldo político: más de cien países firmaron una carta que declara que el océano es una parte fundamental del Acuerdo de París y debe ser tratado como tal en la COP31.
En la práctica, esto implica que los negociadores deben dar al océano un lugar destacado en los debates sobre la reducción de emisiones, la creación de resiliencia y la financiación climática. Además, el próximo balance mundial debería tener en cuenta los últimos avances en ciencia oceánica; esto añadiría un nivel de rendición de cuentas a la acción climática, al establecer compromisos relacionados con el océano, con obligación para los países de informar sobre su cumplimiento y criterios para su evaluación.
Todos los países costeros deberían sumarse al Desafío Blue NDC, un grupo de gobiernos comprometidos con alcanzar sus objetivos climáticos nacionales apelando a soluciones basadas en el océano. El océano puede ayudar a acelerar la transición energética, mediante la transformación verde de los puertos y del transporte marítimo y el desarrollo de energías renovables marinas. Por supuesto, hay un elefante en la habitación: la industria gaspetrolera. Un abandono rápido de los combustibles fósiles es la mejor forma de reducir la presión sobre los arrecifes de coral, las pesquerías, las economías costeras y las comunidades locales que dependen de ellas.
Estas aspiraciones deben reflejarse en los flujos de inversión. Se calcula que la financiación anual actual para la protección marina asciende a 1,800 millones de dólares, lo que supone un faltante cercano a 14 mil millones. Y aunque existen muchas soluciones probadas y listas para la ampliación de escala, hacen falta coaliciones que se movilicen para convertir las áreas marinas protegidas en fuentes de beneficios a través de la pesca sostenible y el turismo.
El mensaje de los países insulares del Pacífico lleva demasiado tiempo sin ser escuchado. La COP31 ofrece la oportunidad de cambiarlo. La salud del océano determinará el futuro de todas las personas. Ya es hora de que todos aceptemos que el océano es un bien común y una responsabilidad compartida. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Peter Thomson es el enviado especial del secretario general de las Naciones Unidas para los océanos.
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