Milenio Jalisco
07/11/2026 16:00

En peligro, dos casas de Luis Barragán en la colonia Americana

Hay que caminar despacio por la avenida La Paz para verlas. Son dos casas sobre la misma acera, una en la esquina con Colonias y otra en la esquina con Progreso. Las mandó construir en 1929 un abogado, el licenciado Emiliano Robles León, para rentarlas. El encargo se lo dio a un ingeniero de 27 años, hijo de uno de sus clientes, que acababa de remodelarle su propia casa en el centro. El ingeniero se llamaba Luis Barragán.

Medio siglo después, ese muchacho recibiría en Washington el Premio Pritzker, al que en el gremio le dicen el Nobel de la arquitectura. Su casa de la Ciudad de México sería declarada Patrimonio Mundial por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés). Arquitectos de todo el mundo harían peregrinaciones para ver sus muros.

Parece que las dos casas de avenida La Paz no se enteraron. “Esas dos se encuentran transformadas, alteradas y, en este momento, son las que yo considero que se encuentran en mayor peligro”, dice Pablo Vázquez Piombo, doctor en Arquitectura, miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) y encargado de la conservación de la Casa ITESO Clavigero, la casa de Barragán que sí tuvo suerte, a unas cuadras de ahí.

¿Qué les pasó? A la de la esquina con Colonias le levantaron al lado un edificio. “Le acaban de construir un edificio de seis u ocho niveles, si no me equivoco, a un costado de una de estas casas, la cual le ha transformado el contexto y alterado el conjunto”.

Luego está la piel. Las casas tapatías de Barragán tenían un aplanado muy particular, un enjarre chorreado, rugoso, como el que todavía se ve en la Casa Cristo. Ese acabado era parte de la firma: “Se le quitaron los aplanados originales y los que se le pusieron en la actualidad no se asemejan a los que estaban originalmente. Es una casa en la que son muy importantes las características de estos aplanados para conservar su autenticidad".

Dicho de otro modo, a las obras de Barragán en avenida La Paz les están cambiando la piel y a una le pusieron un vecino de seis u ocho pisos. En plena colonia Americana. En 2026. “Esas son las que yo creo que valdría la pena ponerles la lupa”, insiste.

Nadie puede decir que no se sabía. Hace más de una década, en 2013, el crítico Xavier Iturbide ya describía en su sitio Revisiones de Guadalajara la casa de la esquina con Progreso como una obra modificada con tanta torpeza que apenas se distinguía la mano del arquitecto. Su hermana de la esquina con Colonias se había convertido en un pequeño hotel, pintado de colores y cubierto de letreros de comida. Entre 2019 y 2020, una estudiante de Arquitectura del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), Paula Figueroa, fue a verlas como parte de un Proyecto de Aplicación Profesional y encontró la de Progreso grafiteada, con la pintura descascarada en muchas paredes. Escribió que la finca era un triste ejemplo del poco interés del gobierno de Guadalajara y de los propios tapatíos, por su arquitecto más reconocido en el mundo.

Polémica por modificaciones a casas de Luis Barragán
Las modificaciones a las casas ubicadas en Colonias y La Paz han generado polémica (Farid Santos)

Hoy hay obra en curso y hay pleito. “Se ha estado viendo en las redes sociales que varios especialistas se han estado inconformando por la intervención que se está efectuando”, cuenta Vázquez Piombo. “Al parecer creo que la Secretaría de Cultura ha estado muy de la mano de los propietarios y los arquitectos responsables de la intervención para garantizar su conservación, pero ha sido muy difícil darle seguimiento. No es tan fácil como uno pensaría”.

“Tener a un propietario que quiera hacer las cosas bien, los recursos económicos, un constructor, un especialista en conservación que sepa lo que está haciendo y también seguimiento de las autoridades. Un estrecho seguimiento”. Cuando falta uno de esos ingredientes, la casa pierde. Y en Guadalajara suele faltar más de uno.

Un inventario de descuidos

Hagamos el recorrido completo, porque el mapa de Barragán en Guadalajara es también un mapa de lo que la ciudad decidió cuidar y de lo que decidió olvidar.

Empecemos por lo bueno. Dos casas tienen la máxima protección que da la ley, la declaratoria de Monumento Artístico. Son la Casa González Luna, hoy Casa ITESO Clavigero, y la Casa Cristo, que el arquitecto hizo en 1929 para Gustavo R. Cristo, entonces presidente municipal, y que desde finales de los ochenta es sede del Colegio de Arquitectos del Estado de Jalisco. Cualquier intervención en ellas necesita el visto bueno del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura y del estado. “Estas fincas se encuentran en excelente estado de conservación y podríamos decir que se encuentran casi íntegras”, dice Vázquez Piombo. En la Casa Cristo todavía se conserva el rojo de los muros que ideó el pintor Chucho Reyes, amigo del arquitecto.

La Casa González Luna, construida para el político Efraín González Luna, es para muchos la mejor obra de Barragán en la ciudad. Carlos Petersen Farah, de la Cátedra UNESCO del ITESO, la llegó a llamar la mejor casa del siglo XX. Es una casa volteada hacia adentro, con los patios, el agua, las pérgolas y el jardín como centro; con una calle a la que casi no se asoma. El ITESO la compró a la familia, encargó su restauración al arquitecto Juan Palomar Verea y hoy es un centro cultural abierto.

Después vienen las que están bien pero solas. Las casas Robles Castillo, en avenida Vallarta y Argentina, fueron la primera obra completa de Barragán, terminada en 1928. La de Argentina 27 sigue siendo casa habitación. La de la esquina ha tenido una vida que haría llorar a un restaurador. Fue restaurante bar, fue cafetería, fue sucursal de una cadena estadounidense de sándwiches con letrero de neón, fue taquería. En 2015 la Secretaría de Cultura de Jalisco pidió cancelar una obra porque el constructor ni siquiera había solicitado el dictamen que exige la ley para una finca de valor artístico relevante. Hoy, dice Vázquez Piombo, está vacía: “Se encuentran en buen estado de conservación, pero en este momento no tienen un uso. Pareciera que pudieran cambiar o alterarse por no tener una conservación adecuada”.

Polémica por modificaciones a casas de Luis Barragán
Las casas de Luis Barragán son consideradas monumento artístico (Farid Santos)

La primera obra de todas, la remodelación de la casa del propio Robles León, en Madero 607, esquina Pavo, en el Centro, fue kínder y hoy está en desuso. De ella Vázquez Piombo dice. “Se encuentra un poco transformada y alterada, pero son casas que con poco se pueden restaurar y conservar. La serie de casas de la calle Zaragoza, entre Reforma y Garibaldi, perdió la carpintería de sus fachadas y cambió sus vanos, aunque, de acuerdo con el académico, conserva su esencia.

Con poco. Nadie ha puesto ese poco.

Luego están las que ya no están. La casa de Enrique Aguilar, en López Cotilla, fue demolida en 1980. Ese mismo año, a su autor le entregaban el Pritzker. En su lugar se levantaron oficinas de gobierno.

En 2010, Juan Palomar Verea, entonces presidente de la Fundación de Arquitectura Tapatía Luis Barragán y Carlos Petersen contaron que de 33 fincas que Barragán construyó en Guadalajara quedaban 25 en pie. Cuatro años después, Palomar escribió que, fuera de alguna clausura tímida, ni el Ayuntamiento, ni el INBA, ni la Secretaría de Cultura estatal habían hecho algo decidido y de fondo para proteger ese patrimonio.

Hay leyes. El Reglamento Estatal de Zonificación dice que un inmueble con valor artístico relevante no podrá ser demolido por ninguna causa. Pero las leyes no pintan fachadas. Petersen lo explicó en aquella nota de 2010, las dependencias que deberían hacerse cargo de las fincas en riesgo, dijo, prefieren no cargar sus presupuestos, así que nadie se hace responsable.

Donde hubo rescate, casi siempre lo pagó alguien de su bolsa. Las casas Harper de Garibi, en la calle Rayón, estaban en 2011 con vidrios rotos, muros húmedos, maleza y puertas caídas. Hoy están rehabilitadas. Lo hicieron sus dueños. Una de ellas, la arquitecta Lucía Ortiz, contó que toda la inversión fue a fondo perdido.

El muchacho de la hacienda

¿Pero quién era este señor y por qué habría de importarle a alguien que se despinte una casa suya?

Luis Barragán Morfín nació en Guadalajara el 9 de marzo de 1902, en una familia de hacendados. Pasó la infancia entre el barrio de Santa Mónica y la hacienda de Corrales, cerca de La Manzanilla de la Paz, al sur de Jalisco. De esos años le quedó una memoria que no soltó nunca. Cuando recibió el Pritzker dijo: “Mi obra es autobiográfica”. Habló del rancho de su padre, de las paredes blanqueadas con cal de los pueblos, de la calma de los patios y las huertas, del color de las calles.

Estudió ingeniería civil en la Escuela Libre de Ingenieros de Guadalajara y cursó además las materias para titularse de arquitecto, bajo la tutela de Agustín Basave. Luego se fue a Europa. Vio la Alhambra, vio Marruecos, oyó a Le Corbusier y descubrió los jardines del paisajista Ferdinand Bac. Regresó a su ciudad con la cabeza llena de patios andaluces y encontró que se parecían muchísimo a los de Jalisco.

“Fue una persona muy sensibilizada con la ciudad y también con la región, para proponer una nueva corriente arquitectónica en torno a su perspectiva y su cosmovisión”, dice Vázquez Piombo. Esa corriente se llamó la Escuela Tapatía. Barragán no la hizo solo. Con él estaban Ignacio Díaz Morales, Rafael Urzúa, Pedro Castellanos, Ambrosio Ulloa y su hermano Juan José: “No podemos trabajar de manera autónoma”, reconoce el arquitecto, “sino que tenemos que trabajar en conjunto con otros arquitectos que definitivamente se entrecruzan en su manera de ser para poder evolucionar en su arquitectura”.

Aquellos muchachos tuvieron un laboratorio extraordinario, las colonias del poniente. La Americana, la Moderna, la West End, la Reforma. Calles amplias, lotes grandes, jardines al frente. Alrededor de la Casa González Luna, cuenta Vázquez Piombo, hay casas de la misma época, separadas por tres o cuatro años, cada una en un estilo distinto, una afrancesada, otra neocolonial como la Casa Zuno: “Ahí es donde se vieron bien los arquitectos a proponer una nueva manera de visualizar la arquitectura y de expresarse cada uno de ellos dentro de sus convicciones arquitectónicas, sus raíces y la búsqueda de sus propias identidades”.

La Casa ITESO Clavigero, uno de los edificios más emblemáticos de la Compañía de Jesús en Guadalajara.
La Casa ITESO Clavigero, uno de los edificios más emblemáticos de la Compañía de Jesús en Guadalajara | Especial

Las casas de Barragán en esas colonias contaban una mudanza. La familia tapatía dejaba el centro, con sus casas pegadas a la banqueta y el patio en medio y se iba a vivir de otra manera. Aparecen el pórtico como espacio de transición, el zaguán, el recibidor, las azoteas y los miradores. La casa empieza a “eliminar ese patio y enviarlo hacia los extremos”. El patio se hace jardín. La casa se hace moderna sin dejar de ser de aquí.

Esa es la etapa que Guadalajara tiene y que nadie más tiene. De 1927 a 1934 Barragán construyó en su ciudad las obras donde se fue formando su lenguaje. En 1936 se fue a la Ciudad de México y ya no volvió a vivir aquí.

El que se fue

En la capital hizo lo que lo volvió leyenda. Trazó los Jardines del Pedregal de San Ángel sobre la lava. Construyó su casa en Tacubaya, que habitó hasta su muerte. Reconstruyó el convento de las Capuchinas Sacramentarias en Tlalpan. Con el escultor Mathias Goeritz levantó las Torres de Satélite. Hizo Las Arboledas y Los Clubes, ahí la Cuadra San Cristóbal para el criador sueco de caballos Folke Egerstrom, con su muro rosa y su estanque donde entraban los caballos. La Casa Gilardi, con su alberca metida en un cuarto azul, fue la última obra que terminó completa.

A Guadalajara le dejó además un fraccionamiento. Jardines del Bosque, con la plazoleta del Calvario al fondo y el Pájaro Amarillo de Goeritz como seña de identidad, fue en su momento, dice Vázquez Piombo, una alternativa a la vida de los fraccionamientos tapatíos. Tenía grandes camellones, parques y los enormes eucaliptos del antiguo bosque de Santa Eduviges. “Ahorita ya no están estos árboles”, lamenta.

En 1976, el Museo de Arte Moderno de Nueva York le dedicó una exposición pequeña. En 1980 llegó el Pritzker. Era apenas la segunda vez que se entregaba. El primero había sido para Philip Johnson. El jurado dijo que Barragán había hecho de la arquitectura “un acto sublime de imaginación poética”. La ceremonia fue el 3 de junio en Dumbarton Oaks. El discurso lo leyó su amigo, el escritor Edmundo O'Gorman. En él, Barragán se quejaba de que en las revistas de arquitectura habían desaparecido palabras como belleza, magia, embrujo, serenidad, silencio, intimidad y asombro.

Casa Luis Barragán
Casa Luis Barragán

El 4 de julio de 2004, en Suzhou, China, la UNESCO inscribió su casa estudio en la Lista del Patrimonio Mundial. Durante mucho tiempo fue la única casa habitación del continente americano con esa distinción.

Su influencia está en todas partes. Tadao Ando, Alberto Campo Baeza y Ricardo Legorreta, su discípulo más cercano, aprendieron de él a usar la luz como material y el silencio como programa. Artistas como James Turrell y Dan Flavin lo han citado como inspiración. Casas de moda han hecho campañas en sus casas.

El archivo profesional de Barragán no está en México. Lo heredó su socio, Raúl Ferrera. La viuda de Ferrera lo vendió a un galerista de Nueva York y, a finales de 1994, lo compraron la historiadora italiana Federica Zanco y su pareja, Rolf Fehlbaum, presidente de la empresa suiza de muebles Vitra. La Barragan Foundation, creada en 1996, es dueña de los derechos de autor y de unos 13 mil 500 dibujos y planos originales. Vitra anunció su traslado a su campus de Weil am Rhein, en Alemania. Zanco ha defendido que la obra de Barragán no es propiedad de México sino del arquitecto, que podía heredarla como cualquier bien. La artista estadounidense Jill Magid convirtió parte de sus cenizas, que reposan en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, en un diamante, y lo ofreció a Zanco a cambio del archivo. El archivo sigue en Europa.

Dos maneras de cuidar

Mientras tanto, en el Estado de México, una fundación privada, la del arquitecto Fernando Romero, compró la Cuadra San Cristóbal y desde octubre de 2025 la abrió al público como centro cultural. En 2026 inauguró ahí “Barragán en Barragán”, la primera exposición dedicada al arquitecto montada dentro de uno de sus propios edificios. Planean un pabellón del japonés Kengo Kuma. Se visita con cita previa.

En Guadalajara, lo que se salvó se salvó por voluntades sueltas. El ITESO con la González Luna. El Colegio de Arquitectos con la Casa Cristo. Los dueños de las casas de la calle Rayón. En Zapopan, una casa de Barragán en la avenida Las Rosas, en Chapalita, reabrió como espacio cultural. En Chapala, donde el arquitecto transformó con Juan Palomar y Arias la casa de su familia, la Fundación de Arquitectura Tapatía denunció en 2018 el derribo de parte de una finca de la avenida Hidalgo, cuyo jardín Palomar Verea considera uno de los más importantes de México y la Secretaría de Cultura tuvo que ir a revisar.

¿Qué dice todo esto de la ciudad? Vázquez Piombo no se pone tan trágico. “Es una ciudad pujante, que está luchando para definir una identidad en torno a sus espacios, a sus colonias, y por eso en ciertos momentos pareciera que el patrimonio no logra encajar dentro de este crecimiento. El que no conoce su patrimonio pues está destinado a perderlo”.

Las casas tapatías de Barragán son de particulares. Nadie puede obligar a un dueño a amar su casa. Pero Vázquez Piombo propone cambiar la manera de verlo: “Tenemos un gran garbanzo de a libra, unas grandes obras de la etapa inicial, temprana y formativa de Luis Barragán, que sabemos que están ahí, pero son propiedad privada y tenemos que velar porque se conserven y puedan pasar a las siguientes generaciones”.

“Que no se vea como que el que tiene una finca patrimonial sacó un problema, sino que básicamente tiene algo que no tienen los demás”, insistió el especialista.

SRN


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