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George Saunders, el escritor de los 300.000 alumnos que lo aprendió todo de los rusos
En una casa de Amarillo, Texas, a comienzos de los años sesenta, un niño permanece despierto en la oscuridad y escucha respirar a sus abuelos. Cada inhalación es una pequeña victoria; cada silencio, una amenaza. Si se detienen, piensa, ya no volverán a empezar. Es el primer recuerdo que George Saunders conserva de la muerte, y seis décadas después el oído sigue alerta, aunque ha cambiado de objetivo.«Ahora me oigo respirar a mí mismo y pienso: 'Por ahora'», cuenta Saunders a ABC. En estas palabras, aunque no lo parezca, no hay dramatismo, velan más por la gratitud. Ver a su generación «caer por el precipicio», dice, ha vuelto las cosas «muy hermosas». Lo compara con la adolescencia, cuando entendió que las formas infantiles de sentir no iban a volver.Saunders, de 67 años, es uno de los narradores estadounidenses más queridos y más leídos de su tiempo. También es uno de los más reacios a aceptar el papel de sabio que el público le ha asignado. Para él, todo lo que ha escrito sale de debajo del paraguas de 'Canción de Navidad'. De hecho, advirtió el parecido con 'Vigilia' cuando ya iba por la mitad del manuscrito. Peros si Dickens es el paraguas, Tolstói es el suelo. Para Saunders, 'La muerte de Iván Ilich' sería el único libro que haría obligatorio en la universidad. Cabe compararlo con 'Amo y criado', en el que el Brejunov se salva tumbándose sobre su sirviente en mitad de la nieve, y que es uno de los relatos que Saunders también disecciona en 'Un baño en la laguna mientras llueve' (Capitán Swing). Dickens solía conceder «una mañana» en la que el personaje podía salir corriendo a la calle y reparar el daño. Saunders, sin embargo, no suele otorgar esa fe. «No creo que el mundo haya cambiado, pero hay muchos Scrooges imposibles de salvar. Y, por supuesto, debe haberlos», escribe. Son personas que se defendieron tantas veces a lo largo de su vida que la defensa se volvió «un hábito imposible de revertir».La idea tiene una genealogía larga. La literatura moral del siglo XIX confiaba en que la conciencia podía llegar a tiempo. Saunders, que creció entre monjas en el South Side de Chicago y practica hoy la meditación budista, conserva la estructura de ese relato pero le retira la garantía. La gracia sigue existiendo. Simplemente, no siempre llega antes que la muerte.El pecado de hacer las cosas bienEn su recorrido por Rusia, Saunders señala que Brejunov tiene un defecto evidente: la codicia. Iván Ilich, en cambio, «se parece más a cualquiera de nosotros». Su pecado es tratar de «hacer las cosas correctamente». Es un padre y un marido razonable, aunque distante, y por eso «tiene algo que decirle a todo el mundo». Saunders cita 'Resurrección': si no podemos actuar por amor, mejor no tratar con los demás. El listón es altísimo, admite, pero apunta a una verdad mayor: cuando predomina el amor, que él define como «conciencia, presencia», estamos mejor conectados «con Dios y con la verdadera naturaleza de la realidad».Más alejados del gigante euroasiático, Saunders reconoce también una deuda con Katherine Anne Porter y Flannery O'Connor . Ambas mostraron que la penuria también produce ira y amargura. «Quizá por ser mujeres en una época dominada por hombres sus modelos de decencia y compasión les resultan más convincentes que los de sus contemporáneos varones». En eso, para Saunders, «las sitúa más cerca de Chéjov y Tolstói que de la tradición masculina estadounidense».La fama de Saunders como santo laico es uno de los fenómenos más curiosos de la cultura literaria reciente. Más de 300.000 personas siguen sus lecciones de escritura en Substack, su discurso de graduación en Syracuse sobre la bondad circuló durante años como un texto devocional, le llegan medallas a la trayectoria. No le va mal. Él ha atribuido esa reputación a «los buenos modales aprendidos en un barrio obrero, no a una bondad innata».Los modales, sin embargo, también pueden servir para esconderse. Saunders no lo niega: «Creo que son una forma de aspiración», comenta. Puede que en un momento dado no le interese lo que dice el otro, porque está ansioso o absorto, pero si mantiene el contacto visual y hace unas preguntas, puede llegar a interesarse. «Comportarse como si los demás fueran tan reales como uno tiene la posibilidad de convertirlo en realidad».«Cada persona tiene sus propios restos de un tiempo y un lugar, y todos, aunque queridos, están destinados a desvanecerse»Con el elogio mantiene una relación parecida, hecha de deseo y sospecha. De niño, cuando lo premiaban mientras otro sufría, una voz le preguntaba si había elegido en el vientre materno ser el favorito de las monjas. Hoy reconoce que siempre ha buscado la aprobación «por razones de carácter o kármicas». Pero cuanto más vive, menos sensato le parece «atribuirse el mérito» de nada. Distingue dos planos: en el absoluto, la mirada de Dios, nadie merece crédito; en el relativo, el de la vida diaria, disfruta el éxito «pero no demasiado».El sarcasmo de sus primeros libros recibe un trato igual de sereno. ¿De qué se protegía? Saunders evita el psicoanálisis: toda mente tiene «preajustes», y el suyo tiende a lo cómico y lo mordaz. Al cambiar de estado mental no desaparece; se suaviza o se afila. «Intento no darle demasiadas vueltas».Todo es temporalHay un episodio que en la leyenda de Saunders se suele contar como un fracaso: los años en Rochester, cuando trabajaba como redactor técnico y daba casi por perdida su carrera literaria. Él corrige el relato. Estaba, en realidad, «más feliz que nunca hasta entonces». Descubrió que su vida desprendería suficiente alegría aunque no fuese escritor. «Ver lo hermoso que era tener una familia fue una revelación». Nunca abandonó el sueño del libro; solo entendió que llegaría «con otro calendario, ¡más lento!».Tampoco acepta del todo la dicotomía entre su lado ambicioso y el lado que cuida. Ambos «parpadean» en él, y ambos son necesarios para escribir un libro. Lo que ha descubierto es que escribir lo hace más feliz y más funcional. Durante años sospechó, «en algún lugar profundo», que si dejaba de escribir empezaría a vivir de verdad. Ya no lo cree: el trabajo de escribir es «una parte enorme de vivir de verdad».En su novela 'Vigilia', Jill recuerda los programas de televisión, un Chevelle verde lima y las gasolineras cuadradas de su juventud, y pone comillas a cada palabra de aquel mundo. Las comillas, explica Saunders, marcan que esas cosas regresan a la memoria con sus nombres de entonces. Luego, la nostalgia empieza a dominarla y la aleja de su «elevación». Para él, la nostalgia es un buen indicador de la 'impermanencia'. «Cada persona tiene sus propios restos de un tiempo y un lugar, y todos, aunque queridos, están destinados a desvanecerse». Eso debe de aterrar a alguien como Jill, cuya vida ha terminado. «Pero quizá también a cualquiera de nosotros», añade: es la señal de que el yo del que estamos tan enamorados es pasajero.Saunders ha dicho que aspira a escribir como quien susurra algo urgente a un desconocido en una estación de tren. Ese desconocido, explica ahora, es alguien en quien confía más que antes. Le habla de verdades que ambos conocen pero que están sumergidas. Escribir así es dar por hecho que esa persona, quizá al otro lado del planeta o separada por el tiempo, es «tan real e interesante, y tan asustada y potencialmente alegre» como él.El niño de Amarillo escuchaba respirar a otros por miedo a perderlos, el hombre de 67 años escucha su propia respiración y encuentra en esa fragilidad una forma de belleza. «De joven me parecía que yo era permanente y el mundo cambiaba» , escribe. «Me conmueve mucho, cada día, que se abra paso otra comprensión: todo es temporal, hasta la última de las cosas».
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