ABC
07/11/2026 21:34

Lorena Basso, líder del sector de semillas: «Es absurdo que se invente un tomate en un país y solo se pueda comer en otros»

La argentina Lorena Basso es la primera mujer en presidir la Federación Internacional de Semillas (ISF, por sus siglas en inglés), una organización sin ánimo de lucro con sede en Nyon (Suiza) que representa los intereses de la industria mundial de las semillas. Tercera generación de una empresa familiar dedicada al desarrollo genético y la producción de semillas de cultivos como el maíz para hacer palomitas, Basso ha visitado Barcelona recientemente para participar en un encuentro de la ISF destinado a impulsar la innovación y la ciencia en el desarrollo de nuevas variedades vegetales, así como a mejorar la regulación, la propiedad intelectual y la calidad en un sector cuyas exportaciones alcanzaron los 16.000 millones de dólares en 2022.Explica que, mientras que el comercio de grano implica grandes cargas que van directamente de las plantas procesadoras a los barcos, el sector de las semillas trabaja con cantidades mucho más pequeñas, a veces simples sobres. «Son pequeños envíos, pero tienen un valor económico y científico muy elevado», recuerda. —¿Cuál es el mayor desafío de trabajar con semillas?— Existen varios, pero uno de los más importantes son las barreras fitosanitarias (las normas que controlan el movimiento internacional de semillas para evitar la propagación de plagas y enfermedades). Las semillas viajan mucho, pueden desplazarse de país en país alrededor de siete veces hasta que se desarrolla una variedad, algo que puede durar años. Si una empresa envía semillas a otro país y no cumple los requisitos fitosanitarios de destino, puede perder todo el material que ha trasladado. Y hay demasiadas regulaciones que no están suficientemente justificadas desde el punto de vista científico. Hacen falta normas más sencillas y basadas en evidencias científicas. —¿Cómo han repercutido los conflictos bélicos de Ucrania e Irán en el suministro de semillas?—Mucho. Por el estrecho de Ormuz pasa un importante volumen de semillas, por lo que o no llegan o lo hacen más tarde de lo previsto. Para nuestro sector los tiempos son fundamentales. Hablamos de que cosecho en Argentina, por ejemplo, y tengo que llegar para la siembra a España. Una demora de un contenedor te puede hacer perder lo que se siembra en otro lugar. Por eso, un conflicto bélico puede suponer un desafío total para la industria.—La guerra de Siria provocó la primera retirada de muestras de la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, que justo ahora acaba de ganar el premio Princesa de Asturias. ¿Qué importancia tienen estas iniciativas para preservar la diversidad agrícola mundial?—Todos tenemos la responsabilidad de sostener la diversidad y los bancos de germoplasma. No solo los bancos públicos o los de las universidades, también los privados, los que pertenecen a las propias compañías, porque no se sabe qué es lo que va a pasar en el futuro. —¿Qué cultivos van a sufrir más las consecuencias del cambio climático?—En ISF trabajamos con unas 80 especies vegetales. A todas, de una u otra manera, les afectará. En Argentina, que es de donde vengo, estamos muy preocupados por el El Niño, por el exceso de agua. Igualmente, la subida de temperaturas se va a notar en la producción o a la aparición de plagas. —¿Estamos preparados para afrontar esos cambios? ¿Cuánto tiempo se tarda en desarrollar una variedad adaptada a un clima más cálido, por ejemplo?—Mucho, seis u ocho años. Hay muchísimos proyectos de compañías que están probando tecnologías para reducir esos tiempos. «Desarrollar una nueva variedad vegetal lleva entre seis y ocho años y puede implicar hasta siete desplazamientos internacionales»—¿La búsqueda de cultivos más resistentes y productivos puede poner en riesgo la diversidad genética? —Hay que tener conciencia sobre eso, pero tenga en cuenta que hay una gran cantidad de compañías en el mundo haciendo 'breeding' (mejora genética o fitomejoramiento: el proceso de desarrollar nuevas variedades de plantas con características deseables) y muchas son pequeñas y trabajan sobre cuestiones muy domésticas. Eso garantiza que no estemos haciendo siempre los mismos cultivos, sino que exista una diversidad.—¿Pero podemos garantizar la soberanía alimentaria si dependemos de un número reducido de empresas para acceder a determinadas semillas?—Sí. Más allá de las cinco o seis grandes compañías de semillas, hay muchas que trabajan en desarrollos locales o regionales. Por ejemplo, la nuestra trabaja con el zapallo (calabaza), un mercado muy chico. Cultivos modificados—¿Es inevitable el uso de CRISPR, el corta y pega genético, en los cultivos?—Esta tecnología ha venido para quedarse. Permite obtener cultivos resistentes a sequías o enfermedades en menos tiempo. Está más explorada en cultivos como la soja, pero menos en otros, como el maíz. Y es accesible para empresas más chicas. Pero lo más importante en cualquier debate sobre tecnologías emergentes es que solo pueden avanzar tanto y tan rápido como lo permita su marco regulatorio. Por muy prometedoras que sean, si no llegan a los agricultores, en la práctica no sirven de nada."La edición genética ha venido para quedarse. Permite obtener cultivos resistentes a sequías o enfermedades en menos tiempo"—¿Cómo se puede explicar al público en general que un fruto obtenido con ingeniería genética puede ser seguro para el consumo?—Como me lo explicaron a mí la primera vez: cuando uno escribe una palabra en 'Word' hace un doble clic, edita y cambia algún carácter si le interesa. No tienes por qué incorporar nada, solo modificarlo.—¿Y qué ocurre con los cultivos transgénicos, en los que se incorporan genes de otras especies?—Te pongo un ejemplo: el tomate morado desarrollado en el Reino Unido. Los científicos le añadieron dos genes de la flor boca de dragón, lo que le confiere los mismos antioxidantes que contienen los arándanos. Además, se conserva aproximadamente el doble de tiempo en el lineal y resiste mejor la podredumbre gris, lo que se traduce en menos desperdicio alimentario. Ya se vende en Estados Unidos y Australia, pero no está autorizado en el Reino Unido. Esta situación absurda hace que el país que lo inventó pierda tanto sus beneficios como el negocio que generan. —¿La innovación no queda en manos de unas pocas compañías?—No. Una compañía como la nuestra, que es pequeña, somos 140 personas, trabaja con edición genética en el pisingallo (un tipo de maíz que se utiliza para hacer palomitas), un snack barato que se consume en China, India, Brasil, países africanos… "Europa importa cultivos transgénicos que restringe a sus propios agricultores"—Europa mantiene un marco regulatorio restrictivo para determinados organismos modificados genéticamente. Podemos consumir un maíz editado importado de EE.UU pero no uno de aquí, ¿no es contradictorio?—La contradicción es importante. España es el principal productor de cultivos modificados genéticamente de la UE. En 2024, los agricultores españoles sembraron unas 69.000 hectáreas de maíz resistente a insectos, pero casi toda esa producción se destina a piensos. Además, España importa cada año millones de toneladas de cultivos modificados genéticamente para la alimentación humana y animal. Algunos agricultores europeos ya dependen de estos cultivos, pero, en general, los consumidores de sus países no tienen acceso a ellos. El valor económico de estos cultivos y sus beneficios medioambientales, como la resistencia a enfermedades o la tolerancia a la sequía, se quedan en manos de agricultores de otras partes del mundo. Si se ha determinado que un producto es seguro para el consumo, debería evaluarse con el mismo criterio científico a la hora de cultivarlo. —Si una empresa inventa una lechuga que dura más en una bolsa de plástico, ¿debe mantener la propiedad intelectual?—Desarrollar una variedad exige años de investigación e inversión. Si quienes realizan ese trabajo no obtienen un retorno económico, resulta más difícil crear nuevas variedades. Proteger esos derechos es fundamental para que siga habiendo innovación en el sector.—¿Cómo será la alimentación dentro de 20, 30 o 50 años?—No creo que los grandes cultivos, como el arroz, cambien drásticamente. Estuvimos hace poco en Indonesia y vimos que el rol del estado sobre la producción es impresionante, por lo que imagino que en unas décadas esos cultivos tendrán mejoras para sobrellevar condiciones climáticas adversas. Lo que sí me parece es que el agro va a cuidar mucho más los valores nutricionales de lo que produce, porque los consumidores están cada vez más concienciados sobre estas cuestiones.
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