Central ganó y Rosario era una fiesta, pero el gol agónico de Boca llenó de confusión a su gente: terminó segundo
Primero fue el silencio, después el reconocimiento y más tarde la confusión. El cierre de la tarde metió en la coctelera todas las emociones a la vez. Rosario Central había liquidado con un 2-0 su choque ante el descendido Estudiantes de Río Cuarto y esperaba a través de los celulares que nada alterara el 0-0 en la Boca. Sufría la gente en las tribunas y el plantel en el campo cuando el gol de Enner Valencia acalló el estruendo durante un instante.
Brotaron enseguida el “soy canalla” y el aplauso general como una manera de expresar que ese tanto postrero no cambiaba nada, más allá de las lágrimas en los rostros de varios jugadores. Pero a continuación, alguien gritó un empate de Defensa y Justicia que nunca existió, y antes de que se pudiera comprobar, la cancha se vio invadida por los hinchas, los jugadores volvieron a correr con los puños en alto y a gritar “bicampeones”. Llevó un buen rato recuperar la compostura y aceptar la realidad de un título que se había esfumado.
La secuencia, sin embargo, valió para certificar un concepto: hoy por hoy, nada ni nadie puede quitarle la felicidad al pueblo canalla, que llena la cancha cada vez que se abren las puertas del Gigante de Arroyito, que transmite su fervor inagotable a un equipo que se deja llevar en andas para convertir el estadio en un fortín (5 victorias, 2 empates y una única derrota en este certamen), que empuja, presiona y obliga a sus rivales a apretarse alrededor de su área para tratar de capear el temporal.
Aun conociendo las dificultades del caso, Central había preparado su fiesta particular desde la mañana temprano, con la inauguración de una tercera bandeja en una de las tribunas laterales: 3.500 nuevas localidades para sumar otras tantas gargantas a la locura auriazul. El presidente, Gonzalo Belloso -comunicó que no se presentaría para un nuevo mandato, pero no hubo otros candidatos que se presentarán en el cierre de listas y todavía confían en convencerlo de que continúe al frente de la entidad- cortó la cinta y anunció: “Este es el Central de los milagros, ¿por qué esta tarde no podemos hacer uno más?”. Estuvo muy, muy cerca.
Queda claro que a este equipo dispuesto a incorporar un capítulo propio a la historia del club, las Copas de la Liga le vienen como anillo al dedo. Conquistó la de 2023 venciendo a Platense por 1 a 0, y en las cuatro disputadas en los últimos dos años ganó tres veces su zona, dominó la Tabla Anual en 2025 y esta vez disfrutó durante más de una hora la posibilidad de repetir la gesta y sumar otra estrella, que hubiese sido a plena luz, sin necesidad de maniobras extrañas escondidas detrás de las bambalinas ni decisiones ajenas a los consensos y los reglamentos como ocurrió hace doce meses.
Hay que echar la vista tres años atrás para recordar que en aquella consagración ante el Calamar, Belloso había sellado su estrecha relación con Claudio Chiqui Tapia, agradeciéndole antes que a sus propios jugadores el título obtenido. Desde entonces comenzaron a sucederse hechos que de algún modo empañaron el crecimiento de una institución que acumula méritos como para ser considerada una de las grandes, ya no de Rosario sino de todo el fútbol argentino.
Varios penales muy discutibles empezaron a encender las alarmas del trato de favor inmediatamente después del regreso de Ángel Di María. El otorgamiento de un título que no estaba previsto de antemano, la bochornosa situación promovida a posteriori por Pablo Toviggino, el otrora delfín de Tapia, de obligar a Estudiantes a “saludarlo” con un pasillo que acabó registrado como “el espaldazo”, incluso la agónica y polémica victoria lograda hace apenas una semana en Junín ante Sarmiento ampliaron una sensación de “equipo del poder”.
Ahora bien, ¿alcanza ese apelativo para explicar y de paso manchar la seguidilla de éxitos? Negarlo sería tan absurdo como privarse de elogiar a un conjunto que, además de correr, presionar y contar con algún fallo arbitral favorable de vez en cuando también juega, aun cuando, como en esta ocasión, tiene a Di María, su líder indiscutido, mirando el partido desde un palco.
Lo hace a partir del dominio que ejercen en la mitad de la cancha Franco Ibarra, Alan Rodríguez y Vicente Pizarro, complementarios para recuperar, armar juego y llegar al área de enfrente. Lo sostiene atrás con Ignacio Ovando y Gastón Ávila (fue expulsado y no podrá estar en octavos de final, tal vez contra Newell’s) y le añade pimienta en ataque con Jáminton Campaz, Enzo Copetti, Julián Fernández, y hasta con Emanuel Coronel, el lateral derecho que ante los riocuartenses fue el primero en probar al buen arquero Francisco Gualtieri, y quien cerró el marcador con un golazo desde 25 metros.
Aunque tampoco conviene exagerar. Este Central impetuoso en su casa, baja varios peldaños cuando sale de Rosario, tiene intermitencias durante los partidos, cierta timidez en los planteos de Jorge Almirón ante los desafíos de peso coleccionan críticas y todavía le queda por saldar sus deudas en las series eliminatorias de las anteriores Copas de la Liga.
Ese será el reto inmediato. Mientras tanto, y una vez que se borre el mal sabor de un estrella que se oscureció en el último instante, el pueblo canalla puede mantener intacta la sonrisa. Esa que le regala el fútbol cada vez que el Gigante de Arroyito abre sus puertas.
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