La odisea argentina, entre Escila y Caribdis
Cuando Odiseo, en su retorno a la isla de Ithaca, debió cruzar el estrecho de Messina entre Sicilia y la península itálica, se enfrentó con un dilema. En la orilla de Calabria se encontraba Escila, un monstruo de seis cabezas que podía devorar de un saque a seis hombres del barco que se acercase a la costa. Del otro lado Caribdis, cuyo gigantesco remolino podría deglutirlo si se aproximase. Odiseo optó por el paso calabrés y así perdió seis hombres, pero conservó a los demás. Una decisión correcta, pues quería regresar con Penélope luego de una ausencia de 20 años. Y, además, “no tenía otra”.
El relato de Homero sirve de metáfora para describir el difícil tránsito de nuestra nave colectiva hacia un destino de normalidad por el duro camino del superávit fiscal, la apertura y la desregulación. Y, como para aquel, tampoco aquí “hay otra”.
Hasta 2023, ningún intento se hizo por cruzar el estrecho por falta de voluntad política para enfrentar la inercia ideológica y los intereses creados. Ahora nada está garantizado, pero, así como el griego estaba dispuesto a superar todos los obstáculos para llegar a su isla, los argentinos deberían hacer el mayor esfuerzo para alcanzar el mar abierto sin hundirse en la travesía y perder esta oportunidad. Ya están a la vista los cambios profundos que crearán riqueza en el país y aunque comiencen en nueve provincias, si no son interrumpidos, se derramará al resto mediante la demanda de bienes y servicios, la tracción sobre el empleo y la capilaridad financiera.
Estamos en medio del trayecto y surgen voces cuestionando el costo del tránsito elegido, como una madre que irrumpe en un quirófano para impedir la cirugía de su hijo. Hay críticos que, aun aplaudiendo el rumbo adoptado, sugieren ajustes o remiendos para reactivar la economía “sin afectar la estabilidad”. Como hubiese dicho Arturo Jauretche con su ácido humor, “Animémonos y vayan”, pues los foros y los streamings toleran cualquier cosa. Pero ninguno tiene la responsabilidad de conducir nuestro bajel por el estrecho, ni votos propios para aplicar sus recetas y ninguno de ellos, cuando ejercieron cargos públicos, logró apoyo político para hacerlo. Parecen consejos a Javier Milei aupándose sobre su inesperada magistratura pero que ellos no podrían llevar a cabo, en la Argentina actual, sin el respaldo de aquel.
Esa es la gran novedad de la experiencia libertaria: la política económica la define el presidente de la Nación y no un ministro supeditado a enjuagues tras bambalinas (como el Pacto de Olivos) y que termine, como todos, explicando luego las causas de su fracaso. Basta leer Diario de una temporada en el 5º piso, de Juan Carlos Torre, relatando las desventuras de Juan Sourrouille durante la gestión de Raúl Alfonsín, o las denuncias de Domingo Cavallo antes de su artera destitución por Carlos Menem.
La Argentina no tiene moneda y carece de crédito para reactivar. Todas las criticas repiten lo obvio: que la expansión de la energía, la minería y la agroindustria no impactan de inmediato sobre las actividades que generan más empleo, como la construcción, la industria y el comercio. ¡Chocolate por la noticia! Omiten ponderar la percepción de fragilidad que tiene la población respecto del equilibrio fiscal y la creencia de que lo logrado puede ser efímero. Por desconfianza, los agentes son remisos a dar empleo, a ampliar su capital de trabajo o a invertir en máquinas hasta que el horizonte político se despeje. O más tarde, si la impaciencia lo permite, cuando aquellas derramen sus frutos sobre el resto del país. Sin agregar este ingrediente de fuerte impredecibilidad al análisis, son recetas teóricas para otros horizontes, no para aquí.
Nuestra navegación por el estrecho debe ser ajustada al milímetro, como quien circula por el filo de una navaja, ya que al menor parpadeo el mercado se podría dará vuelta, como el año pasado. Los argentinos piensan en dólares y cualquier salto imprevisto del tipo de cambio “para reactivar”, será percibido como pérdida para quienes ahorran en pesos. La pregunta es quién puede garantizar “con su pellejo” que los pesos inyectados al mercado para hacer A o B o C, regresarán al sistema financiero como depósitos a plazo fijo en moneda nacional. ¿Y si luego de un fogonazo de actividad puntual vuelven a mutarse en dólares, como siempre? ¿Quién avala que esa reacción no se convertirá en hiperinflación y esta, en una nueva crisis política?
En el relato clásico, Odiseo se detuvo en la isla de Yerba, poblada por habitantes pacíficos y felices, alimentados con flores de loto que los hacían vivir sin memoria. Al probarlos, los griegos sintieron un efecto narcótico (el nombre de la isla es una casualidad homérica) olvidando entonces su hogar, su familia y su deseo de regresar. Inmersos en absoluta y dichosa amnesia, solo querían quedarse para siempre en ese estado de apatía feliz. Como la nostalgia por aquella “matriz productiva con inclusión social” que se preció de alcanzar superávits gemelos con salarios devaluados, jubilaciones licuadas, deuda externa impaga, violación de contratos, congelaciones de precios y subsidios insostenibles, cuyo costo final ahora se refleja en el riesgo país.
El demorado despertar de los conurbanos brinda una oportunidad de oro al peronismo para sacar a relucir, de su mochila de sandeces, un plan de shock para “recomponer” ingresos durante los primeros 100 días de su eventual gobierno. Se recurriría a otra concertación para evitar una carrera de precios y salarios, como el Pacto Social que José Gelbard acordó con José Ignacio Rucci (CGT) y Julio Broner (CGE) en 1973, cuando los Montoneros tomaron el poder. Y que condujo al “Rodrigazo” dos años después.
Obviamente, ni Axel Kicillof, ni Sergio Massa, ni Máximo Kirchner, ni Juan Grabois, ni Miguel Pichetto, ni Rodolfo Aguiar desean alcanzar el mar abierto, sino torcer la proa hacia la costa de Caribdis, cuya succión garantiza el naufragio. Aquí y ahora, sus nombres evocan aquellos nefastos días de junio de 1975 y diciembre de 2001 que siempre acechan en la historia argentina para impedir cualquier intento de cambio, aunque el remolino nos devore o, como agujero negro, nos expulse a otra dimensión.
No se debe ceder en nada que, alterando la regla fiscal, pueda acercarnos a la Caribdis populista, aunque estén en juego los votos de la próxima elección. No por ideología ni por tozudez, sino por la volatilidad de esa masa de billetes, que llamamos moneda, expuesta a ser repudiada al menor pestañeo de las cuentas públicas.
El futuro de nuestros hijos depende de lograr estabilidad y desarrollar los recursos que demandan naciones jaqueadas por falta de energía, inseguridad alimentaria y guerras híbridas. Para facilitar la transición, el foco debe ponerse en la formación para nuevos empleos, en asegurar el Estado de Derecho sin manipulación judicial y en actuar con empatía, para no ahuyentar moderados por la violencia verbal.
Tomemos conciencia de que vivimos en el mejor país del mundo comparado con las naciones más civilizadas de Europa, en crisis por faltarles lo que a nosotros nos sobra. Acordemos protegerlo y continuar hacia Ithaca, sin dudar ni parpadear
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