Claudio Gabis: cómo nació Manal, el motivo real de la separación y el clásico que se escribió en 40 minutos
Es una leyenda del rock nacional y hace 37 años que vive en España. “Viví en varios países, pero nunca me exilié, digamos que me fui por mi cuenta antes de que me echaran”, comenta con humor ácido Claudio Gabis, el exguitarrista de Manal, el trío conformado con Javier Martínez y Alejandro Medina, que aunó el rock con el blues en castellano, y cimentó, allá por los 70, las bases del movimiento junto a Los Gatos y Almendra.
Desde 2007, Gabis regresa periódicamente al país y actúa por todos lados, pero lo hace sigilosamente, sin grandes campañas publicitarias ni de prensa. Sólo respaldado por su nombre y en compañía de un puñado de músicos amigos. Como ahora, que ya lleva un mes recorriendo los bares y teatros de varias provincias y va por más, hasta que el 25 de noviembre se tome un vuelo de regreso a Madrid, donde lo espera su familia y una vida alejada del mundo del rock. En un alto de su gira federal (que contará con una única presentación en Capital, el jueves 19, a las 21, en La Carbonera), mantuvo un extenso mano a mano con LA NACION.
-Hagamos historia. ¿Cómo nació Manal? ¿Y cuánto tuvo que ver el mítico Instituto Di Tella en su génesis?
-El Di Tella tiene que ver directamente porque en él, en 1967, nos conocimos Javier Martínez y yo. Cada uno, dentro de un grupo distinto, participaba de un espectáculo que se llamó Beat Beat Beatles. Yo formaba parte de Bubblin Awe (asombro burbujeante), tocando la guitarra, y él de El Grupo de Gastón, en batería y voz. Allí nos confesamos mutuamente que nos interesaba la música negra, nos hicimos amigos y empezamos a conspirar para crear un grupo propio. Mientras comencé a conocer a todo el mundo que iba a La Cueva, seguimos frecuentando el Di Tella. Para nosotros era nuestro punto de reunión más importante, un centro cultural alternativo que frecuentaba la gente que –para llamarlo de alguna manera- estaba en la vanguardia.
–Por eso se dice que Manal tenía un pedigrí cultural que los demás grupos de rock no tenían...
–Ese pedigrí tiene que ver con un hecho interesante y geográficamente comprensible: éramos un grupo que deambulaba por el centro de Buenos Aires, por Florida y Paraguay, por la avenida Corrientes, por la avenida Callao, por Plaza Miserere, por el bar La Perla. Éramos un grupo del centro, un grupo apadrinado por la inteligencia del [emblemático bar] Moderno y del Di Tella, por Marta Minujín, Federico Peralta Ramos y Oscar Masotta, ¿entendés? Éramos el grupo de esa gente bohemia que se reunía en el centro de Buenos Aires, ya sea en el Di Tella o en los bares circundantes o en las casas donde se reunían los integrantes del grupo Opium (el colectivo de escritores y artistas varios influenciado por la Generación Beat norteamericana).
-Pocos saben que antes de editar el primer álbum incursionaron en la música experimental y grabaron la banda sonora del film Tiro de gracia. Contame los pormenores de todo eso.
-El asunto fue así: Javier había participado como actor en el rodaje de la película (junto a Susana Giménez, el semiólogo y psicoanalista Oscar Masotta y el artista plástico Pérez Célis, entre otros). Por eso Jorge Goldenberg, el asistente de dirección de la misma, había escuchado una música experimental que habíamos grabado Javier, Emilio Kauderer, Roque Rodríguez y yo en un pequeño estudio de Caballito. Le gustó tanto que luego convenció al director Ricardo Becher para que nos contratara para hacer la banda sonora con música de ese tipo. Pero eso no fue tan inmediato, sucedió un año y medio después y para ese entonces ya no éramos aquel cuarteto sino Manal: Alejandro, Javier y yo. Por eso los que finalmente grabamos toda la música fuimos nosotros tres. Y se trató de la primera banda sonora compuesta enteramente por una banda de rock nacional.
-¿Por qué se termina sumando Alejandro Medina al trio? ¿Para grabar la banda de sonido?
-No, porque Jorge Goldenberg –que tenía mucho respeto por el trabajo de Javier y por el mío- nos pidió que, paralelamente, nos integráramos como músicos a una obra que se estaba ensayando en el Teatro Payró: Viet Rock (un alegato contra la Guerra de Vietnam, del que participaron Luisina Brando, Víctor Laplace y Rudy Chernicoff). Pero como necesitábamos un bajista le propuse a Javier que llamáramos a Alejandro. Ellos no tenían una buena relación, sin embargo, terminamos juntándonos los tres y musicalizamos la obra. Pero después, por distintas cuestiones, abandonamos el espectáculo y empezamos a ensayar en la casa de Alejandro un repertorio propio para tocar en boliches. Javier propone que ensayemos sus temas en castellano. Así se gestó, finalmente, Manal.
-¿Hasta entonces cantaban en inglés?
-Sí, por la influencia de los Beatles. Pero Javier ya venía muy decidido a componer en castellano. Tenía muchas ideas y quería transmitirlas de una manera que todo el mundo las entendiera. Para eso había que cantar en castellano. Él había estudiado detenidamente la fonética afro-inglesa del soul y del jazz y yo estaba muy embebido del blues porque me habían traído de Estados Unidos un montón de discos del género. Así que escuchaba mucho a Eric Clapton, John Mayall y Steve Winwood, los músicos que le dieron forma definitiva al rock-blues británico de los 60. Los primeros temas que ensayamos en castellano fueron “Qué pena me das” y “Para ser un hombre más”. Desde un principio la gente que presenció nuestros ensayos mostró asombro y nos alentó a seguir. Y ahí comprendimos que teníamos entre manos algo valioso y que valía la pena darle para adelante, más allá de los diferencias que ya existían entre nosotros.
-¿Por qué optaron finalmente por el nombre de Manal y no por el de Ricota, como se los conoció en un principio?
-Nosotros nunca nos llamamos así. Fueron otros los que se referían a nosotros de esa manera. Por alusión a Cream, el trio inglés que tenía grandes influencias de la música negra, con un guitarrista orientado hacia el blues y un cantante hacia el rhythm & blues, y un bajista virtuosísimo. Digamos que nos comparaban con ellos.
-¿Cómo se repartían el trabajo a la hora de la composición?
-El grueso de las composiciones de Manal es, de lejos, de Javier. Después está, por ejemplo, “Avellaneda Blues”, que lo compusimos entre los dos. Yo compuse primero la música y un bosquejo de la letra y en la fiesta donde conocimos a Jorge Álvarez, Pedro Puyó, Javier Arroyuelo y Rafael López Sánchez, es decir a los que formaron Mandioca, le mostré a Javier la base de “Avellaneda Blues” y ahí mismo y en sólo 40 minutos él compuso la letra maravillosa de la canción.
-A propósito de Mandioca, ¿la primera actuación en vivo de Manal fue en el concierto/ presentación del sello, donde Luis Alberto Spinetta decretó “la muerte de la música comercial”?
–Sí, el 12 de noviembre de 1968. Fuimos la punta de lanza. En cuanto a lo de Luis Alberto, eso es excesivamente anecdótico. Digamos que no decretó la muerte, pero sí la división entre lo que llamábamos música progresiva –porque aún no se le decía rock nacional- y la música complaciente. Obviamente esa otra música nunca murió; siguió existiendo y hoy, incluso, está más viva que nunca.
La separación de Manal
–¿Por qué se separó Manal después de tres años de existencia y de dos discos?
–Hay varias explicaciones. En principio, porque éramos un grupo de pares, es decir, un grupo donde todos teníamos el mismo peso, el mismo nivel. Éramos un grupo sin líder y la verdad es que así resultó difícil mantenerse en el tiempo. Es un mito aquello de que Manal tenía un líder, el que sostiene eso ignora cómo funcionaba el trío. Funcionábamos como un triunvirato, decidíamos todo entre los tres. Eso fue bueno por un tiempo, en el cual hubo un respeto mutuo y un gran amor por el resultado musical que lográbamos entre todos. Después sucedió que Javier, por consejo de su corte, de su entorno, empezó a demostrar que quería ser solista; algo que, en principio, no parecía descabellado porque, además de tocar la batería, él componía y cantaba y tenía presencia. Pero, claro, había un problema: él era como un gigantesco y maravilloso camión de gran potencia, sí, pero sin burro de arranque. Ojo, no digo esto como algo negativo o malicioso. Simplemente era así. Además, para pretender ser jefe hay que se impecable o por lo menos parecerlo. Y él no lo era.
-¿Entonces, cómo se desencadenó el final?
-La disolución se fue planteando por una pérdida de cariño entre nosotros y por una pérdida de afinidad. Cada uno construyó su castillo aparte y empezamos a pensar que existía más de una posibilidad en la vida, que el cartero llamaba al menos dos veces y no solo una. Pero, bueno, digamos que todo empezó con las actitudes de Javier.
-¿Terminaron bien?
-Terminamos... No se puede terminar bien. Es como la separación de pareja, salvo que nosotros éramos un trimonio. Siempre se termina más o menos. Yo quedé muy amigo de Alejandro, porque, además, su pareja (Ani) era socia de mi pareja (Sonia); trabajaban juntas. Nosotros quedamos en mejor relación, tanto es así que después continuamos juntos en La Pesada.
-¿Cuáles son tus temas favoritos del grupo?
-“Avellaneda Blues”, para empezar. Esta es prácticamente la única letra de Manal que no es introspectiva. El resto son todas hablando de mí, es decir, de Javier, que las escribía. Eran todas sobre su búsqueda de la identidad; en fin, todas canciones que hablaban de él. Unas pocas excepcionalmente hablaban de otros, como “Elena”, que se refería a una chica que trabajaba en una boutique; y también había otras de carácter moralista, como “No pibe” y “Jugo de tomate”. Pero en general, repito, eran introspectivas. La diferencia entre “Avellaneda Blues” y todas aquellas es que ésta es la primera acuarela del incipiente movimiento de rock nacional; y la primera canción que se compromete con un epicentro geográfico al que pertenecíamos, extremadamente bonaerense. Para nosotros “Avellaneda Blues” fue como “Saint Louis Blues” y “The Memphis Blues” para los norteamericanos.
-Y además de ese tema, ¿cuáles otros te interesan?
-Me gusta mucho “Informe de un día”. Es un tema con una descripción existencialista fantástica de una situación que conocí: Javier pernoctando en la casa de [el periodista] Pipo Lernoud, y viendo cómo la gente de los edificios circundantes se despertaba para ir a trabajar; o sea, cómo se preparaban para ir al matadero mientras él seguía divagando en la cama. Después, claro, me gustan también “Jugo de tomate” y “No pibe”.
-Después de Manal te convertiste en solista y diste rienda suelta a tu costado más pesado, ¿no?
-Sí, yo ahí me vuelco hacia un sonido más distorsionado y pesado. Te diría que el calificativo más apropiado para todo aquello es el de psicodelia. Porque mi primer disco solista (Claudio Gabis y La pesada, de 1973) es psicodélico, mientras que el segundo (Claudio Gabis, de 1974) es más bien formal o tranquilo. El primero está lleno de tomas uno, muy improvisadas. Y es allí cuando empiezo a componer y a cantar. Llegué a cantar dos temas porque, como estaba afónico, me dijeron que tenía voz de negro (risas). Pero claramente no canto bien, así que para qué insistir.
-¿”Boogie de Claudio” y “Blues de un domingo lluvioso” son los temas que más te representan de aquella época solista?
-Sí, pero también hay otro tema que me gusta mucho: “Más allá del Valle del Tiempo”. Porque en esa letra soy más poeta que relator. Es un homenaje a H.P. Lovecraft, y una creación donde, además, vuelco dos inquietudes mías de siempre: la ciencia ficción y el mundo de la fantasía romántica de principios del siglo XX.
-Hablemos de tus otras participaciones: en La Pesada y en los discos debut de Raúl Porchetto y Sui Generis.
-Bueno, la de Sui Generis fue especialmente emocionante porque toda la preparación de la grabación la hice con Charly. Me reuní con él, vimos los arreglos y también escribí el cifrado para Alejandro, que tocó el bajo. Me gustaba mucho lo que hacía Sui Generis. Yo los había ido a ver a un recital junto con Jorge Álvarez y luego, cenando los dos en mi casa, le dije: tenés que hacerlos grabar, van a matar. Y no me equivoqué, ¿no?
-¿Qué recuerdos tenés de aquella primera etapa del rock nacional, la fundacional?
-Son recuerdos muy lindos. Son recuerdos de un grupito de gente, 15 personas como mucho, que nos reuníamos seguido, nos respetábamos y nos nutríamos mutuamente. Con Luis Alberto, con los muchachos recién aparecidos, los de Vox Dei, con Moris, con Miguel Abuelo, con Pipo Lernoud y con algunos integrantes de Los Gatos. Pero no con Litto, porque para ese entonces él vivía más aislado, en su casa. Teníamos muchas cosas en común. Para empezar: el mismo objetivo, que era cambiar el panorama musical y la estética de lo que se hacía aquí. Nos unía el idioma como manera de expresión artística, y una sensación total de pertenencia y de complicidad. No te digo que creíamos estar fundando un movimiento, pero sí que estábamos iniciando un camino cuya dimensión y capacidad de expansión no podíamos adivinar en qué terminaría. La única certeza es que nos encontrábamos generando algo nuevo.
De regresos y desilusiones
-En 1980 Javier, Alejandro y vos volvieron a juntarse y grabaron un tercer álbum de estudio. ¿Cómo fue aquel regreso y por qué no continuaron después?
-El de 1980 fue un encuentro lleno de ilusiones, con la intención de poder continuar. Primero nos planteamos como un encuentro para hacer cuatro, cinco o seis conciertos en Obras Sanitarias y, quizás, alguno más en el interior, y cortarla. Después, como funcionó bien y nos gustó, sentimos y decidimos que podíamos seguir; por eso grabamos Reunión, que es un gran disco subestimado, hasta que reaparecieron todos los problemas que habíamos tenido antes.
-¿Y cómo fue entonces que los convencieron para reunirse nuevamente y hacer un show privado en 2014?
-Se debió, primero, a un trabajo psicológico muy inteligente del Corcho (Rodríguez). Y después a una buena oferta económica. Y también al ingenuo deseo de reconciliación que no resultó así. No teníamos la esperanza de que el regreso significara una continuidad laboral estable, pero sí de que entrañara una reconciliación, cosa que no pasó.
-En 1995 grabaste tu tercer disco solista, Convocatoria, rodeado de numerosos invitados, tanto de Argentina como de España. ¿Cómo lograste reunirlos a todos?
-Bueno, parece que me quieren, ¿no? (risas). Todo sucedió gracias a un gran trabajo mío y de Alejo Stivel, quien fue el productor del disco. Él convocó a la gente de España. Por ejemplo, convenció a Joaquín Sabina para que cantara conmigo un blues, algo completamente ajeno a su estética cotidiana. También sumó a Luz Casal, la extraordinaria cantante española. Después, entre ambos, reunimos a casi todo el espectro de grandes músicos argentinos, desde Ricardo Mollo y León Gieco hasta Charly, Fito, Calamaro y Alejandro Medina. Creo que terminó siendo el único trabajo discográfico que en tantas décadas logró reunir tantos músicos de una y otra orilla del océano atlántico, y de distintas generaciones. En el disco hay temas de Manal, sí, pero también algunos míos, revisitados, de mi etapa solista; y también varios nuevos. A los españoles les propusimos directamente todos temas nuevos, que los compuse yo junto con ellos.
-¿Te gustaría volver a editar un disco solista?
-Sí, pronto un sello independiente portorriqueño editará un disco que grabé en 1989, pero que nunca salió a la luz. Porque lo grabé para Music Hall y ese sello luego desapareció. Es todo instrumental y entre los músicos que participaron estaban Oscar Moro, Satragni, Rubén Rada, Daniel Colombres, Fernando Lupano, Fernando Samalea, Ricardo Ozán, Oscar Feldman y Sergio Villar. Incluye dos blues, dos tangos, tres temas de inspiración brasilera. Es casi jazzístico y se va a llamar Mudanzas.
-Sé que el año pasado enviudaste. ¿Te planteás ahora regresar definitivamente al país?
-No. El año pasado enviudé después de 56 años de relación, unos tantos como pareja y muchos otros como matrimonio. Pero no, no regresaría definitivamente al país. Porque ya estoy establecido en otro país, algo que me costó mucho lograr. Y además me gusta donde vivo. Regresar no sería un alivio, sino un volver a empezar, algo que ya no me puedo permitir a mi edad. Yo ya hice una vida en otro lugar, y estoy muy acostumbrado a él. Además mi hija y mi nieto viven ahí. Son mi familia más cercana y no pienso separarme de ellos. También tengo un hijo, pero vive en San Francisco, Estados Unidos. Mi lugar en el mundo es donde vivo hoy. Y, además, ya no puedo mudarme más. Creo que tener un tema que se llama “Mudanzas”, de 1989, y un disco que está próximo a salir que también se titulará así dice bastante, ¿no? Ya fueron muchas mudanzas. Quiero mucho a la Argentina, pero no podría soportar una mudanza más. Pero estas giras periódicas me permiten no perder el contacto con mi lugar de nacimiento, y con eso me contento.
-¿Y cómo te sentís cada vez que volvés al país?
-Lo que me pasa cada vez que regreso al país está reflejado en un tema que compuse hace muchos años, cuando volvía en micro desde Rio de Janeiro. La canción se llama “Bajando a Buenos Aires” y dice: “Voy bajando a Buenos Aires. Quiero ver qué pasa por ahí. Voy bajando a Buenos Aires. Quiero ver con mis propios ojos qué pasa por ahí. Las noticias son confusas. Aquí afuera nadie sabe qué decir. Unos dicen que mejora, otros dicen que está peor, otros dicen que es lo mismo. Y es por eso que ahora voy bajando a Buenos Aires. Quiero ver con mis propios ojos lo que pasa por ahí“.
Para agendar
Claudio Gabis en Argentina. Sábado 14, a las 22.30, en Mr. Jones Pub, Saavedra 399, Ramos Mejía. Miércoles 18, a las 20.30, en Cultura Wiphala, Perito Moreno 2843, Los Polvorines. Jueves 19, a las 21, en La Carbonera, Carlos Calvo 299, San Telmo.
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