La carne del Otro: obesidad, anorexia e inconsciente
El cuerpo humano es el territorio primario donde se disputa la existencia y se inscribe el lazo con el Otro. La medicina empieza a entender que las patologías desbordan el laboratorio para arraigar en la biografía. Es preciso dar un paso más: el organismo biológico es inseparable de ese espacio fenomenológico donde el contorno de nuestra identidad se define en una tensión constante con la alteridad.
El abordaje de la obesidad ha transitado del modelo puramente biológico hacia su comprensión sistémica. En este contexto, el reciente estudio Resistant and Refractory Obesity: The Complexity of Anti-Obesity Therapy Failure, de Nicze et al. (2026), resulta ejemplar en su integración de los determinantes farmacogenómicos y metabólicos con los factores de vulnerabilidad psicosocial, demostrando que el éxito de las terapias –incluyendo terapias de vanguardia, como los agonistas duales y triples de los receptores de incretinas– no depende solo del individuo sino también de su circunstancia. Al introducir formalmente el problema de los obstáculos –«sabotaje, alimentación forzada (feeder behaviour) y colusión»– que el entorno del paciente opone a los tratamientos, este nuevo estudio nos invita a explorar qué subyace a esas conductas. El presente ensayo intenta ser una aproximación a su origen inconsciente.
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Clínicamente, se observa que pacientes con anorexia restrictiva dedican mucho tiempo a elaborar alimentos hipercalóricos para otros (Ogden & Quirke-McFarlane, 2023), un mecanismo de goce vicario y proyección pulsional (el sujeto anoréxico desplaza la pulsión oral reprimida al cuerpo del otro, manteniendo el propio cuerpo a salvo). En la psicopatología del sabotaje alimentario, si esta conducta se da en una estructura no neurótica, la gravedad es mayor, pues los límites yoicos son débiles. No hay una frontera nítida entre Yo y No-Yo.
Estudio de un casoCon la esperanza de aportar una mirada que contribuya a evitar el fracaso terapéutico en los pacientes con obesidad resistente, presento (previa autorización de los interesados, y respetando su anonimato) un caso concreto. Se trata de una configuración clínica en extremo delicada, ya que el sabotaje del tratamiento médico del paciente obeso procedió de un miembro de su familia que padecía anorexia restrictiva severa.
La saboteadora era una joven de personalidad marcadamente esquizoide y su anorexia (de índole delirante o prepsicótica) estaba diagnosticada como «atípica o subclínica».
Epicuro y el jardín en el que floreció la filosofía
En este punto hay que precisar que, frente a la clásica anorexia histérica o neurótica, la anorexia que se asienta sobre una estructura esquizoide o una psicosis no desencadenada no opera en el registro de la metáfora, sino en el de la pura literalidad y la defensa existencial. Siguiendo las conceptualizaciones de Ronald Fairbairn sobre las estructuras esquizoides, el núcleo del conflicto no es la culpa o el deseo inconsciente, sino el terror primario a ser devorado, invadido o vaciado por el Otro.

Para nuestra joven esquizoide, la anorexia delimitaba un espacio de mismidad; la restricción alimentaria era un intento de autoconservación, y mantener el cuerpo al filo de la muerte, el precio de evitar la desintegración del Yo. El familiar obeso le ayudaba a conjurar su pánico a la fragmentación corporal (corps morcelé). Lejos de toda competencia neurótica por el afecto o el estatus fálico en el hogar, el sabotaje que inició para impedir que su familiar perdiera peso era un intento desesperado de impedir su propia disolución subjetiva.
La convivencia en el núcleo familiar había creado un equilibrio rígido y malsano. Carente de la unificación fálica de la metáfora paterna (forclusión del Nombre del Padre), la joven esquizoide tejió lazos simbióticos inconscientes con el Otro obeso para mantener su precaria estructura unida. Cuando ese Otro inició el tratamiento, su cambio activó el terror limítrofe de la joven a la fragmentación de su propio cuerpo. En ese punto emergió la conducta de sabotaje. Para precisar su naturaleza clínica se requirió un diagnóstico diferencial. El sabotaje fue acompañado por automutilaciones, ya que para la joven anoréxica la necesidad de mantener el sobrepeso del familiar obeso no era una expresión de rivalidad neurótica sino una defensa psicótica ante la caída en el abismo de la fragmentación de su Yo.
La personalidad esquizoide (Fairbairn, 1952) se defiende del lazo social debido al terror a la absorción o aniquilación. Para nuestra joven anoréxica, que su familiar cambiara era un peligro de muerte porque su identidad se sostenía en parte en una oposición especular. El analista tuvo que ofrecer con su presencia un sostén ortopédico para el cuerpo que se deshacía: su voz modulada, su mirada atenta sirvieron de contorno para unir los «pedazos» de (la experiencia de) la joven, manteniendo la distancia para evitar que la transferencia se volviera persecutoria. Se trató de enseñarle que era posible un vínculo humano que no destruyera ni fuera destruido por la alteración de los cuerpos.
Más allá de su peculiaridad, considero este caso particularmente ilustrativo, ya que muestra que, en ocasiones, algunas reacciones del entorno pueden venir de sustratos muy profundos.
ConclusiónEl análisis de este caso revela que los fracasos terapéuticos en los tratamientos de la obesidad resistente descritos por Nicze et al. (2026) no pueden ser comprendidos de modo puramente individual o biologicista. Cuando el sabotaje proviene de un entorno con psicopatologías graves, se deben evitar las amonestaciones morales sobre la «falta de voluntad» del paciente obeso o el «egoísmo» de sus seres queridos. Intervenir en tales escenarios exige reconocer que la curación de la obesidad de un miembro del núcleo familiar puede conllevar la desestabilización de otros. Se debe brindar soporte psicoterapéutico intensivo.
En última instancia, este caso devela que la curación de las afecciones del cuerpo no es un acto solitario, sino que afecta a todo un sistema. Si, como señala la fenomenología, somos a través del Otro, el cambio corporal puede ser vivido como un cataclismo identitario por uno mismo y por los demás. Corresponde al terapeuta albergar la fragmentación y enseñar que es posible habitar un vínculo sin que la alteración de los cuerpos suponga la disolución del Yo. Desarticular el fracaso terapéutico requiere abandonar las condenas moralizantes para abrazar una ética de la hospitalidad clínica, capaz de escuchar en el síntoma orgánico las profundas demandas del ser.
Referencias Anzieu, D. (1985). El Yo-piel. Biblioteca Nueva.
Aulagnier, P. (1975). La violencia de la interpretación: Del pictograma al enunciado. Amorrortu Editores.Fairbairn, W. R. D. (1952). Psychoanalytic Studies of the Personality. Routledge & Kegan Paul.
Lacan, J. (2009). El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica. En Escritos 1 (pp. 99-106). Siglo XXI Editores.
Lacan, J. (1999). El Seminario. Libro 3: Las psicosis (1955-1956). Paidós.
Lacan, J. (1994). El Seminario. Libro 4: La relación de objeto (1956-1957). Paidós.
Nicze, M., Borówka, M., Dec, A., Bułdak, Ł., Bołdys, A., & Okopień, B. (2026). Resistant and Refractory Obesity: The Complexity of Anti-Obesity Therapy Failure. International Journal of Molecular Sciences, 27(6), 2539.
Ogden, J., & Quirke-McFarlane, S. (2023). Sabotage, Collusion, and Being a Feeder: Towards a New Model of Negative Social Support and Its Impact on Weight Management. Current Obesity Reports, 12(2), 183–190.
*Max Polack (Buenos Aires, 1994) es licenciado en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA), aprendiz en diversos seminarios dedicados a la enseñanza del psicoanálisis, de las ideas de Jacques Lacan y de sus desarrollos posteriores, y eterno librero itinerante en Puán. Colabora ocasionalmente con medios como El Suplemento Cultural de ABC Color (Paraguay), donde ha publicado artículos sobre la forclusión lacaniana y las escuelas filosóficas de la época helenística, entre otros temas.
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