El incuestionable
Sin embargo, sin aviso ni debate, según personas de su entorno más cercano, Prieto decidió renunciar antes de jurar, lo que cambia totalmente el tablero político. Esto implica que quien asuma la banca no sea su suplente, sino que se corre la lista de candidatos más votados, lo que terminó favoreciendo a Griselda Figueredo, esposa del amigo de Prieto, Hugo Benítez.
Muchos referentes de Yo Creo, fundadores del partido y personas muy cercanas a Miguel Prieto, no se guardaron nada e incluso lo calificaron de traidor. Cuestionaron que el propio equipo político había pedido a Alejandro Martínez que no se postulara directamente para el cargo, sino que aceptara ser suplente, con la promesa de que asumiría al poco tiempo.
Si bien se trata de una cuestión interna que seguramente intentarán subsanar en poco tiempo, la decisión de Prieto dice mucho de una persona que, pese a asumir un compromiso público, falta a su palabra y decide por encima de su equipo. Si no puede mantener su promesa con las personas que lo apoyaron y sostuvieron durante años, ¿qué garantías hay de que cumplirá sus promesas con la ciudadanía? Cuanto menos, genera dudas.
Estas actitudes dejan mucho que desear de quien se presenta como un líder de la oposición y como un salvador del pueblo.
Así como no se pueden negar las mejoras que trajo la alternancia en la administración de Ciudad del Este, tampoco se pueden desconocer sus fallas. No es perfecta.
Lastimosamente, a este equipo político siempre le costó reconocer sus errores. Cada vez que se cuestiona a Prieto, aparece una fila de aduladores que acusan y menosprecian a los ciudadanos que osan cuestionarlo. Es como si no se admitiera la crítica, y en eso contribuyen muchos miembros de su equipo.
La propia presidenta de la Junta Municipal, Valeria Romero, dijo que “nadie puede cuestionar” la decisión de Miguel Prieto. No podría haber una expresión más autoritaria. Es como si Prieto fuera incuestionable. Supongo que habla como su pareja y no como concejal, y mucho menos como integrante de un equipo político. Mezclar estas cuestiones no siempre da buenos resultados.
Hay que tener memoria de cómo el último clan familiar que se adueñó de la ciudad se mantenía escudado por una horda de violentos defensores que incluía a turbas, dirigentes y hasta periodistas alquilados, quienes tildaban de agitadores sociales y vándalos a cualquiera que se animara a criticarlos.
No podemos caer en lo mismo. Se reconocen las mejoras y las buenas obras de la era de Yo Creo, liderada por Prieto, pero de ninguna manera se puede aceptar que sea incuestionable.
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