Bonitos hijos de perra
Cómo vas a estafar a los pobres. Cómo les vas a robar sus ahorros a los jubilados. Eso ni siquiera es ser un ladrón. ¡Qué digo! Ni siquiera es ser un gusano o una cucaracha. ¡Qué tiempos estos en que hasta los ladrones son tan poca cosa! Hablemos de grandes ladrones, dignos de tal nombre, de arrojados asaltantes, de indomables criminales, de rebeldes audaces cuyas botas ningún pobre tecnócrata es digno de lamer. Hablemos de poetas que vivieron al margen de la ley.
La industria blanca de los sueños negros
Hablemos de esos dos jóvenes atrevidos cuya luna de miel fue una vertiginosa ola de asaltos que sacudió como una ráfaga de libertad y locura el gris y desolado paisaje de la Gran Depresión. Él tenía 24 y ella 23 años el día que los mataron a balazos. Nos dejaron, entre otras cosas, un viejo cuaderno verde con poemas:
No queremos hacerle daño a nadie,
pero tenemos que robar para comer.
Y si hay que disparar para vivir,
pues entonces así tendrá que ser.
No he podido traducir los encantadores errores ortográficos del inglés de Clyde («We donte want to hurt anney one / but we have to Steal to eat. / and if it’s a shoot out to / to live that’s the way it / will have to bee»), pero al menos creo poder demostrar que la poesía siempre ha florecido fuera del orden: antes que Bonnie Parker y Clyde Barrow, asaltantes de bancos, Charles Earl Boles, asaltante de diligencias, se ganó el sobrenombre de Black Bart the Poet:
Durante largo tiempo trabajé por el pan,
por el honor y por las riquezas,
pero me habéis pisado demasiado los callos,
bonitos hijos de perra.
«I’ve labored long and hard for bread, / For honor, and for riches, / But on my corns too long you’ve tread, / You fine-haired sons of bitches». A diferencia de Bonnie, Clyde y Black Bart, ni Joaquín Murrieta, «el Robin Hood mexicano», ni Louis Mandrin, «el Robin Hood francés», que yo sepa, escribieron versos, pero sí los inspiraron. Murrieta, en corridos. Mandrin, en chansons:
Compañeros de miseria,
id a decirle a mi madre
que no me volverá a ver.
Soy solo un niño, ¿entendéis?
Que no me volverá a ver.
Soy solo un niño perdido.
«Compagnons de misère, / Allez dire à ma mère / Qu’elle ne me reverra plus. / J’suis un enfant, vous m’entendez… / Qu’elle ne me reverra plus, / J’suis un enfant perdu»...

Louis Mandrin fue torturado y ejecutado en la plaza pública de Valence el 26 de mayo de 1755. Joaquín Murrieta fue decapitado, y su cabeza, exhibida por un dólar hasta que se perdió en 1906 durante el terremoto de San Francisco. A Bonnie Parker y Clyde Barrow la policía les tendió una emboscada y los acribilló a balazos la mañana del 23 de mayo de 1934. Black Bart resultó herido al asaltar una diligencia en 1883 y terminó en prisión. Su rastro se pierde –quizás muere– pocos años después. Aquel último asalto –que puso fin a sus aventuras– fue un 3 de noviembre, como el martes pasado, fecha desde ahora doblemente triste en Paraguay, por ser el aniversario de nacimiento de Alfredo Stroessner y por ser el día en el que los casi tres millones de usuarios de Ueno Bank amanecieron sin acceso a su dinero.
La cancelación de Macklemore, el capitalismo de conglomerados y una ingrávida criatura financiera
«¿Qué es asaltar un banco al lado de fundarlo?», preguntaba MacHeath en La ópera de los tres centavos (Die Dreigroschenoper), de Bertolt Brecht. Ya alertamos en septiembre en estas páginas sobre la bancarización masiva, herramienta de control y de minería de datos, y ya recelamos aquí de la despolitizada estética fintech de un ecosistema «cuya liquidez –según informes oficiales de la Contraloría– se financia con fondos públicos del Estado y ahorros de los asegurados del IPS» (1). Detrás de la aparente sofisticación financiera y el argot pseudocientífico de los economistas de turno se agazapaban los viejos favores políticos y los mismos pactos espurios de siempre: «El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa» (2). Hoy nos queda añadir que en las marginales vidas y trágicas muertes de los bandidos que acabamos de recordar hay más dignidad que en las plácidas existencias impunes de los niños bonitos con másteres de Harvard; que asaltar un banco a punta de pistola requiere mucho valor, y que para robar a los pobres desde el poder solo se necesita cobardía.
Notas (1) «La cancelación de Macklemore, el capitalismo de conglomerados y una ingrávida criatura financiera». El Suplemento Cultural de ABC Color, 20/09/2026.
(2) Marx, K., y Engels, F. (1981). Manifiesto del Partido Comunista. Editorial Progreso.
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