Tener lámpara y llevar el aceite
El Señor nos cuenta una parábola más, en la que señala algunas características de su Reino y cómo hemos de participar en él. Normalmente, es conocida como: “Las jóvenes necias y las prudentes”.
La historia narra que ellas deben estar atentas, pues el “novio” –un personaje importante– está por llegar y hay que prepararse para este encuentro.
Para nosotros, la parábola indica la necesidad de una vigilancia activa y responsable, ya que el “novio”, es decir, el encuentro con el Señor, puede producirse en cualquier momento: hay que estar preparados.
La actitud de todo cristiano debe ser la de considerar que Cristo puede llamarnos en el instante menos pensado para pedirnos cuentas de nuestra vida. Cada cual responde por sus palabras, pensamientos, obras y omisiones. En la balanza divina se pesa lo bueno y lo malo de todo ello.
En este ínterin existen dos comportamientos posibles: ser necio y tavyrongo, o ser prudente y arandu.
El necio es aquel que ni siquiera tiene en cuenta la posibilidad de encontrarse con el Señor; se entrega a la farra y la butifarra, vive dominado por un materialismo egoísta y no tiene reparos en robar y estafar a los demás.
El prudente, por el contrario, actúa de otra manera, pues sabe que nuestra vida está sostenida por un hilo que puede romperse en cualquier segundo; y vemos que esto realmente ocurre.
Ser sabio y aguardar la venida del Señor significa vivir con noble fidelidad y en una espera amorosa. Esta fidelidad se expresa en varias dimensiones: en la fidelidad matrimonial, en el compromiso con los estudios, en el trabajo realizado honestamente y en una participación gozosa dentro de la propia comunidad.
Es una espera dinámica, propia de quien lucha por vencer sus malas inclinaciones, se esfuerza por tener un ideal honroso y trabaja para alcanzarlo. El simbolismo de la parábola consiste en tener la lámpara y llevar consigo el aceite.
“No llevar aceite” expresa la falta de una fe bien cultivada, de actitudes equitativas y de compromiso con el bien común del país. También representa la irresponsabilidad, que acarrea duras consecuencias, como lo muestra la narración. Quien no abre su alma al Señor puede encontrarse con la puerta cerrada y escuchar el amarguísimo veredicto: “Les aseguro que no los conozco”.
En verdad, es uno mismo quien se autoexcluye por su negligencia, sus vanidades y su falta de iniciativa.
Paz y bien
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