De viaje con Kiko Veneno: “Soy pesimista con el mundo, pero mi actitud vital es seguir poniendo rumba”
Al otro lado del ventanal, el cielo es de un azulado veraniego y una balsa flota despreocupada en un mar en calma de la playa de la Barrosa mientras Kiko Veneno (Figueres, Girona, 74 años) coge la guitarra. En el camerino del Náutico de San Vicente, hay una anarquía propia de una revolución. Entre el ruido de vasos, las conversaciones cruzadas de agosto en vacaciones y los nervios entusiastas de músicos y personal minutos antes de empezar el concierto, los primeros acordes se abren paso mientras los rayos de sol parecen reír en ese pelo blanco platino. Sentado en el sofá, en mitad de la algarabía, Veneno se pone a cantar ‘I’m Sleeping’. Con esa voz rumbosa, a medio camino entre el gracejo andaluz y la calle barcelonesa, la canción de The Beatles surge como irreal. Todos van dejando de hablar y, atraídos por la música, buscan candela en la lumbre de la guitarra. Veneno canta, sonríe y mira por la ventana mientras rasga las cuerdas. Ahí, en ese mismo momento, como un trovador que hubiese de ganarse la atención de extraños, cobran sentido las palabras que dijo la noche anterior durante una cena regada de vino blanco y presidida por unos enormes percebes. “Los músicos somos anarquistas subterráneos”, señaló. Sentado a su izquierda, su amigo, el artista plástico Miquel Barceló, asintió con la cabeza y rellenó las copas medio vacías cuando Veneno remató: “Todo nuestro arte no necesita de medallas ni instituciones, sino de encontrarse con la gente corriente y aportarles algo positivo a través de las canciones”.
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