EU y México: ¡No kings!
Uno de los ángulos más interesantes del fenómeno electoral reciente en Estados Unidos es el triunfo no solo del partido demócrata sino de la actitud “No kings”.
Esta expresión denota la mentalidad y el movimiento social y político en favor de la tradición democrática pluralista, el mercado libre responsable, los derechos individuales y colectivos, la división de poderes y el control constitucional judicial en ultima instancia mediante jueces independientes e independientemente de su forma de nombramiento. Es decir, el nuevo progresismo.
Este se opone al megacapitalismo con ultrapobreza. A la exclusión o discriminación de las personas, o bien, al armamentismo y las guerras injustificadas, así como a la explotación insostenible del planeta.
Identificar al gobierno Trump y sus aliados como los “reyes” de hoy, absolutistas posmodernos, “tecnofeudales”, digamos, ha rendido resultados electorales ayer impensables.
Que los “reyes” traten de justificarse en la salvación de la patria o en su pretendida superioridad étnica o moral es antimayoritario y contrafáctico.
El siguiente capítulo de esa historia consistirá en afianzar las propuestas del socialismo democrático y hacer efectivas las garantías constitucionales, precisamente en esas dimensiones económicas, sociales y culturales, lo que la coalición Trump se apresta a contrarrestar.
La pregunta comparativa es obligada: ¿y México?
La historia social, política y constitucional de México ha sido a favor de “No kings”.
En breve:
De Hidalgo a Morelos, el primer Santa Anna, Victoria o Guerrero durante la Independencia y frente a Fernando VII o Iturbide y sus corporaciones.
De Gómez Farías a Álvarez, Comonfort. Juárez o el primer Díaz durante la Reforma y contra el segundo Santa Anna o Maximiliano.
De los Flores Magón, Madero, Zapata, Villa o Carranza ante el tardío Porfirio Díaz o Victoriano Huerta en el tiempo de la Revolución.
De los movimientos de electricistas, médicos, estudiantes, maestros, campesinos o indígenas frente al “monarca sexenal” priista clásico, o bien, posclásico, este último el de la transición democrática tutelada, que se coaligó con las élites cada vez más conservadoras y alejadas de las mayorías populares.
En todos esos casos, el mexicano “No king” ha devuelto a la nación, a pueblos y comunidades, a la gente del común, mediante movilizaciones y reformas electorales y políticas obligadas, los derechos que se les habían expropiado usando fórmulas constitucionales y prácticas políticas abusivas.
Ahora bien, la pulsión por el “Si King” está latente en la cultura política tradicional. Dejar bien claro quiénes y cómo la cultivan es clave para no traicionarnos.
En México significa no a Fernando VII, Iturbide, el segundo Santa Anna, Díaz o Huerta, no al monarca sexenal, la dictadura o la dictablanda.
Exige sí a la madurez de la constitución poliíica, social e intercultural sustentable y de género. Sí a la democracia del pluralismo, la diversidad y la participacion activa de personas, pueblos y comunidades; de todas y todos hasta que se convierta en una forma de vida cotidiana.
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