Periodismo cultural, música y ópera I
El periodismo cultural mexicano tiene más de 200 años de existencia. Su importancia ha sido y es crucial para conocer y comprender el tiempo del México independiente, sus revueltas y transformaciones hasta el presente. Desafortunadamente, desde hace algunos lustros los suplementos culturales en revistas y la sección cultural de los periódicos han ido desapareciendo o al menos menguando su importancia, y con ello, también desaparecen el periodismo cultural y sus periodistas especializados en reseñas, crónicas, críticas, ensayos en torno a las diversas representaciones culturales y artísticas de nuestro tiempo. Lo rescatable, para aminorar la pérdida, es la aparición de sitios digitales independientes o colectivos que continúan con esa labor bicentenaria.
En la semana reciente, ha fallecido uno de los periodistas culturales más destacados de las últimas cinco o seis décadas, Humberto Musacchio. Su presencia en los medios ha sido permanente (también ha fallecido en la semana Carlos Albert, un periodista dedicado a la crónica y el análisis del futbol, que también es cultura; coincidentemente, ambos a los 83 años de edad). De acuerdo a la Enciclopedia de la Literatura en México, Musacchio ejerció como jefe de las secciones culturales de El Universal y Unomásuno y jefe de redacción de este diario; subdirector fundador de La Jornada; director de las revistas Kiosco y Mira; y director de Comala, suplemento cultural del diario El Financiero. Escribió también en Siempre! y Reforma, entre otros medios.
Es autor de diccionarios enciclopédicos e historias gráficas, además de sus obras más personales, sin embargo, me parece necesario destacar sobre todo, la coordinación de México: 200 años de periodismo cultural, publicado en II tomos por Conaculta en 2013. En la reciente maestría en Literatura Mexicana Contemporánea que he estudiado en la UAM Azcapotzalco, en una de las UEA’s (Unidad de Enseñanza-Aprendizaje) realicé una exposición sobre el periodismo cultural y la crónica en la que Musacchio necesariamente aparece. Coordiné la exposición “La crónica y el periodismo cultural en México”, en la que otros compañeros hablaron del periodismo cultural la literatura y el cine; yo hablé en torno a la música y la ópera. Comparto mis reflexiones en dos partes.
I. Anacronismo y tempestividad
La crónica y el periodismo cultural, como una de sus posibles expresiones, no construyen historia de manera deliberada pero contribuyen a su conformación cuando los registros de ayer o mañana son revisitados por el investigador, el ensayista, el lector, ya sea en la hemeroteca o en las compilaciones y antologías en que algunos autores tienen la fortuna de ver materializado su trabajo cuando aún están con vida o postmorten (e incorporemos las virtudes presentes del PDF gratuito). Y es que la crónica es tiempo en cierta manera recuperado. Tanto en su expresión inmediata como en la vastedad del tiempo; y esto vale para el cronista oficial (de ciudades, municipalidades, pueblos) como para el independiente, el periodístico, el literario.
Y acaso la crónica y sus distintas manifestaciones sean más propiamente el síntoma de un anacronismo, el estado de salud, de ánimo no necesariamente enfermo de un tiempo concreto. De una manifestación –en nuestro caso artística y/o literaria– en los términos de Georges Didi-Huberman, que plantea que sólo existe historia anacrónica, aquella que se construye no linealmente, que corresponde a todos los tiempos de manera compleja. Así, “el saber histórico debería aprender a complejizar sus propios modelos de tiempo, atravesar el espesor de memorias múltiples, tejer de nuevo las fibras de tiempos heterogéneos, recomponer los ritmos a los tempi dislocados” (Georges Didi-Huberman. “Sólo hay historia de los anacronismos: el síntoma”. En Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes. Adriana Hidalgo Editora, 2011, p. 62).
Pues bien, la crónica cumple esta complejidad aunque no la busca de manera deliberada sino que resulta espontánea (excepto quizá en la crónica oficial), al hacer el registro de los eventos temporales de distinta naturaleza. Estas características se cumplen en la crónica y en el cronista que hace de su ejercicio una actividad que es útil en el presente pero puede serlo más aún en el futuro, cuando sus productos se presentan como un síntoma que viene del pasado para el conocimiento del mismo (pasado artístico) alterando las visiones planas, lineales de la investigación y la historia formal. Ese registro del cronista ofrece amplitud, ramificación, profundidad de perspectiva, tempos y dinámicas heterogéneos (dos conceptos musicales); además de goce estético.
Y aunque la crónica tiene un origen histórico literario –contar los acontecimientos de la guerra entre aqueos y troyanos o los viajes de Marco Polo, por ejemplo– y tiene un sentido cronológico, el cronista no necesariamente procura un orden secuencial, pues al contrario del historiador ideal, digamos, realiza una interpretación personal de lo “cronicado” después de haber elegido lo que le parece óptimo de ser contado. Apunta la cronista Estela Ortiz Romo, “si en la estricta redacción de un hecho histórico, el autor debe eliminar cualquier rasgo de subjetividad y atenerse de modo excluyente a cualquier toque personal (recordar que la Historia es una ciencia), por el contrario, en la crónica, es el autor quien decide el recorte que realizará en su relato, los detalles que elige para narrarlo y en definitiva, el sello que le impondrá a través de un lenguaje más expresivo. La interpretación de los hechos, es lo que da sentido a la crónica, es así que el cronista se involucra, recorta y selecciona impresiones y le permite al lector sumergirse en los acontecimientos que se relatan, compartir de algún modo, experiencias subjetivas y dejar sentir una cierta complicidad y confianza entre quien escribe y quien lee” (Estela Ortiz Romo. “La crónica: lo que es y lo que no es”).
Desde esta complejidad y/o problematización espontánea o deliberada del cronista, desde la riqueza no lineal de la crónica se comprende mejor la propuesta de Didi-Huberman para el historiador que debiera estar atento a los síntomas de ese anacronismo que es la historia.
Podríamos agregar en este punto también, en el sentido nietzscheano (expuesto por Barthes y retomado por Agamben), cierta intempestividad en el cronista: la capacidad de verse externo a su propio tiempo para mirar otros tiempos y así ser contemporáneo de todos los tiempos y tener una suerte de cosmovisión, vivir una experiencia sub specie aeternitatis al momento de “cronicar”. Esto, naturalmente, se traduce en una crónica de mayor profundidad y acaso de mayor calidad literaria.
Nota: buscando una interpretación musical que hablara sobre la cultura, encontré la canción “La cultura es la sonrisa”, del cantautor argentino León Gieco que, en términos sencillos y populares, establece el sentido de la cultura, al menos para Latinoamérica al decir:
“La cultura es la sonrisa que brilla en todos lados
en un libro, en un niño, en un cine o en un teatro…
¡Ay, ay, ay que se va la vida mas la cultura se queda aquí!”


Héctor Palacio en X: @NietzscheAristo
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