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08/11/2026 05:22

Devociones perdidas

Inicio esta página con una interrogante: ¿las personas de antes eran más devotas que las de hoy? Si juzgamos prima facie, me parece que sí; los templos lucen cada vez más vacíos y las prácticas piadosas y de devoción poco a poco van desapareciendo. No entraré en cuestiones dogmáticas o históricas, y menos aún de tipo axiológico, pero vivimos en un mundo más secularizado. En Europa, muchos templos han tenido que cerrar al culto y ahora se utilizan como espacios culturales, sedes de conciertos, conferencias y eventos particulares, abandonando los propósitos para los cuales fueron construidos.

En la Guadalajara que tenía sus calles empedradas era mucho más frecuente la asistencia de los fieles a los distintos templos y parroquias, porque las prácticas piadosas y las devociones eran inculcadas desde el seno familiar, transmitidas de generación en generación. Había otro factor muy importante: la cercanía entre las casas y los templos, porque precisamente los barrios y las colonias se caracterizaban por tener uno, lo que ahora no siempre sucede.

Así, entre semana se iba a misa temprano por la mañana y por la tarde se regresaba para el rezo del santo rosario. Era una devoción mariana cada vez menos frecuente en el seno de las familias. En velorios a los cuales he asistido recientemente no hay quien se ofrezca a encabezar el rezo, porque nadie se atreve a dirigirlo, por ignorancia o tal vez por vergüenza, lo que antes no sucedía porque se rezaba prácticamente un rosario tras otro.

En el colegio nos llevaban cada quince días a misa. En mi caso particular, íbamos al templo de Nuestra Señora del Pilar, que estaba justo al otro lado, en la esquina de las calles Parroquia y Madero, y eso influyó también en mi devoción adulta. Y si en las escuelas, respetando el laicismo, no se lleva a cabo esa práctica, las familias de entonces acostumbraban “oír misa entera los domingos y fiestas de guardar”. Sí o sí, todos los niños teníamos que ir a misa y no solo eso, sino hacerlo con mucho respeto. A pesar de que la celebración litúrgica era en latín, nuestros papás nos iban guiando en el significado de las oraciones y de todo el ceremonial que implicaba.

En mayo era tradicional llevar a las niñas por las tardes al templo a ofrecer flores a la Santísima Virgen, y en junio los niños íbamos a hacer lo mismo, pero en honor al Sagrado Corazón de Jesús. Todos íbamos de blanco riguroso, bien peinados, porque íbamos a la casa de Dios —así nos decían nuestros padres—, a donde había que acudir limpios de cuerpo y alma.

Se entregaba a cada niño una gladiola blanca y, por el pasillo central, íbamos hacia el altar en procesión mientras se escuchaban cantos y rezos. Regresábamos a nuestro lugar por los pasillos laterales para recibir otra gladiola y volvernos a formar. Así sucedía en cada uno de los misterios. El olor a flores invadía todo el templo y yo me imaginaba que así serían los efluvios del cielo. Cuando nos tocaba la bendición con el Santísimo Sacramento, al terminar el rosario el fin de semana, regresaba a mi casa con mucha alegría y paz en el corazón, con el olor a incienso impregnado en mi ropa.

Desde que se abrían las puertas del sagrario se escuchaba “Bendito, bendito, bendito sea Dios, los ángeles cantan y alaban a Dios”, mientras todos permanecíamos arrodillados. En cambio, hoy, cuando los ministros de la comunión reciben al final de la misa el viático para llevarlo a los enfermos, hay personas que no solo no cantan, sino que se ponen a platicar dentro del templo, mostrando una total falta de respeto, algo que ni esperanzas de que sucediera antes.

En casa de ustedes, mis padres nos enseñaron a dar gracias a Dios por los alimentos cada vez que nos sentábamos a la mesa y a pedirle por aquellos que no tenían nada para comer, algo que, por mi parte, he sabido transmitir a mis hijos y nietos.

He percibido que, en más de una ocasión, me han observado con extrañeza en algún restaurante cuando hacemos una pequeña oración, ya sea al ir con mi familia o en silencio cuando voy con algún amigo a desayunar. Pero así fue como me educaron, en el seno de una familia cristiana, respetando obviamente la libertad de creencias que se encuentra reconocida en nuestro país conforme a los artículos 24 y 130 de la Constitución y teniendo presente aquello de que “el que me niegue delante de los hombres, yo lo negaré delante de mi Padre”.

Años atrás, antes del Concilio Ecuménico Vaticano II, concluido en 1965, era común ver a las mujeres entrar a los templos con una mantilla, una pañoleta o un chal para cubrirse la cabeza en señal de respeto. Los hombres que usaban sombrero invariablemente se descubrían la cabeza al ingresar. Incluso, cuando uno pasaba frente a un templo, al menos se santiguaba, y los varones se quitaban el sombrero. Costumbres y tradiciones de antes.

Cuando fallecía alguien del barrio, todos los vecinos daban el pésame y acompañaban a los deudos en los momentos de dolor y soledad. Una muestra de solidaridad era que abrían una sola hoja de las puertas de las casas más cercanas, así como un solo postigo de la ventana, en señal de luto.

En la casa donde vivía el difunto se colocaba un moño negro en la puerta principal. Se repartían esquelas, que eran unas pequeñas tarjetas impresas, me parece que en papel opalina, ribeteadas de negro y que se entregaban en las casas de los vecinos para comunicarles el deceso, independientemente de las tradicionales esquelas que se publicaban en el periódico.

Las esquelas de las que les platico eran entregadas por miembros de la familia o por niños que se ofrecían a llevarlas a las casas de vecinos, amigos y familiares. Nos daban unas moneditas a cambio, a veces sin saber nosotros la trascendencia de las noticias que llevábamos en la esquela, pero conscientes de la sorpresa y la tristeza de quienes las recibían.

Muchas familias acostumbraban velar a sus difuntos en sus propias casas. Había agencias funerarias que ofrecían sus servicios en capillas, pero era más común hacerlo en los hogares, donde además se rezaba un novenario de rosarios y la gente asistía a todos, no solo a los primeros.

Tiempo después cambiaron las cosas: se hacía un triduo de misas y pasó lo mismo; a la primera misa iban muchos, a la segunda menos y a la última casi nadie. La devoción se va perdiendo poco a poco.

Cuando pasaba la carroza fúnebre, los varones que estaban en la calle se quitaban el sombrero. Si íbamos en nuestro vehículo y nos topábamos con un cortejo, invariablemente apagábamos el radio, disminuíamos la velocidad y le cedíamos el paso, además de hacer una pequeña oración por el fallecido y sus deudos. Mi papá me enseñó aquel rezo tradicional: Réquiem ætérnam dona eis, Dómine, et lux perpétua lúceat eis. Requiéscant in pace. Amén. Traducido al español: “Concédeles, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua. Descansen en paz. Amén”.

Muchas prácticas de devoción o de piedad se han ido perdiendo con el paso del tiempo. Por ejemplo, era común que en nuestro periódico EL INFORMADOR aparecieran pequeños avisos en un recuadro que decía: “Católico: recuerda que mañana es viernes primero”, porque estaba muy difundida la práctica devota de los primeros viernes de mes.

La devoción de los nueve primeros viernes consecutivos data de hace muchos años y era una práctica piadosa de los católicos, iniciada en Francia por santa Margarita María Alacoque, a la que se atribuyen numerosas gracias. Las novenas también están casi en desuso; les he preguntado a algunas personas y no saben siquiera qué son.

También era una práctica común ir a misa de las doce del día, el primero de cada mes, en honor de la Divina Providencia. Hoy es más difícil acudir entre semana por el trabajo y los compromisos y, como decía antes, por la distancia a los templos cercanos a nuestra casa. Lo mismo sucede con la pertenencia a diversas cofradías, como la de la Vela Perpetua, la Medalla Milagrosa y la Adoración Perpetua. Parece que cada vez nos alejamos más de aquello que nos fue inculcado por nuestros padres y abuelos.

Por supuesto que, como decía antes, confluyen muchas cosas. Una de ellas, evidente, es el cambio sustancial de horarios y costumbres de la ciudad debido a su natural crecimiento. Antes, oficinas y comercios abrían a las nueve de la mañana, cerraban a las dos de la tarde, abrían nuevamente a las cuatro y cerraban a las siete de la noche, de lunes a viernes, y había más tiempo.

Cobra actualidad aquella célebre homilía pronunciada por el cardenal Pietro Parolin el primero de enero de 2021, en ausencia de su santidad el Papa Francisco, durante la festividad de María Santísima, en la que expresó una frase contundente: “María, enséñanos a encontrar tiempo para Dios y para los demás”, porque, la verdad, tenemos tiempo para todo, menos para Dios y para nuestros prójimos.

Como siempre, les quedo muy agradecido por su lectura y sus mensajes. Aquí, en EL INFORMADOR, nos encontraremos, Dios mediante, el próximo domingo. Los espero con café, bísquets, mantequilla y mermelada de fresa. Dense tiempo para Dios y sus prójimos.

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