La historia del papamóvil: de su primer uso a las adaptaciones argentinas que trasladaron al Papa en sus visitas
El papamóvil es mucho más que un vehículo tradicional, su particular diseño, con una plataforma elevada y una estructura que permite que el Papa sea visto por las multitudes, lo convirtió en una de las imágenes más reconocibles de cada visita pontificia. De hecho, en la actualidad resulta difícil pensar en una visita papal sin su característico vehículo.
Ahora bien, los modelos tal como los conocemos hoy tienen poco que ver con los primeros. Su historia está marcada por los avances tecnológicos, las necesidades de seguridad y una búsqueda constante de acercamiento a los fieles.
Antes de que existiera el papamóvil tal como lo conocemos hoy, las máximas autoridades de la Iglesia católica ya contaban con vehículos oficiales para sus traslados. Uno de los primeros modelos especialmente destinados a ese uso fue un Mercedes-Benz Nürburg 460 Pullman, fabricado en 1930 para Pío XI. Era una limusina cerrada, pensada para los desplazamientos protocolares, muy distinta de las unidades abiertas que luego permitirían al pontífice saludar y acercarse a los fieles.
El concepto de papamóvil moderno comenzó a tomar forma varias décadas después, hacia fines de los años 70. A partir de entonces, los vehículos empezaron a adaptarse a una función diferente: trasladar al Papa en actos multitudinarios y permitir que el público pudiera verlo durante sus recorridos.
Según los Musei Vaticani (Museos Vaticanos), el primer vehículo que puede considerarse un papamóvil fue un Toyota Land Cruiser blanco que apareció después del Jubileo de 1976. Pablo VI lo utilizó ocasionalmente para realizar recorridos breves y acercarse a las multitudes, aunque todavía no se lo identificaba con el nombre que adquiriría años después.
Juan Pablo II adoptó rápidamente este formato, porque entre los primeros modelos que utilizó se destacó el Fiat Campagnola, un todoterreno que quedó asociado a uno de los episodios más dramáticos de la historia reciente del Vaticano.
El 13 de mayo de 1981 ocurrió un suceso que marcó un antes y un después en la historia de los papamóviles. Mientras recorría la Plaza de San Pedro a bordo de un Fiat Campagnola, Juan Pablo II sufrió un atentado. El episodio cambió la manera en que se diseñarían los vehículos papales: a partir de entonces, la seguridad del pontífice pasó a ocupar un lugar central. De ahí en adelante, comenzaron a utilizarse unidades con mayores medidas de seguridad, entre ellas habitáculos blindados y cristales de protección.
Con el paso del tiempo, el diseño mantuvo una característica fundamental: permitir que el Papa pudiera saludar a las personas durante sus recorridos, pero con mayores condiciones de protección.
Al igual que ocurrió con los avances en materia de seguridad, la electrificación también llegó al papamóvil. A fines de 2024, Mercedes-Benz le entregó al papa Francisco el primer modelo completamente eléctrico. Desarrollado sobre la base del Clase G 580 con tecnología EQ, recibió modificaciones específicas para circular a baja velocidad durante las apariciones públicas.
El origen de los papamóviles argentinos
La historia de los papamóviles también tiene capítulos propios en la Argentina. Algunos de esos vehículos recorrieron las calles del país durante las visitas papales y fueron especialmente adaptados para la ocasión, con el trabajo de empresas y operarios de la industria automotriz nacional.
El primer papamóvil utilizado por Juan Pablo II durante su visita a la Argentina fue construido sobre la base de un Ford F-350 modelo 1981, que anteriormente cumplía funciones como vehículo de auxilio del Automóvil Club Argentino (ACA).
La visita se produjo en junio de 1982, en plena Guerra de Malvinas. El viaje fue confirmado con pocos días de anticipación y obligó a trabajar contrarreloj para tener listo el vehículo que trasladaría al pontífice.
Ante un pedido del Arzobispado de Buenos Aires, el ACA decidió transformar una de sus grúas de auxilio. Los empleados de la institución trabajaron durante cuatro días, en jornadas de 24 horas, para completar la adaptación.
El trabajo incluyó retirar el mecanismo de grúa instalado en la parte trasera y construir un habitáculo especial para el Papa. Como consecuencia del atentado que había sufrido Juan Pablo II el año anterior, el vehículo debía cumplir con los requisitos de seguridad establecidos por el Vaticano, entre ellos la incorporación de cristales antibalas.
De esta manera, una camioneta destinada originalmente a prestar asistencia mecánica en las calles y rutas del país se convirtió en uno de los vehículos más emblemáticos del país.
En su segunda visita a la Argentina, en abril de 1987, Juan Pablo II utilizó otro vehículo especialmente desarrollado para sus recorridos. En esta oportunidad, el trabajo estuvo a cargo de Sevel Argentina, empresa que fabricaba modelos de distintas marcas en el país.
El proyecto partió de una Chevrolet C-30 que pertenecía a un repartidor de agua y soda. La compañía adquirió el vehículo y aprovechó su chasis y componentes mecánicos para construir una unidad especial, sobre la que se montó una carrocería con características de Chevrolet C-10.
La transformación demandó aproximadamente 30 días de trabajo. El resultado fue una camioneta con una estructura adaptada para trasladar al pontífice, con un habitáculo especial y medidas de protección.
Entre sus particularidades técnicas, el vehículo contaba con seis neumáticos que recibieron un tratamiento especial denominado Tirfyll, destinado a reducir el riesgo de pinchaduras y reventones.
El segundo vehículo fue desarrollado por Renault Argentina sobre la base de una Trafic de carrocería larga. La transformación estuvo a cargo de ingenieros y operarios de la planta de Santa Isabel, en Córdoba. En la parte posterior se incorporó una estructura construida con perfiles de acero soldados y paneles de protección antibalas. El habitáculo tenía un asiento para el Papa y dos banquetas para sus acompañantes.
Juan Pablo II utilizó esta unidad durante su recorrido por Córdoba. Posteriormente, el mismo vehículo volvió a trasladarlo durante una visita a Brasil. Actualmente, se encuentra preservado en el Museo de la Industria de Córdoba.
León XIV y los dos papamóviles de Toyota
Casi cuatro décadas después de la última visita de Juan Pablo II, la industria automotriz argentina vuelve a participar de la preparación de vehículos para un pontífice. Para la visita de León XIV al país, Toyota Argentina desarrolló dos papamóviles sobre la base de camionetas Hilux fabricadas en su planta industrial de Zárate.
Las unidades fueron donadas por la automotriz y adaptadas en conjunto con Vallé Equipamientos, una empresa especializada en carrozado vehicular. El proyecto se realizó a partir de los requerimientos técnicos establecidos por el Vaticano, cuyos detalles técnicos y de seguridad no fueron revelados.
Las dos camionetas fueron destinadas a los recorridos previstos en Buenos Aires y Córdoba. Una de ellas fue presentada oficialmente en la capital, mientras que la segunda quedó bajo custodia de la Gendarmería Nacional en Córdoba.
Para concretar la transformación se realizaron modificaciones estructurales en las unidades, que incluyeron cortes en la carrocería, refuerzos y cambios en el sistema de suspensión. También se trabajó en la integración de la cabina con la caja para adaptar el vehículo a la nueva configuración.
El desarrollo requirió coordinación directa con representantes de la Santa Sede y pruebas dinámicas para garantizar que las camionetas pudieran cumplir con las condiciones de circulación necesarias durante los recorridos oficiales.
De esta manera, la historia del papamóvil vuelve a sumar un capítulo argentino. Desde aquel Ford F-350 que dejó de ser una grúa de auxilio del ACA para convertirse en el vehículo que trasladó a Juan Pablo II en 1982, hasta las actuales Toyota Hilux fabricadas en Zárate, la industria nacional participó en distintas oportunidades de la construcción y adaptación de uno de los vehículos más particulares del mundo.
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