La obstinación de la esperanza
El sociólogo Juan Carlos Torre cerró sus agradecimientos al recibir el premio Konex de Brillante con un pedido a sus colegas. Un llamado a compartir “la obstinación por la esperanza”.
La arrasadora victoria de los demócratas en las elecciones intermedias en Estados Unidos, la alternancia en Hungría tras 15 años de gobierno del autócrata Orbán, la alternancia en Polonia, la derrota en Serbia del autócrata Vucíc infligida por el partido creado por estudiantes, alientan la esperanza.
Vivimos un tiempo de polarización política, profunda insatisfacción y desconfianza en las instituciones. La polarización que divide a los ciudadanos en dos campos mutuamente excluyentes y se fagocita al centro, obtura la posibilidad de convivir con lo distinto.
Su corolario es la erosión de las democracias liberales fundadas en el pluralismo y la institucionalización de los conflictos. El gobierno se convierte en gestión del los odios que alimenta.
Lejos queda el optimismo de la época inaugurada por la caída del muro, hoy transformado en amarga constatación del divorcio entre economía de mercado y democracia. Predominan en el mundo las autocracias, versiones de la democracia de los antiguos a la que Aristóteles denominó demagogia y Orbán, democracias “iliberales”.
Una elite de tecno-megamillonarios que controlan los desarrollos de la IA proclama que la democracia y la libertad no son compatibles, como lo dice Peter Thiel y proyectan transportarnos a un “mundo feliz”. Un mundo de riqueza inagotable e ingresos universales, de señores que controlan la tecnología y servidores.
Entramos en una era que algunos denominan de la “ilustración oscura”. Acaso se apague la razón delegada en algoritmos y cálculos. Hoy, la amenaza de que el juicio crítico sea sustituido por máquinas convertidas en agentes sin ley moral, nos abruma.
Proliferan los apocalípticos, sin embargo, no olvidemos que todos los grandes cambios tecnológicos fueron inicialmente disruptivos. El futuro está abierto. No abandonemos la obstinación por la esperanza.
Asistimos a una ola de movilizaciones que conmueve a Europa. La cólera que motorizan los jóvenes se cimenta en las heridas que dejaron la Gran Recesión y la pandemia y en las redes que potenciaron las furias. Sociedades viejas y endeudadas en las que cruje el Estado de Bienestar Social. Los reclamos por la carestía de la vida dejaron claro que cuando los gobiernos no resuelven los problemas reales de los ciudadanos –cuando la efectividad colapsa-arrastra la legitimidad de las democracias. Ya lo mostró el maestro Juan Linz.
En contraste con la ola de movilizaciones que conmueve a Europa y llega a los Balcanes, la democracia americana mostró su resiliencia.
Los reclamos por el costo de una guerra insensata, la desigualdad creciente, la corrupción desembozada y la ferocidad de la política migratoria, desembocaron en una alternancia parlamentaria para poner límites al poder de un presidente que se quiere emperador.
El triunfo demócrata también ocurrió en el Estado de Texas, uno de los dos territorios más grandes de los EEUU de larga hegemonía republicana.
Allí, el escritor Cormac McCarthy situó a su personaje Anton Chigurh, encarnación del hombre sin ley moral, al que Javier Bardem dio vida en la versión de los hermanos Cohen. El desierto de Texas, emblema de un territorio del poder indiscutido, está cambiando.
En la Argentina, la derrota de Trump en estas elecciones legislativas debilita el poder del Presidente, atado como lo está a una alianza incondicional con el mandatario americano, su prestamista de última instancia. Los argentinos estamos, una vez más, atrapados en el pasado. Nos preguntamos si el destino del país volverá a manos del peronismo sin que visiones y contrapuntos valorativos sean capaces de ofrecer una alternativa competitiva o si continuará la saga del mileísmo.
La confrontación binaria no habla del futuro, confronta glorias de sus respectivos pasados. Cristina Kirchner en su segunda presidencia se ufanaba: “ … les sacamos los clientes a los partidos políticos y los pusimos en los supermercados, que es donde deben estar.” Con supermercados sin “clientes” y partidos que son cáscaras vacías, nos preguntamos adónde pueden acudir los ciudadanos para expresar sus reclamos.
Sabido es que cuando la distancia entre el poder social y el poder político se acrecienta, crecen los riesgos de la explosión social. En las autocracias, la explicación se considera una debilidad y la mediación, un obstáculo. La democracia está amenazada y la democracia es inseparable de la libertad. No como lo quieren los libertarios para los que la libertad consiste en que cada cual atienda su juego y el que no…
Urge formular alternativas para restablecer la paz y la seguridad en el plano internacional y para vivir en sociedades más justas para todos y más libres para cada uno.
Se trata de encontrar una convocatoria que combine la razón y el sentimiento y que convenza a vastos sectores de la ciudadanía de que hay un futuro que no es amenaza. Ese es el desafío de una dirigencia política democrática y es la obstinación por la esperanza que no debemos abandonar.
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