La visita del Papa abre tres frentes, reivindicación para Bergoglio y un gatillo a la campaña del peronismo
Los tres frentes que abre la visita de León
La visita del papa Prevost dejará abiertos, aunque no saldados, tres frentes. Una reivindicación de la figura de Bergoglio, el legado, su tarea en la reconstrucción del pensamiento católico argentino en torno a la teología del pueblo argentino, y la tarea que ha realizado en acción social en el pobrerío. Segundo, la diferenciación de agendas del pacífico León XIV con el Javier Milei que busca fuerza en la confrontación universal, y en la opción preferencial por las relaciones carnales con Washington. Tercero, cómo esta visita, que debutó el domingo con la peña masiva en el Palacio Libertad-CCK, será aprovechada por el peronismo y otras tribus de la oposición, para tomar impulso de cara al último tramo para las elecciones de 2027. El pontificado de León está marcado por la agenda de Bergoglio en la recuperación de la Iglesia para el proyecto de la caridad.
La revalidación del polémico Bergoglio
Para la Iglesia el legado de Bergoglio reconoce identidad con la Argentina, que ha llegado a crear una corriente doctrinaria: la Teología del Pueblo Argentino. Es una articulación de las instrucciones del Concilio ligado a la opción especial de los pobres y que se apartó de la orientación hacia la lectura que promovía la Teología de la Liberación. La Iglesia argentina derivó ese debate hacia el significado del peronismo, que dijo desde sus orígenes que su ideología es la Doctrina Social de la Iglesia. Ese núcleo doctrinario de la Teología del Pueblo Argentino fue auspiciado por los papas Juan Pablo II y los siguientes, porque alejaron a la Iglesia de las tentaciones políticas y, especialmente, de la violencia. La coronación de ese proceso fue la exaltación de Bergoglio al papado en 2013, que cerró la era eclesiástica de la Guerra Fría. Es uno de los aportes más importantes de la Argentina contemporánea y la Iglesia se reconoce en ese rumbo, que Prevost ratificará.
Paz vs. confrontación
El otro frente es que va a instalar un discurso pacificador de la agenda política argentina, exaltada, especialmente por la intención del Gobierno de buscar confrontación con todos los sectores de la vida pública. El Gobierno no quiso que el Papa fuera al Cottolengo de Claypole. Tuvo que resignarse a que el Papa va a ir. Es un hogar de discapacitados, el más importante de la Argentina y quizá de Latinoamérica. Después rechazó que lo acompañara Axel Kicillof, que también ganó la pulseada. Además, el Gobierno se negó a invitar a los expresidentes. Lo había sugerido en un reportaje público el presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Marcelo Colombo. Le dijeron que no. Este religioso pudo enardecerse y trató, de puertas hacia adentro, de "maleducado" al funcionario de la Cancillería que encabezó la negativa. Pidió nuevos interlocutores y desde Presidencia delegaron la relación con la Iglesia en la asesora Mara Gorini -Roma se ha entendido siempre mejor con Sandra Pettovello-. Gorini negoció rispideces como los pedidos de la provincia de Buenos Aires, que tramitó el subdirector de Culto bonaerense, «Juano» Torreiro.
Casi todos los ex son peronistas
La invitación a los expresidentes motivó repreguntas desde el Vaticano. En Buenos Aires, monseñor Colombo tuvo una reunión con el expresidente Ramón Puerta, que salió con la idea de que iba a ser invitado. Tampoco reaccionó con rapidez Axel Kicillof, que pudo ser él quien se quedase con el brillo del gesto. Después de todo, la mayoría de los expresidentes, salvo Mauricio Macri y Federico Pinedo, son peronistas -María Estela Martínez de Perón, Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saá, Eduardo Camaño, Cristina de Kirchner (inhabilitada, pero no para ver Papas), Alberto Fernández-. Un gesto de audacia, difícil de esperar, era que invitara y facilitase el viaje de Isabel Perón. Si lo hacía, nadie hubiera dudado ya más sobre su peronismo. El logro quedó en la invitación a legisladores y gobernadores al Libertad-CCK. En realidad, fue una respuesta al envión que le dio Victoria Villarruel cuando reclamó que hubiera una Asamblea Legislativa con el Papa, algo que es frecuente en todos los países. Se debatió en una reunión de Labor Parlamentaria cuando José Mayans, bastonero del peronismo, planteó que debía convocarse. Villarruel aceptó la changa de gestionarlo, pero no pudo doblegar la negativa de Olivos. Parte de este impulso pacificador es la confrontación con la agenda internacional de este gobierno, doblado a la agenda menemista de las relaciones carnales con Washington. Prevost es ciudadano americano y ha polemizado en público con Donald Trump sobre las guerras que mantiene Estados Unidos en varios focos bélicos del mundo. Esta confrontación repercutirá también en Perú, último tramo de su viaje.
Un gatillo a las campañas de la oposición
El tercer frente es cómo el peronismo y otras fuerzas aprovecharán este viaje para arrancar sus campañas para 2027. El peronismo espera enlazarse con un moño de unidad que sus dirigentes no han logrado hasta ahora. Serán unánimes, por encima de las inquinas y sectarismos, para exaltar la doctrina social de la Iglesia, que es, dicen ellos, la ideología del peronismo. Es materia de discusión, pero la Iglesia argentina es hoy más de lo que lo fue nunca desde el gobierno del golpe de 1943 y después el de Juan Perón, que instauraron los institutos de la educación confesional en la Argentina. Desde la década de los años '40 la Iglesia creció en la Argentina como institución educativa. El actual gobierno está estrechamente ligado a las universidades confesionales, como la Universidad Católica Argentina, de donde proviene el secretario de Educación Juan Torrendell, o la Universidad Austral, una de las usinas jurídicas de la gestión Milei. Esa casa proveyó a su exdecano de la Facultad de Derecho Manuel García-Mansilla, graduado en la Universidad del Salvador, para un cargo en la Suprema Corte que el Congreso rechazó.
La ley Bergoglio se discute en el Congreso
La mejor relación la tuvo Bergoglio con el gobierno de Juntos por el Cambio. Con ese gobierno la Iglesia emprendió el proyecto más importante de reforma social que hizo la Argentina en lo que va del siglo, que es la Ley de villas. Esa iniciativa fue de aquel gobierno y de las organizaciones sociales referenciadas con Bergoglio. Potenciaba las dos puntas del debate más profundo: es una ratificación del derecho de propiedad, porque aspira a entregar los terrenos que ocupan más de 6 mil barrios populares de toda la Argentina a sus ocupantes, pero respetando el derecho de propiedad mediante la compensación a sus propietarios a través de la expropiación. Por el otro lado, avanza en materia social a una promoción de la igualdad de oportunidades, al crear nuevos propietarios, lo que impulsa el ascenso social, marca de origen de la Argentina moderna y que ya figuraba en la Constitución de 1853-60-1994. La ley de barrios populares sigue vigente en estos días, con el financiamiento asegurado en el presupuesto nacional. Ha sido hostigada por el gobierno, se intentó abolirla en la ley de Inviolabilidad de la propiedad. La oposición y la Iglesia lograron que se borrase directamente del proyecto. Contraatacaron con un proyecto de financiamiento plurianual que retome la operatividad de la norma. La presentaron 12 bloques del Congreso y está en la etapa de los plenarios informativos. En el tintero, debutó Horacio Rodríguez Larreta, que, como el peronismo, ve en ese proyecto y en la presencia del Papa, un gatillo para su candidatura a jefe de gobierno, dizque en alianza con un sector del peronismo porteño con el cual el PRO ha cohabitado en paz durante todas sus gestiones, y el radicalismo que ha cogobernado con ellos hasta ahora. Dijo que lo que había hecho con los barrios populares era lo mejor de la gestión como jefe de gobierno, que aspira a repetir. También describió un plan que hizo cuando era candidato presidencial para reformar la infraestructura de CABA y el conurbano, con una inversión de US$ 1.000 millones. Todo ligado a la ley de barrios populares.
Viene en nombre del que no vino
La Argentina es un país que quedó marcado por el debate de por qué no venía el Papa a la Argentina. Se entiende el conflicto porque está probado que un viaje papal es un mega ritual. Y las encuestas explican que entre el 60% y 70% de los fieles de la Iglesia valoran por sobre todo los rituales y pueden, en muchos casos, justificar por sí solos la pertenencia a una confesión. El peso de la liturgia y la tradición es una de las razones para conectar tradiciones legendarias que se expresan en las ceremonias litúrgicas (Why Americans Go -and Don't Go- to Religious Services, estudio del Pew Research Center). Bergoglio tenía profundas razones para no venir. Un viaje papal es un acontecimiento con valor intrínseco para la Iglesia. La primera razón fue su intención de evitar un motivo de conflicto interior en la política argentina. Él había sido señalado y hostigado por el menemismo cuando fue designado arzobispo de Buenos Aires. Desde aquel gobierno intentaron evitar esa designación, y sus dirigentes, años más tarde, que llegase a ser Papa. Pudieron desbaratar el primer intento, que se dio con la elección del papa Ratzinger. Néstor Kirchner lo señaló como el jefe de la oposición política. Cristina inauguró su papado con un destrato que reparó con astucia oportunista. El mejor momento lo tuvo con el gobierno de Mauricio Macri, cuando se sancionó la Ley de villas.
Una Iglesia sin los problemas de otros países
Y hay una segunda razón: la Iglesia no tiene en la Argentina los problemas que tiene en otros países. Los casos de abusos son muy pocos. Los hay, se investigan y seguramente saltarán nuevos casos. Pero cuantitativamente no hay juicios como los que hay en Estados Unidos, donde la Iglesia está demandada por miles de millones de dólares por feligreses abusados por curas. En Chile, por ejemplo, su viaje motivó la renuncia de todos los obispos de Chile, acusados de haber protegido a los curas pedófilos. Eso en Argentina no ha ocurrido. Tampoco hay guerras de religión, salvo la que imaginan algunos marginales del oficialismo y de la oposición. En Medio Oriente degüellan cristianos por ser cristianos, son mártires de la fe. Eso no ocurre en países de Europa. Tampoco existe la puja de otros países del continente entre el catolicismo de Roma y las iglesias evangélicas. Brasil y México, países que tienen la población más grande de católicos, han sido presididos por evangélicos como Andrés López Obrador o Jair Bolsonaro. Durante el debate sobre la despenalización del aborto, católicos y evangélicos militaron por la misma causa contra esa iniciativa.
Picardías con fundamento
El gesto de evitar que el expresidente Luis Alberto Lacalle le besara el anillo es una picardía de alto simbolismo, justo en Uruguay al que Jorge Bergoglio señalaba por su impronta laica y, según él, “masónica”. El gesto de anticlericalismo equivale a otros que se han registrado en la historia de la institución y que abren nuevos caminos. El más reciente es cuando Bergoglio se vestía para ser instalado como Papa en 2013 y reparó en el atuendo del ritual, que incluía hasta escarpines de lujo, todo blanco. "¿Qué soy -preguntó riendo-, el heladero de Laponia?" (googlear, las nuevas generaciones no conocieron ese arte y ciencia de vender helado por la calle). En otro tiempo, cuando el papa Juan XXIII recibía la extremaunción antes de morir en 1963 le ofrecieron cumplir con el Juramento Antimodernista. Era un ritual establecido por el papa Pío X en 1910. Obligaba a todos los religiosos a hacerlo en rechazo de lo que consideraba una herejía, el Modernismo Teológico. Juan XXIII hizo un gesto de desdén con la mano como diciendo "Dejemos eso, ya no va". Consideraba superada esa inquina. Pablo VI anuló esa obligación en 1967.
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